LA BATALLA DE AZINCOURT.




 Nos encontramos en la última etapa de la guerra de los 100 años. Carlos Vi de Francia y Ricardo II de Inglaterra firman una tregua general en Leulinghen en 1389, que se prolongará hasta los inicios del siguiente siglo debido al agotamiento general de ambos reinos y las revueltas acaecidas en sus propias fronteras. En Inglaterra, el alto costo del mantenimiento de un ejército regular, llevó al rey Ricardo a establecer un impuesto especial de capitación o “Poll-Tax”, que desencadenó una revuelta campesina primero en 1381, que se cobró la vida del tío y tutor del rey Juan de Gante, y posteriormente una revuelta nobiliaria en 1389, también llamada revolución Lancaster, por ser el duque de Lancaster su cabecilla, que supuso el derrocamiento de la actual dinastía y la instauración de la Lancaster.




En Francia, Carlos VI accedió al poder siendo aun un niño y sus tíos, los duques de Anjou, Berry y Borgoña, se hicieron cargo de la tutela, ya que, aun cuando alcanzo la mayoría de edad, sufría un trastorno mental que lo incapacitaba para el ejercicio de la regencia, por lo que en el seno de la corte, se formaron dos poderosos partidos que deseaban el control del poder: los borgoñones, que defendían al duque para ser el regente, y los armagacs, que consideraban que no debía de haber regencia y la corona debía pasar directamente al hijo de Carlos VI, el delfín Carlos. Este enfrentamiento pronto tomo un carácter belicista y desarrollo una guerra civil entre ambos bandos a principios del siglo XV que Inglaterra aprovecharía para reiniciar el conflicto con muy buenos resultados.

En 1415, el Lancaster Enrique V, preparó un ejército y lo desembarcó en el norte de Francia con la intención de hacerse con nuevos territorios y las reclamaciones al trono francés que poseía a través de su abuela Isabel y el matrimonio con la hija de Carlos VI.

Enrique consiguió reunir un ejército de unos 2.000 soldados entere caballería y hombres de armas a pie que aportarían los nobles ingleses, a los que se sumo otros 6000 arqueros ingleses de arco largo y a caballo. Llamados así los primeros por la amplitud del arco, de uno 1.80 metros de altura y capaz de disparar proyectiles de 90 centímetros a una distancia de unos 300 metros, siendo mucho más fácil de manejar que la pesada ballesta francesa, lo que además le confería una carencia de disparo muy superior. Visto el buen resultado que los arqueros habían dado en batallas anteriores de la guerra, lejos de ser tropas campesinas, el cuerpo de arqueros se formaba por soldados profesionales, ya que se había instaurado por ley una serie de medidas para formar a los soldados desde bien pequeños y para asegurar la buena calidad de las armas, siendo una curiosa medida la prohibición de trabajar de noche de los maestros encargados de la confección de los arcos, que se hacían con madera de buena de calidad, siendo esta incluso de importación. Tras tres días de navegación por el estrecho, el 14 de Agosto de 1415, el ejercito ingles desembarca en la ciudad de Harfleur junto con todo su tren de equipaje, personal auxiliar, artillería y caballos.

El ejército francés, a pesar de ser superior, se encontraba dividido entre los dos bandos de la guerra civil. Aun así, consiguió reunir un potente ejército de unos 2500 caballeros pesados, unos 20.000 hombres de armas a pie y unos 2.000 arqueros y ballesteros. Al mando de estos se encontraban los generales Juan Le Maingre, también conocido como el mariscal Boucicaut y el condestable Carlos de Albert, cuya planificación de la batalla podría haber sido decisiva si sus superiores, los duques Juan sin Miedo de Borgoña y Carlos, duque de Orleans hubiesen hechos caso de las indicaciones de estos. Pero las desavenencias y odios entre estos, llevaron al fracaso.

