LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS.

 Durante siglos, la Península Ibérica fue un espacio de convivencia, conflicto y fusión cultural entre musulmanes, cristianos y judíos. Tras la caída del reino nazarí de Granada en 1492, esa pluralidad entró en crisis. Los musulmanes granadinos, conocidos como mudéjares, habían quedado bajo dominio cristiano con la promesa de conservar su fe, sus costumbres y su lengua. Sin embargo, la política de la Corona pronto traicionó aquellos acuerdos. A finales del siglo XV, el cardenal Cisneros impulsó conversiones masivas, destruyó libros árabes y prohibió las prácticas islámicas. Los mudéjares se convirtieron oficialmente en “nuevos cristianos” o moriscos, una identidad impuesta y ambigua que marcaría su destino.




Los moriscos no eran una minoría marginal: formaban comunidades enteras, especialmente en Valencia, Aragón, Murcia y Granada. Habían aportado a la agricultura, a la artesanía y a la economía local conocimientos avanzados de regadío, cultivo y manufactura. Conservaban el idioma árabe, vestían de forma diferente y practicaban ritos que mezclaban tradición islámica y cristianismo superficial. A ojos de la Iglesia y de los sectores más intransigentes, esa dualidad era intolerable.

El siglo XVI fue testigo de múltiples intentos de integración forzosa. Las pragmáticas de Felipe II prohibieron la lengua árabe, los trajes tradicionales y las fiestas propias, alimentando el resentimiento. La revuelta de las Alpujarras (1568-1571) fue el grito desesperado de una población acorralada. Aunque sofocada con extrema violencia, dejó una huella indeleble en la percepción que los cristianos viejos tenían de los moriscos: la de un cuerpo extraño, potencialmente traidor, dentro del reino.

Con Felipe III, el clima de intolerancia alcanzó su punto culminante. La Contrarreforma reforzaba la idea de una unidad religiosa sin fisuras. Bajo la influencia del duque de Lerma, el monarca aprobó en 1609 el decreto de expulsión de los moriscos del reino de Valencia, extendido luego al resto de España. La medida pretendía eliminar un supuesto peligro interno y reafirmar la pureza católica del Estado, en un contexto donde la fe y la lealtad eran inseparables.

Entre 1609 y 1614, unas 300.000 personas —una cifra enorme para la época— fueron obligadas a abandonar sus tierras, sus casas y sus vidas. Familias enteras fueron embarcadas en los puertos de Denia, Alicante o Cartagena rumbo al norte de África. Muchos murieron en el viaje, víctimas de enfermedades o de asaltos en el mar. Los que lograron llegar a Túnez, Argel o Marruecos encontraron un destino incierto: los magrebíes los consideraban extranjeros, cristianizados y culturalmente distintos. Los moriscos expulsados quedaron suspendidos entre dos mundos, sin patria ni reconocimiento.

El impacto en España fue profundo. En regiones como Valencia o Aragón, la expulsión despobló comarcas enteras y arruinó la producción agrícola. Las élites locales se apresuraron a ocupar las tierras vacías, pero el daño económico fue irreparable durante décadas. Desde el punto de vista cultural, se perdió una herencia que había tejido la identidad peninsular durante siglos: la lengua árabe, la poesía andalusí, las técnicas de regadío, los saberes artesanales y la memoria de una convivencia posible.




La expulsión de los moriscos simboliza el cierre de una era: el fin de la España mestiza que había nacido del contacto entre tres religiones. En su lugar, surgió una monarquía que aspiraba a la homogeneidad, guiada por la ortodoxia católica y el poder centralizado. Fue un triunfo político, pero también una amputación espiritual. Con los moriscos partió una parte de la historia viva de la península, un espejo de su diversidad y de su complejidad humana.

Hoy, al mirar hacia atrás, la expulsión se entiende como una de las grandes tragedias del Siglo de Oro español: una decisión que, bajo el barniz de la fe y la razón de Estado, destruyó una de las raíces más ricas de la cultura hispánica. Su recuerdo no solo evoca la intolerancia, sino también la fragilidad de las sociedades que renuncian a su pluralidad.


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JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.



Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.



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Bibliografía:

Braudel, Fernand. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II

Domínguez Ortiz, Antonio y Vincent, Bernard Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría

Halperin Donghi, Tulio. España en el siglo XVII

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