LA CAÍDA DE CONSTANTINOPLA. EL ASEDIO DE 1453.

 


Tras siglos de asedios por parte de ávaros, búlgaros, varegos, árabes o turcos, la ciudad solo había podido ser tomada una vez, en 1204 por los ejércitos de la 4 cruzada. Pero llegaría el sultán Mehmet II al poder en el imperio otomano, que ya poseía territorios en los Balcanes y que junto a sus posesiones anatólicas, tenia rodeada a la ciudad de Constantinopla, último resquicio del Imperio Romano de Oriente junto con sus posesiones en el sur de Grecia. Aunque no tenía gran interés en tomarla, ya que no representaba ninguna amenaza y sus murallas seguían siendo prácticamente inexpugnables, es cierto que en sus puertos se seguía encauzando todo el comercio procedente de la ruta de la seda hacia Europa. Pero en el 1451, el emperador Constantino XI, confiado por la tranquilidad de los otomanos, intentó pedir un rescate por unos prisioneros turcos que poseía, lo que provocó la ira del sultán y envió directamente 1000.000 soldados a sitiar Constantinopla tras el casus belli obtenido, aunque también es probable su deseo por tomar la mítica ciudad y convertirla en su capital, alcanzando así la magnitud de los emperadores romanos. El antecesor de Constantino, el emperador Juan VII había jugado su última baza, y proclamó en el Concilio de Ferrara de 1448 el fin del Cisma Cristiano con el fin de recibir ayuda de los estados católicos, lo que permitió recibir ayuda para el asedio de genoveses, venecianos y del Papa. En esos momentos las posesiones bizantinas se limitaban a la ciudad, al control sobre algunas islas del Egeo y las provincias de Morea y Atenas, que permanecerían en manos bizantinas unos años después de la caída de Constantinopla.




La antaño poderosa ciudad imperial, que llegó a contar con más de medio millón de habitantes, apenas contaba ahora con 50.000 personas y unos 7.000 soldados. A esto se sumarían unos 1200 soldados italianos y más de 15 navíos. La esperanza de los romanos se centraría en el elemento que siempre les protegió, una triple muralla con fosos. Construidas por Teodosio II hace mas de de mil años daba fama a la ciudad de invencible. Éstas tenían mas de 6 kilómetros, formando una especie de luna desde el mar de Mármara hasta el Cuerno de Oro y separadas por fosos de entre 15 y 20 metros de ancho entre cada línea de murallas y defendido por mas de 100 torres . La antaño ciudad mas esplendida del mundo estaba ahora reducida edificios en ruinas y otros abandonados, como el Gran Palacio, que había sido sustituido por el de Blanquerna y transformado en cárcel en la época de los Comneno, ahora era utilizado para el pasto de ganado y el establecimiento de huertos entre sus ruinas. Las grandes calles antaño repletas de adornos y estatuas, ambientadas con el bullicio de los mercaderes y la gente, ahora se veian desiertas y desoladas. Conseguir ropa o comida no era tarea fácil y las arcas imperiales estaban vacias, lo que supuso que el ingeniero húngaro Orbán construyera los famosos cañones de asedio para los turcos que sí podían pagárselos.

Por otra parte, Mehmed, entre sus 100.000 soldados contaba con unos 12.000 temibles soldados de elite, los famosos Jenízaros, esclavos cristianos entrenados para la guerra. Estableció una muralla al norte de la ciudad, pero en esta ocasión, sabedor de que si no bloqueaba sus puertos no lograría tomarla, trató de bloquear la entrada del mar Negro colocando 3 bombardas en dos pequeña fortalezas, Anatoli Hasani y Rumeli Hasani además de utilizar unos 125 navíos para bloquear el mar de Mármara, los Dardanelos y el Bósforo. Los otomanos usarían por primera vez en Europa la artillería pesada en un asedio, en especial una gran bombarda llamada “el Gran Cañón”.

