LA DINASTÍA HERACLIANA



Esta época supone el momento de la consolidación del Imperio romano de Oriente y la ruptura con el pasado de bajo Imperio romano. Esto se deberá a la reducción de territorios de manos de persas y musulmanes de las zonas más ricas en producción agrícola, donde el monofisismo, una herejía cristiana, era mayoritario y era bastión del monacato, por lo que los siguientes emperadores ya no tendrían que prestar atención a la cuestión religiosa.
Se puede decir que con esta dinastía cuando el imperio se heleniza, poniendo como ejemplo el cambio de la titulación imperial de imperator caesar augustus a basileus, así como el comienzo de la sustitución del latín de los documentos oficiales. Además se afrontarían importantes reformas, como el sistema de reparto provincial en themas, cambios en la legislación agraria o grandes migraciones como búlgaros o armenios.

El siglo VII comenzó mal para el Imperio romano de Oriente, el por entonces emperador Mauricio, que mantenía una amistad personal con su homólogo persa Cosroes II, fue asesinado por Nicéforo Focas, que usurpó el trono, lo que desencadenó una reacción por parte de este en 602, iniciando una guerra que sería larga y devastadora. Los persas invadieron Siria, Palestina y se adentraron en Anatolia, a la vez que los Ávaros presionaban desde en Danubio. La capital estaba en peligro así que en el exarcado de Cartago, Heraclio junto a su padre, que gobernaba la provincia, organizaron un ejército para combatir a los persas mientras Heraclio se dirigió a Constantinopla, donde consiguió acabar con Focas y proclamarse emperador en 610. Esto debería haber aplacado al persa, pero viendo que la capital romana estaba a tiro, se inventó una escusa para proseguir con la guerra, a pesar del desgaste y de que Heraclio (padre) avanzaba por Egipto. La suerte estaba del lado de Cosroes, pues los siguientes años se saldaron con victorias, lo que hizo pensar a Heraclio en trasladar la capital al Cartago, idea que fue finalmente rechazada. En 622, Heraclio organizó un ejército contando con la ayuda de los armenios y lanzó una brutal contraofensiva por Anatolia, liderando él mismo al ejército. Obtuvo varias victorias en Armenia y Capadocia, avanzando año tras año. Pero destinar todos los recursos a sus campañas en el este, dejaron la capital desprotegida, por lo que eslavos y Ávaros, pusieron sitio a Constantinopla en 626 con la ayuda de los persas. En la capital solo se encontraba el patriarca Sergio, que gracias a sus llamadas al fanatismo religioso contra los paganos, consiguió que los asaltos fueran infructuosos antes de que el ejército persa, que se había trasladado hasta la orilla oriental de Bósforo, pudiese cruzar el estrecho. Además, la flota bizantina consiguió hundir a las armadas enemigas en dos batallas, por lo que los atacantes abandonaron el asedio. Junto a esta derrota, los persas sufrieron otra en el noreste de Anatolia de manos del hermano de Heraclio, Teodoro, dejando paso libre hacia el corazón del imperio persa.



Mapa de principios del siglo VII

En 627, tras haberse salvado la capital y derrotado a los persas, Heraclio emprendió una campaña invernal con la ayuda de los jázaros. Los persas enviaron un ejército a su encuentro, pero los bizantinos los vencieron en la batalla de Nínive, en Irak, por lo que los estos avanzaron hasta la mismísima capital de Persia. A la puertas de Csifonte, los persas derrocaron a Cosroes II y Kavad II fue nombrado emperador, que rápidamente negoció la rendición a cambio de devolver todos los territorios conquistados y la devolución de la reliquia De la Vera Cruz robada de Jerusalén.
La guerra había terminado y aunque Heraclio había vencido, los dos imperios estaban exhaustos. En Arabia se estaba fraguando un nuevo poder: Los musulmanes. Estos aprovecharon la debilidad y la desaparición de lajmidas y gasánidas, dos pueblos del norte de Arabia que hacían de tapón, para comenzar a atacar a los dos imperios.
Tras unas pequeñas escaramuzas, los árabes conquistaron Siria y Palestina en 634 y dos años más tarde, vencieron a Heraclio que había enviado un ejército en la batalla de Yarmuk. Ese mismo año, los musulmanes también derrotaron a los persas en la batalla de Qadisiyya, tramando posteriormente gran parte del territorio sasánida hasta su completa anexión en 651.
Heraclio murió en 641 y para entonces, los musulmanes ya habían llegado a Egipto.

