EL IMPERIO DE TREBISONDA.
Cuando Constantinopla cayó en manos de los cruzados en 1204 durante la Cuarta Cruzada, el mundo griego quedó fragmentado en una constelación de reinos sucesores que pretendían restaurar el Imperio Bizantino. Entre ellos, el más oriental y quizá el más singular fue el Imperio de Trebisonda, fundado por la dinastía de los Comnenos, descendientes directos de los emperadores de Bizancio. Situado en la costa meridional del mar Negro, su capital, Trebisonda (actual Trabzon), se convirtió en el último refugio del esplendor bizantino oriental.
El Imperio fue fundado en abril de 1204 por Alejo I Comneno y su hermano David, nietos del emperador Andrónico I Comneno, con el apoyo del reino georgiano. La reina Tamar de Georgia, emparentada con ellos, les brindó tropas y recursos para establecer un bastión bizantino bajo su protección. En un primer momento, el joven imperio abarcó amplias zonas de la costa del mar Negro, desde Sinopia hasta Trebisonda, además de territorios del Ponto y de la antigua Cólquide.
El nuevo Estado adoptó todos los símbolos del poder bizantino: sus gobernantes se titularon “emperadores y autócratas de los romanos”, aunque más tarde, para evitar conflictos con el Imperio de Nicea, asumieron el título de “emperadores de todo el Oriente, Iberia y Perateia”. Su corte mantuvo las ceremonias, el arte y la liturgia ortodoxa de Constantinopla, pero impregnadas de un aire oriental, mezcla de influencias griegas, georgianas, armenias y turcas.
Trebisonda prosperó durante el siglo XIII gracias a su posición estratégica. Situada en la ruta comercial entre el mar Negro, Persia y el Cáucaso, se convirtió en un punto de encuentro de caravanas procedentes de Asia Central y en un puerto fundamental para los mercaderes genoveses y venecianos. La ciudad se enriqueció con el comercio de seda, especias, cera, pieles y esclavos, mientras la corte imperial desarrollaba un refinado gusto por la cultura y las artes.
El periodo de mayor esplendor llegó bajo el reinado de Alejo III (1349-1390). Durante su gobierno, Trebisonda se consolidó como una capital de cultura y diplomacia. Los monarcas trabaron alianzas con Génova y Venecia, mientras defendían su independencia frente a los turcomanos del interior de Anatolia. En esos años se construyeron magníficos edificios religiosos, como el monasterio de Sumela, excavado en la roca de los montes del Ponto, y la iglesia de Santa Sofía de Trebisonda, joya de la arquitectura bizantina tardía.
Cuando Constantinopla fue restaurada en 1261 por Miguel VIII Paleólogo, Trebisonda no volvió a someterse al poder de la capital. Aunque en teoría reconoció su autoridad, en la práctica siguió actuando como un imperio independiente. Los Comnenos de Trebisonda mantuvieron su propio título imperial y una diplomacia autónoma, relacionándose con Génova, Venecia, los reinos georgianos y los pueblos turcomanos sin subordinación alguna a Constantinopla. De este modo, tras 1261, Trebisonda quedó definitivamente desligada del Imperio Bizantino restaurado: una versión oriental y comercial de Bizancio que resistiría un siglo más que el original.
Pero el equilibrio era frágil. A partir del siglo XIV, el avance de los beyliks turcos y la expansión del Imperio otomano cercaron cada vez más el pequeño imperio. Las rutas comerciales se desplazaron hacia el Mediterráneo oriental, y Trebisonda quedó aislada entre montañas y enemigos. Los emperadores intentaron sobrevivir mediante matrimonios diplomáticos, pagando tributos o firmando alianzas temporales. Sin embargo, tras la caída de Constantinopla en 1453, Trebisonda se convirtió en el último símbolo vivo del mundo bizantino.
El final llegó en 1461, cuando el sultán Mehmed II, tras someter a los emiratos de Anatolia, dirigió su ejército contra Trebisonda. El emperador David II resistió brevemente, pero sin aliados ni recursos, capituló ante los otomanos. Con su rendición, el Imperio de Trebisonda desapareció y con él el último vestigio del Imperio Bizantino.
No obstante, su memoria perduró. En los monasterios del Ponto se conservaron manuscritos y tradiciones helénicas que sobrevivieron siglos bajo dominio otomano. Trebisonda siguió siendo un foco de cultura griega hasta bien entrado el siglo XIX, cuando las comunidades pónticas mantenían viva la lengua y la fe ortodoxa de sus antepasados.
El Imperio de Trebisonda, pequeño en extensión pero enorme en simbolismo, representa el último resplandor de la civilización bizantina, un refugio de la herencia romana oriental en los confines del mar Negro, donde el eco de Bizancio resistió casi sesenta años más que en su capital original.
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Bibliografía:
Historia Medieval. Ana Echevarría Arsuaga y Esteban Donado Vara. Ed. Universitaria Ramón Areces.
Kazhdan, Alexander – The Oxford Dictionary of Byzantium.
Bryer, Anthony y Winfield, David – The Byzantine Monuments and Topography of the Pontos.
Angold, Michael – Byzantium: The Bridge from Antiquity to the Middle Ages.
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