Los turcos empezaron a martillear la muralla con sus cañones el 7 de abril de 1453, centrándose en la situada al norte, por donde cruzaba el río Lycus lo que la hacía la parte más vulnerable. Los turcos aunque en superioridad numérica, con tecnología moderna para lo que no estaban diseñadas las murallas, y la ciudad aislada, encontraron serias dificultades debido a la férrea defensa bizantina, acostumbrada a defender sus murallas con éxito durante siglos. Giovanni Guiustinianni Longo, genovés encargado de la defensa oriental de la muralla, causo muchas bajas entre los turcos con sus ballesteros genoveses, que además luchaban defendiendo “su territorio”, ya que el barrio de Pera, situado al norte de la ciudad, era donde vivían sus comerciantes, aprovechando el abrigo de la noche para salir a reparar los destrozos con sacos de arena, piedras y empalizadas. Mehmet decidió no usar la flota para un ataque anfibio ya que Constantinopla contaba con murallas reforzadas por cañones capaces de destruir la flota, y decidió no arriesgar.

Así se sucedieron dos meses de asaltos infructuosos. El primero el 12 de Abril, cuando el almirante Suleimán Baltoghlu fue rechazado por navíos romanos al intentar forzar el pasaje del Cuerno de Oro. 8 días más tarde navíos italianos atravesaron el cerco con provisiones, por lo que el almirante intento perseguirlos antes de que alcanzaran la ciudad, pero el fuego griego lanzado desde las murallas le hizo retroceder. Sí, el famoso fuego Griego que tantas veces había salvado la ciudad volvía a seguir siendo su mejor arma. Desde su fabricación por Calínico, aun sigue siendo un misterio su composición. El compuesto químico puede ser lanzado a “chorro” o en botes, una vez prendido es casi imposible de apagar, solo con arena, ya que con el agua aun se aviva mas, y además, de caer este sobre el mar, sigue ardiendo construyendo murallas de fuego. El 22, los otomanos, viendo que no podían sobrepasar la barrera que cubría la manga de mar en el cuero de Oro que iba desde la ciudad hasta el barrio de Pera, decidió echar a tierra sus navíos y pasarlos mediante rodamientos al otro lado, lo que limitaba considerablemente el radio de acción bizantino para recibir suministros y efectuar reparaciones, y lo que es más importante, obligaba a los defensores a dividir sus fuerzas en vigilar dos frentes, por lo que se vieron obligados el 25 ha realizar un ataque sorpresa de comandos que fueron descubiertos y ejecutados, respondiendo los romanos con otras tantas ejecuciones de prisioneros. Hasta el 7 de Mayo no se intentó un nuevo asalto, esta vez por el valle del Lycus, movilizando una gran torre de asedio que sería destruida por un comando al anochecer, lo mismo con las minas que se excavaron para hacer caer las murallas. Los bizantinos aguantaban estoicamente, altos de moral al ser comandados por el mismo emperador que inspeccionaba a los soldados en las murallas, mientras que los turcos, cada vez más cansados y desmoralizados, estaban sufriendo una sangría de bajas en cada asalto. El coste de mantener logísticamente a semejante ejército era enorme, los oficiales veían como los sangrientos asaltos eran infructuosos y cuestionaban las estrategias del sultán. Por el lado bizantino, aunque se aguantaba a duras penas gracias a la existencia de huertos interurbanos entre os escombros de la ciudad.




Sin embargo entraría en juego la mística, el 24 de Mayo hubo un eclipse lunar que los defensores tomaron como mal presagio ya que una profecía aseguraba que la ciudad aguantaría mientras la luna brillase, el día siguiente, durante una procesión, un icono de la Virgen María cayó al suelo (Los iconos dieron más de un problema al imperio durante su existencia) y una inundación asoló la ciudad. A esto hay que unir que los refuerzos venecianos no llegaban y aunque repelían los ataques, las fuerzas comenzaban a estar al límite.