Tras la muerte de Heraclio y la de sus hijos, su nieto Constante II llegaría al trono púrpura a una temprana edad. Además de los problemas militares, en seguida tuvo que centrar su atención en el tema religioso. La división entre monofisitas y diofisitas seguía candente, a pesar de que el emperador Heraclio y el patriarca Sergio habían promulgado la Edthesis, un intento de reconciliación que no contento a nadie y que se publicaría en 638 junto con la prohibición de seguir el debate sobre la naturaleza de Cristo, opciones que no contentaron a nadie.
En el plano geopolítico, Constante se encontró un imperio que había perdido numerosas posesiones: Hispania, Siria y Palestina, Egipto… Además, los lombardos invadían el norte de Italia. Con estas, intentó recuperar Egipto a los árabes. Tras un inicial éxito, donde tras conseguir una revuelta local en su favor y tomar parte del territorio, los árabes enviaron un poderoso ejército que derrotó a los romanos. Cuando estos se refugiaron en Alejandría, los cristianos monofisitas prefirieron a los musulmanes y abrieron las puertas de la ciudad. Gracias a la primera fitna (guerra civil) en 656 que llevó al poder a los Omeyas, los bizantinos disfrutaron de unos momentos de paz, pero en cuanto en primer califa omeya, Muawiya, se hizo con el poder musulmán, se reavivó el conflicto.
En 659 atacó a los eslavos que se habían asentado desde Grecia hasta el Danubio, venciéndolos y esclavizando a miles de ellos. Ese mismo año firmó una trague con Muawiya, que necesitaba todas sus tropas para enfrentarse el yerno de Mahoma, Ali.
Gracias a esto, viajó a Italia, donde derrotó a los lombardos y se estableció en Siracusa, nombrándola capital y desde donde consiguió recuperar el exarcado de Cartago, perdido en 648.
Pero en los años siguientes, la guerra a varios frentes contra lombardos, árabes y rebeldes armenios, provocaron numerosas derrotas, pérdida de territorios y el agotamiento del imperio. Esto, junto con el malestar e impopularidad por diferentes cuestiones como los impuestos, desembocaron en su asesinato en 668.

El siguiente emperador fue Constantino IV, hijo mayor de Constante II y que había sido adscrito al trono antes de la muerte de su padre.
Una de sus primeras medidas fue devolver la capitalidad del imperio a Constantinopla.
Pero su reto más importante llegaría en 674. Muawiya I, primer califa tras implantar la dinastía omeya venciendo en la guerra civil contra Alí, ya estaba en disposición de rearmarse para proseguir sus conquistas. Por entonces el califato tenía una gran extensión, abarcando desde Túnez a Afganistán. Muawiya preparó una gran flota y la envió directamente a tomar Constantinopla en un asedio duró casi 4 años, a lo que hay que sumar, que en la región de Tesalónica, grupos de eslavos realizaron incursiones de saqueo y asentamiento, ayudando a los musulmanes con el asedio.
Sin embargo, las inexpugnables murallas de la ciudad y el descubrimiento del fuego griego salvaron al imperio, ya que además de rechazar los ataques hasta que los musulmanes decidieron levantar el sitio, la flota romana los persiguió hasta Silea, donde fue destruida. Junto a esta victoria se produjo otra por tierra en Anatolia, lo que dio varias décadas de tranquilidad a los bizantinos.
Pese a esto, Constantino tuvo que asumir la pérdida definitiva de Siria y Egipto, lugar de mayoría monofisita, por lo que ya no necesitando su atención, promulgó el VI concilio ecuménico y III de Constantinopla y puso fin a los enfrentamientos sobre la naturaleza de Cristo, ratificando el credo de Caledonia.
Sus últimos años tuvo que pasarlos luchando contra los búlgaros, un pueblo nómada procedente de las estepas, que se decidió a cruzar el Danubio y ocupar los territorios de la actual Bulgaria, por entonces poblados por eslavos pero perteneciente al imperio. En 680 envió una expedición para desalojarlos, pero los búlgaros lo derrotaron en la batalla de Ongala, teniendo que ser reconocidos por Constante, que moriría 5 años después.



Recreación del fuego griego.