Tras dos días de desembarco, el ejército de Enrique se dispuso a tomar la ciudad de Harfleur, que debido a su ubicación en medio de un terreno pantanoso y que además estaba bien guarecida por sus gruesas murallas con 26 torres y rodeada de un foso, los defensores decidieron no rendir la ciudad y esperar el asedio. El 18 de Agosto los ingleses dejaron a la ciudad rodeada con la instalación de dos campamentos al este y el oeste, dejando el norte y el sur libres debido a que esas zonas habían quedado inundadas y podían ser patrulladas con pequeñas embarcaciones. La táctica que siguió Enrique para romper el asedio fue la de excavar túneles hasta las murallas, para cuando estos las alcanzaran, volarlas para crear una brecha y dejar paso a su ejército. Pero esta táctica no era desconocida para los defensores, que cavaron contra túneles y dificultaron la labor inglesa, lo que unido a las salidas que de vez en cuando hacían los defensores, dieron al traste con la estratagema anglosajona. Visto que el asedio se iba a prolongar, con el consiguiente peligro de que el ejército francés llegara en socorro de la ciudad y los cogiera desorganizados, Enrique jugó la baza de la artillería. Con estos cañones de tres metros y medio de longitud y 60 centímetros de espesor y otras armas de asedio más tradicionales como catapultas capaces de lanzar piedras de 200 kilogramos cubiertas de brea y fuego, comenzaron el bombardeo contra la ciudad y las murallas. A pesar de la potencia de fuego que conferían los cañones, lo cierto es que estas innovadoras armas aun eran algo rudimentarias y difíciles de conseguir, pues su fabricación era artesanal, al igual que la pólvora requerida para los disparos, y su alcance aun era limitado, de unos 800 metros aproximadamente. Durante días, se concentro el fuego de artillería sobre la puerta suroeste de Harefleur, pero a mediados de Septiembre la ciudad seguía resistiendo, gracias en parte a las acciones de sabotaje realizadas por los defensores con intrépidas salidas, aunque la situación era prácticamente insostenible, por lo que el día 22, la ciudad acabó capitulando, lo que evito el saqueo de la misma. El 23 de Septiembre, Enrique V hacia su entrada triunfal en la ciudad, consiguiendo su primera victoria en territorio francés y tomando una importante plaza que le permitiría seguir avanzando y recibir aprovisionamiento desde Inglaterra. Pero no todo eran buenas noticias; las 5 semanas que duró el asedio hicieron mella en su ejército, sobre el que comenzaron a surgir enfermedades como la disentería, mermando su número de efectivos en un quinto, además, las fuerzas francesas ya estaban reunidas y el contraataque era cuestión de tiempo. Enrique, tuvo que cambiar sus planes iniciales de unir la cabeza de puente con sus territorios en la Aquitania, para dirigirse hacia el lado contrario, hacia el puerto inglés de Calais, dejando unos 1500 soldador en Harefleur. El 8 de Octubre el ejército inglés, que se había visto reducido hasta un contingente de unos 6.000 soldados, partió hacia el norte con la intención de unir las dos cabezas de puente. La marcha se produjo sobre unas intensas lluvias otoñales sin mucho hostigamiento enemigo, que se redujo a alguna escaramuza. Al llegar al rio Somme, Enrique había ordenado al capitán de Calais que mandase una fuerza expedicionaria a asegurar el vado de Blanchetaque por el que debía atravesar su ejército el rio. Sin embargo, los franceses esperaban al otro lado con una fuerza de unos 6.000 soldados a que los ingleses cruzaran para atacarlos en una situación de superioridad. La suerte le sonrió a Enrique, pues su retaguardia capturó a un explorador francés que les rebelo la estrategia francesa. Viendo que el vado de Blanchetaque ya no era una opción segura, decidió adentrarse hacia el sur en busca de otro vado que no estuviese guarecido. Esta marcha continuó mermando el ejército inglés, al que la climatología adversa y el alargamiento de la línea de suministros, sumando la disentería, hacían que su marcha fuese una penalidad, mermando la moral de la soldadesca. Además, los soldados se vieron obligados a aumentar el paso de su pertrechaje, ya que viendo la amenaza de que la caballería francesa los sorprendiera, Enrique ordeno fabricar grandes estacas de madera con punta que servirían de defensa contra los caballos una vez ancladas al suelo, formando un muro de defensa para su infantería. El ejercito francés del otro lado, estaba comandado por el mariscal Boucicaut y el condestable Carlos de Albert, dos generales muy capaces que iban a poner en serias dificultades a Enrique. A pesar de todo esto, el rey ingles poseía un gran carisma, pues además de un avivado guerrero que comandaba desde la vanguardia, era un hábil administrador, y tras emitir varias ordenanzas y algún discurso enarbolando la causa inglesa, consiguió mantener el orden en sus tropas y elevar el ánimo. 