El sultán decidió enviar un ultimátum, o entregaban la ciudad y eran perdonados, o pagaban un costosísimo rescate de unos 100.000 besantes de oro al año para retirarse. La primera opción era inviable, y la segunda, muchas veces recurrida por los romanos para salvar los asedios anteriores, no era posible ya que la toma de la ciudad por los cruzados en el 1204 y el posterior esfuerzo bélico para recuperarla y la pérdida de territorios había dejado las arcas vacías.

Mehmet no tuvo otra opción que jugárselo todo a un último asalto. Dio descanso a sus tropas y prometió 3 días de saqueo si se tomaba la ciudad, incluso ofreció un puesto en la corte a quien fuese el primero en alcanzar el alto de la muralla. Los defensores hicieron redoblar todas las campanas de la ciudad para moralizar a las tropas y se realizó una misa en Santa Sofía durante el día de antes, mientras los turcos descansaban. Fue el único día que no hubo ruido de cañones ni de tropas.

El ataque se produjo el 29 de Mayo, otra vez por el Lycus, mandando en primera fila a mercenarios y esclavos que durante dos horas fueron repelidos de nuevo por Longo. El ataque estaba previsto únicamente para cansar las tropas que defendían las maltrechas murallas. En el segundo ataque tendrían que vérselas con el grueso del ejército, unos 80.000 soldados que durante otras dos horas asaltaron la muralla. Aquí la clave fue la movilización del Gran Cañón con el que consiguieron abrir una brecha en la muralla por donde los turcos concentraron todas sus fuerzas mientras los jenízaros intentaban tomar las murallas con escalas. Longo estableció una cadena humana en la brecha que mantenía a raya a los atacantes mientras trataban de repararla, y las escalas jenízaras no conseguían alcanzar las almenas. Los bizantinos resistían, pero cometieron una imprudencia que daría al traste con más de 2000 años de Roma. En la muralla noroeste dejaron una puerta entreabierta siendo aprovechado por un grupo de jenízaros para infiltrarse entre las murallas. Al mismo tiempo Longo fue herido y se retiró del combate, y aunque el mismo emperador intentó convencerle para que aguantase, este vio la gravedad de la situación y finalmente abandono el frente. Sus soldados genoveses hicieron lo que suele pasar, retirarse con su capitán, justo cuando arreciaban los turcos. La ausencia de su autoridad se notó, además de la moral, la desorganización empezó a hacer mella entre las tropas defensoras y los turcos comenzaron a abrirse paso entre las murallas en un avance imparable. El propio Constantino luchó hasta el final y encontró la muerte como un guerrero, entre los restos de sus murallas y sus soldados.




Longo también moriría mas tarde en la isla de Quios, donde se encontraba fondeada la tan esperada escuadra veneciana. El sultán ordenó decapitar al emperador, sin embargo enterró su cuerpo con todos los honores en Constantinopla. Tras la entrada de estos, Mehmet se nombró emperador romano, ordenó convertir en mezquita Santa Sofía y se nombró a un nuevo patriarca, Genadio II, afín al nuevo poder.

La caída de Constantinopla causó una gran conmoción en occidente a pesar de que nadie envió apoyo durante el asedio salvo italianos, y nadie quiso unirse a una nueva cruzada para recuperarla. Supuso la formación de una nueva superpotencia que amenazaba Europa con armas y tecnología superiores. Además se aseguraba el control de todo el comercio y de gran parte del Mediterráneo. Las potencias occidentales tuvieron que desplazar el centro de comercio buscando nuevas rutas hacia la India, aunque como ya sabemos de sobras, resultaría ser un hecho tanto más importante que la caída de Constantinopla.


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EL ÚLTIMO ROMANO. 



JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.



Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.



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Bibliografía:



La caída de Constantinopla. Rolando Castillo.


HistoCast 27 - Sitios y asedios legendarios II




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