MIGUEL SERVET.
En el turbulento siglo XVI, cuando Europa se debatía entre el dogma católico y el fervor reformista, emergió una de las figuras más audaces y trágicas del pensamiento moderno: Miguel Servet, médico, teólogo y humanista aragonés, cuyo espíritu indómito lo llevó a enfrentarse tanto a Roma como a los reformadores protestantes. Su nombre quedaría ligado para siempre a la herejía, al fuego de la hoguera y a la lucha por la libertad de pensamiento.
Nacido en Villanueva de Sijena en 1511, Servet fue un niño precoz en una España dominada por la ortodoxia inquisitorial. Desde joven mostró una curiosidad insaciable por las lenguas clásicas, la astronomía, la medicina y la teología. Estudió en Toulouse y posteriormente en París, donde trabó contacto con el humanismo renacentista y las nuevas corrientes científicas que comenzaban a cuestionar los fundamentos del mundo medieval. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Servet no aceptó los dogmas ni por fe ni por autoridad: los sometió al examen de la razón.
Su pensamiento teológico fue tan revolucionario como peligroso. En su obra “De Trinitatis Erroribus” (1531), rechazó el concepto tradicional de la Trinidad, considerando que contradecía la esencia de la unidad divina. Según Servet, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no eran tres personas distintas, sino manifestaciones de un único Dios revelado de modos diferentes. Afirmaciones como estas, en una Europa desgarrada por la Reforma, equivalían a una condena segura. Católicos y protestantes coincidieron, por una vez, en considerarlo un enemigo.
Perseguido por la Inquisición, Servet huyó bajo diversos nombres por Francia, Alemania y Suiza. Durante años vivió oculto, ejerciendo como médico en Lyon y París, donde destacó por sus conocimientos en anatomía y fisiología. Su espíritu científico se manifestó plenamente en “Christianismi Restitutio” (1553), obra monumental en la que unió teología y ciencia, y que contenía una observación revolucionaria: la descripción de la circulación pulmonar de la sangre, adelantándose casi un siglo a Harvey. Servet demostró que la sangre no pasaba directamente del corazón derecho al izquierdo a través del tabique, como creían Galeno y sus seguidores, sino que debía recorrer los pulmones para oxigenarse. Este descubrimiento, fruto de la observación racional, lo convierte en uno de los precursores de la fisiología moderna.
Sin embargo, el genio médico no pudo escapar del teólogo condenado. La publicación de “Christianismi Restitutio” selló su destino. Los ejemplares de la obra fueron destruidos, pero uno cayó en manos de Juan Calvino, el líder de la Reforma en Ginebra, con quien Servet mantenía correspondencia desde hacía años. Calvino, ofendido por sus críticas y temeroso del peligro que representaban sus ideas, lo denunció al Consejo de la ciudad. Servet, imprudentemente, viajó a Ginebra en 1553, quizá confiando en defender sus convicciones ante los reformadores. Fue arrestado y sometido a un juicio implacable.
Durante el proceso, Servet se mantuvo firme. Rechazó tanto la autoridad papal como la reforma calvinista, insistiendo en su derecho a interpretar libremente las Escrituras. Calvino, implacable, lo acusó de blasfemia y herejía. El 27 de octubre de 1553, Miguel Servet fue quemado vivo en la colina de Champel, junto a su propio libro, en un acto que escandalizó incluso a muchos reformistas de la época. Se dice que sus últimas palabras fueron una súplica de perdón: “Jesús, Hijo del Dios eterno, ten piedad de mí”.
Su muerte marcó un hito en la historia de la libertad de conciencia. Para los siglos venideros, Servet simbolizó el derecho del individuo a pensar sin someterse a ninguna autoridad religiosa o política. Su figura fue reivindicada por ilustrados, librepensadores y científicos que vieron en él un precursor del pensamiento moderno. El monumento a Servet en Ginebra, erigido siglos después, no glorifica la herejía, sino la tolerancia que su muerte ayudó a despertar.
Miguel Servet fue, en definitiva, una víctima del fanatismo, pero también un mártir de la razón. En una era en que la palabra podía costar la vida, él eligió la verdad por encima de la supervivencia. Su fuego no fue solo el de la hoguera, sino el de una mente que iluminó los cimientos de la ciencia y la libertad espiritual. Desde las orillas del Segre hasta los campos de Champel, su nombre sigue siendo emblema de la valentía intelectual frente al dogma y de la eterna batalla entre el pensamiento libre y la intolerancia.
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Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.
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