El 18 de octubre, tras acampar junto a la localidad de Nesle, Enrique descubrió dos vados sin vigilancia dos kilómetros rio abajo, en Voyennes Bethencourt. Al día siguiente el ejército pudo cruzar el rio sin contratiempos, anticipándose al ejército francés que intentaba seguirlos desde el otro lado del río. Pero este ejército francés solo era una avanzadilla. El cuerpo principal había partido de Rouen, al sur de Harefleur días antes, intentando dar alcance a los ingleses y al no poder darles alcance a tiempo, se unieron a la avanzadilla, sumando unos 30.000 hombres en total. Sin embargo, este cuerpo principal no estaba comandado ni por el rey Carlos VI ni por su hijo y delfín tal y como se esperaba, por lo que la cadena de mando no poseía la eficacia requerida en un ejército tan numeroso, al que ahora comandarían dos personas bajo la supervisión de los duques de Orleans, Borgoña y Alençon, enfrentados entre sí por rencillas políticas, pues éstos estaban enfrentados en diferentes bandos a causa de la regencia del reino, ya que Carlos VI era prácticamente incapaz, decantándose los borgoñones por que el duque Juan Sin Miedo asumiera la regencia, y los armagacs, que buscaban la coronación del delfín. Bouciacuot y de Albert, aconsejaron los nobles no enfrentarse en campo abierto a los ingleses, pues sabedores de las penurias que estaban pasando, y de la facilidad de romper su línea de suministros, abogaban por una guerra de desgaste que haría caer por su propio peso al ejército enemigo. Sin embargo esto suponía una forma deshonrosa para los nobles infundados en el ideal caballeresco de la época, por lo que declinaron la táctica de sus comandantes y decidieron plantear una batalla decisiva en campo abierto. El 20 de Octubre los franceses enviaron 3 heraldos al campamento ingles en la Athies para retar formalmente al monarca a una batalla campal. La respuesta del rey ingles no se hizo esperar, declaró que se dirigía a Calais, y que esperaba que ningún ejército se interpusiese en su camino, pues significaría un gran derramamiento de sangre cristiana. Tras la marcha de los heraldos con la respuesta, los ingleses comenzaron los preparativos para la batalla: se ciñeron las armaduras, probaron los arcos y se confesaron ante los sacerdotes que acompañaban la expedición. La mañana siguiente amaneció con el ejercito ingles en posición esperando el ataque francés, sin embargo, éste no se produjo, por lo que entrada la tarde el ejército volvió a ponerse en marcha hacia su destino. No fue hasta el día 24, tras atravesar el rio La Ternoise a la altura de Blangy cuando se diviso al enorme ejército francés, esta vez para plantarles batalla. Esa noche los ingleses acamparon en Maisoncelles, mientras que los franceses en la cercana villa de Azincourt. Entre ambas la llanura del norte francés con campos labrados, que serian el escenario del campo de batalla. A las 8 de la mañana del día siguiente, 800 metros de estos campos separaban a los dos ejércitos.