El último emperador de la dinastía fue el hijo de Constantino, Justiniano II.
Su reinado comenzó a favor gracias a las victorias conseguidas por su padre contra los musulmanes, aún así, fue hábil político y consiguió que el califa omeya aumentara el tributo que debía pagarle, recuperar Chipre y dividir los tributos de la zona de Armenia e Iberia (no confundir con península ibérica).
En los años 688/689, gracias a no tener que preocuparse de la frontera este y del aumento de los tributos, formó un espléndido ejército con el fin de vencer a búlgaros y eslavos que se habían asentado en los Balcanes. En 689, tras abrirse paso contra numerosos contingentes eslavos, recuperó Tesalónica. En vez de masacrarlos o expulsarlos, Justiniano los deportó a la frontera de Anatolia, donde servirían de contingente contra los omeya a la vez que deportaba en sentido contrario a los mardaítas y a chipriotas a Grecia.
Esto último fue motivo de casus belli para el califa omeya, volviendo a reanudarse las hostilidades. En 693 los bizantinos fueron derrotados en Sebastopolis al cambiar de bando los eslavos deportados y perdiendo la parte de Armenia del imperio.
La dinastía se había apoyado en la creación de minifundios a manos de stratiotas y campesinos libres, dejando de lado a los aristócratas, situación que Justiniano acrecentó. Esto unido a la dura presión fiscal, su despotismo y su brutalidad, acabó por hartar al pueblo, que en 695 se reveló con el apoyo del bando político de los azules, los militares y el thema de Hélade. Fue nombrado Leoncio, que consiguió capturar a Justiniano y, como manda la tradición, le cortó la nariz y lo desterró a Crimea, ya que se suponía que con una deformidad así no se podía gobernar.
Pero Justiniano era un hombre muy fuerte y pronto comenzó a urdir su regreso contra todo pronóstico….
A pesar del exilio en Querson y la mutilación sufrida, Justiniano seguía siendo una persona inquieta y se devanaba los sesos buscando la manera de recuperar el trono. Su oportunidad llegó con la deposición de su usurpador Liberto, que a su vez había sido depuesto por Tiberio.
Sin embargo las autoridades locales se inquietaron y decidieron deportarlo de nuevo a Constantinopla, aunque fue avisado y escapó a la corte de los jázaros, donde consiguió casarse con la hermana del jagan (rey) que adoptó el nombre de Teodora.
Tiberio, viendo el peligro, solicitó a los jázaros su extradición o asesinato en base a la alianza que les unía, pero Justiniano volvió a enterarse de los planes y, al parecer, mató con sus propias manos a los dos asesinos que el jagan había enviado para acabar con él.
Tras esto, volvió a Querson, reunió a sus partidarios y zarpó hacia los territorios ocupados por los búlgaros, donde consiguió la alianza de uno de sus clanes a cambio de dinero e intitular a su jefe Tervel como César.
En 705 se plantó con el ejército ante las murallas de Constantinopla, pero sabiéndose inexpugnables, solo recibió burlas de los defensores. Sin embargo, en la tercera noche, consiguió introducirse junto con un pequeño destacamento a través del acueducto, sembrando el pánico en el interior. Tiberio huyó y Justiniano recuperó el trono después de 10 años de exilio y sin nariz.
Esto provocó que su carácter se ensombreciera y que sus siguientes años fuesen un reinado del terror. Mandó asesinar a sus usurpadores y altos cargos, incluso al patriarca se le detuvo y le arrancaron los ojos. Después siguió hacia abajo en el escalafón y cualquier persona implicada o sospechosa era ejecutada o mutilada sin piedad.
Poner todas sus energías en la venganza le saldría caro, ya que en 709 los musulmanes comenzaron una campaña por Capdocia y Cilicia que tomó varias ciudades y fortalezas ante un ejército bizantino insuficiente y con sus mejores oficiales purgados, mientras el pueblo y funcionarios comenzaban a cuestionarlo.
Su siguiente tropelía fue enviar una expedición contra su propio territorio mientras los musulmanes le atacaban en 709. Rávena se había mostrado insumisa durante su primer reinado y tenía que pagarlo. Las tropas saquearon la ciudad y asesinaron y mutilaron a altos cargos e ilustres ciudadanos.
Sus ansias de venganza se centrarían posteriormente en las autoridades de Querson que intentaron deportarle, pero un general armenio llamado Bardanes, se rebeló, harto de las locuras del emperador, siendo coronado él mismo mientras Justiniano se encontraba de camino a Armenia. Fue detenido y ejecutado en Bitinia, siendo su cabeza enviada a Rávena para regocijo de sus habitantes. El hijo menor de Justiniano que se encontraba en la capital, fue asesinado, poniendo fin así a una de las dinastías más importantes del imperio.



Justiniano II y su famosa nariz de oro.


JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.


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BIBLIOGRAFÍA:

- Historia medieval. Ana Echevarría Arsuaga. Julián Donado Vara. EU Ramón Areces.

- Atlas histórico de la Edad Media. Ana Echevarría y José M. Rodríguez. EU Ramón Areces

- Gibbon, Edward (1998). Decline & Fall of the Roman Empire (1998 edición). Wordsworth Editions.

- Ostrogorsky, Georg (1984). Historia del Estado Bizantino. Madrid: Ediciones Akal S.A.

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