Las fuerzas francesas se dividían en 3 líneas, la primera la formarían unos 8.000 hombres de armas de la nobleza francesa, cuyas tácticas y modo de combatir se centraban en los ideales caballerescos medievales, siendo liderados por el condestable de Albert. Esta vanguardia estaba flanqueda por la potente caballería pesada. Tras ellos, una segunda línea de infantería en la que se integraban ballesteros y arqueros y en retaguardia, una división de caballería de reserva para dar el golpe final o perseguir al ejército enemigo cuando este se retirara. La moral francesa estaba por las nubes; superiores en número de 1 a 5, numerosa infantería pesada, y más numerosa caballería pesada. La victoria parecía fácil, a pesar de que la historia ya les había enseñado lo contrario, pues en las batallas de Poitiers y Crezy a mediados del siglo XIV, los franceses fueron derrotados en una situación similar. Pero los franceses no contaban con dos factores que decidirían la batalla. El primero es que el ejercito ingles disponía de pocos hombres de armas y caballeros, lo que hacía que su modo de entender la guerra fuese mucho más moderno y no estuviese sujeto a las normas de la caballería. La segunda seria el uso del arco largo. Su ejército usó las estacas protectoras que habían construido días antes, tras las cuales se situó el monarca junto un contingente de hombres de armas, flanqueado por dos contingentes mas dirigidos por el duque de York y Lord Camoys, que en total apenas sumaban 1.000 hombres. Serian los flancos donde se concentraría la gran mayoría del ejército: 2.500 arqueros en cada ala del ejército. Enrique volvió a arengar a sus tropas, recordando a sus arqueros que los franceses habían prometido cortar 3 dedos a todo arquero que fuese capturado para que no volviese a disparar, pues los ideales caballeros franceses despreciaban este tipo de arma y ese modo de realizar la guerra. El discurso debió de ser motivador, pero sería otra causa la que provocaría la euforia inglesa: su rey no portaba espuelas, lo que significaba que lucharía a pie junto a ellos. Tras horas de inmovilismo por parte de los dos ejércitos, fueron los ingleses, obligados por la necesidad de regresar a territorio propio, quienes comenzaron el avance. Enrique ordenó desclavar las estacas y avanzar de forma ordenada hacia las posiciones francesas, deteniéndose a unos 200 metros de las líneas enemigas, donde se volvieron a clavar las estacas a modo de muralla. Por fin los arqueros comenzaron su lluvia de flechas contra el enemigo, provocando el avance de la vanguardia francesa, caballería incluida. Pero había algo en que los franceses no habían tenido reparo, pues las incesantes lluvias, y la época de labranza, había dejado los campos embarrados, lo que frenaba considerablemente el avance francés, haciendo que la infantería y caballería quedasen atascados en el barro y se apelotonasen debido a sus pesadas armaduras. A esto se le sumaría que en ambos lados del campo de batalla se hallaban bosques espesos, lo que impedía a los franceses poder flanquear al ejército inglés inferior en número, pero cuya línea abarcaba en ancho del campo. Tal circunstancia hizo que los arqueros ingleses solo tuvieses que disparar a la masa de hombres que se acumulaban frente a ellos, provocando unas bajas terribles mientras los franceses quedaban bloqueados, pues al tener unas líneas más gruesas, imposibilitaba tanto su avance como su retirada. En los flancos, aunque la caballería llegó hasta las posiciones enemigas, el muro de estacas impedía que pudiesen penetrar la línea enemiga, mientras recibían una descarga de flechas detrás de otra. Tras el duro hostigamiento, la caballería decidió retirarse, pero su única vía de escape pasaba por atravesar las líneas embarradas de su propia infantería de vanguardia, provocando el caos absoluto entre los soldados, que ahora no solo se veían hostigados por los proyectiles, si no también arroyados por su propia caballería. Los franceses decidieron mandar a su segunda línea de infantería, que logro empujar a su primera línea y comenzar un encarnizado combate con el centro inglés, compuesto por su infantería, donde se encontraba el propio rey Enrique. El combate fue terrible, pero la superioridad numérica francesa no pudo hacerse efectiva, ya que la poca anchura que disponían para desplegarse no permitía alargar su línea de batalla para intentar envolver al enemigo, por lo que los ingleses solo tenían que aguantar su posición mientras los arqueros de los flancos seguían disparando a quemarropa, a un ejército con pesadas armaduras que limitaba su movilidad, mientras que los ingleses, mucho más ligeros, podían permitirse avances y retrocesos para derribar al enemigo a distancia. 




Otro gran error francés fue no usar a sus ballesteros y arqueros, que puestos en primera línea, podrían haber hecho frente a los ingleses, pero al parecer, la confianza en una victoria segura y la posibilidad de capturar al rey inglés, hizo que éstos ni siquiera participaran en la contienda. Siguió en combate, y la diezmada vanguardia francesa comenzó a retroceder entre el barro y los cuerpos sin vida, desorganizando su segunda línea que los empujaba hacia el enemigo. La cadena de mando francesa ya no era efectiva por la muerte o captura de muchos de sus nobles, como el condestable D´ Albert o el mariscal Boucicaut, además de la pérdida del estandarte, lo que hundió a las tropas ya de por si desmoralizadas. Los soldados de la segunda línea aprovecharon para huir, y la tercera línea, que ni siquiera había tomado parte de la batalla, hizo lo mismo. Un grupo de nobles franceses consiguió reagrupar un grupo de caballería para lazar un contraataque, que rodeo todo el campo de batalla y atacó el campamento inglés en la retaguardia. Enrique, viendo que la batalla aun no había acabado, y temiendo por un ataque desde su retaguardia, mando pasar por el cuchillo a todos los prisioneros franceses, ya que de ver un contraataque francés, podrían sublevarse y causar un gran problema a los ingleses, pero los nobles y hombres de armas se negaron a ello ya que por una parte suponía una deshonra matar a un enemigo cristiano de esa forma y por otra, les privaba del posterior rescate. Por eso Enrique, debió ordenar a su guardia personal de arqueros galeses la realización de tan controvertida tarea. A pesar de esto, los franceses no realizaron finalmente ningún contraataque, por lo que al finalizar el día Enrique, obtuvo la victoria. Los franceses sumaban unas 10.000 bajas, entre las que se encontraban numerosos nobles, por menos de 500 de los ingleses, con la única baja reseñable del Duque de York. Tras esto, los el ejército ingles avanzó hasta su destino original, Calais, donde tras asegurar el territorio volvieron a la Isla.

A pesar de que el ejercito inglés volvió ese año a la isla y el ejército francés no fue aniquilado por completo, supuso un punto de inflexión en la contienda, ya que tras años de la tregua que había sucedido a la recuperación francesa de los territorios ingleses en Francia, y las revueltas internas en ambos países, los ingleses recuperaban la moral con la victoria, que además supuso el afianzamiento de la dinastía Lancaster de Enrique V y el resurgimiento de las desavenencias internas en torno al rey francés Carlos VI. Estos problemas internos fueron aprovechados por Enrique, que estableció una alianza con el partido de los borgoñones, pasando así amplios territorios al este de Francia de vasallos a enemigos. Enrique volvió los años siguientes a Francia, donde recuperó todos los territorios de Normandía, llegando a tomar Paris. La hábil política de Enrique le llevo a concertar matrimonio con una hija del Rey Carlos VI, pasando a ser el heredero legal de la corona, desechando al delfín Carlos, teórico heredero, que tuvo que huir de Paris y reagruparse. A la muerte de ambos monarcas, Enrique VI, hijo del inglés, pasó a ser coronado rey de Inglaterra y Francia, aunque tutelado por su tío el duque de Bedford, los acuerdos del Tratado de Troyes en el que se establecía una corona conjunta parecían estar a punto de cumplirse, ya que los ingleses avanzaban hacia las posesiones francesas que aun no habían sido anexionadas en el centro y sur. Pero mientras asediaban la ciudad de Orleans, que les abriría el camino para la invasión del resto de Francia, surgió una joven campesina que cambiaria milagrosamente el rumbo de la guerra: Juana de Arco. Con su ímpetu, el delfín Carlos no solo rompería el asedio de Orleans, si no que lograría vencer y expulsar a los franceses años más tarde, pero eso, ya es otra historia.










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EL ÚLTIMO ROMANO. 



JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.



Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.



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Bibliografía:

Historia Medieval. Ana Echevarría Arsuaga y Esteban Donado Vara. Ed. Universitaria Ramón Areces.

Line of fire. Serie tv.2002

La batalla de Agincourt (2020). Recuperado de Historia Universal.

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