El asedio de Constantinopla (717-718): la batalla que salvó al Imperio romano de Oriente.
Pocas veces en la historia una sola ciudad ha concentrado sobre sus murallas el destino de continentes enteros. Constantinopla, la capital del Imperio romano de Oriente, fue una de esas excepciones. Durante siglos, la ciudad fundada por el emperador Constantino había resistido invasiones, guerras civiles y crisis dinásticas. Sin embargo, en el año 717 se enfrentó a una amenaza que parecía superar cualquier desafío anterior. El Califato Omeya, la mayor potencia del mundo de su tiempo, lanzó una expedición colosal destinada a conquistar la capital romana y poner fin a un imperio que llevaba casi cuatro siglos sobreviviendo a todos sus enemigos.
La derrota de los omeyas ante Constantinopla entre 717 y 718 no fue simplemente una victoria militar. Constituyó uno de los acontecimientos más decisivos de la Edad Media. La supervivencia del Imperio romano de Oriente permitió la continuidad de la civilización bizantina durante más de setecientos años, preservó la tradición romana en Oriente y frenó temporalmente la expansión islámica hacia el sureste de Europa. Muchos historiadores consideran que, de haber caído Constantinopla en aquellos años, la historia política, cultural y religiosa del continente europeo habría seguido un camino radicalmente distinto.
Para comprender la magnitud del enfrentamiento es necesario retroceder varias décadas. Desde la irrupción del islam en el siglo VII, el Imperio romano de Oriente había sufrido una de las mayores catástrofes de su historia. Las campañas dirigidas por los sucesores de Mahoma habían arrebatado a los romanos algunas de sus provincias más ricas y estratégicas. Siria cayó tras la batalla del Yarmuk en 636. Poco después se perdieron Palestina y Jerusalén. Egipto, el granero tradicional del imperio, fue conquistado en pocos años. Posteriormente, los ejércitos musulmanes avanzaron por el norte de África hasta alcanzar el océano Atlántico.
El imperio que había dominado el Mediterráneo oriental se vio reducido principalmente a Anatolia, los Balcanes y algunos territorios dispersos. Para muchos observadores de la época, parecía cuestión de tiempo que Constantinopla compartiera el destino de Antioquía, Alejandría o Jerusalén.
Los califas omeyas comprendían perfectamente la importancia simbólica y estratégica de la capital romana. Constantinopla era mucho más que una ciudad. Era la heredera directa de Roma, la sede del emperador romano y el principal centro político y económico del Mediterráneo oriental. Su caída habría significado el colapso definitivo del Imperio romano de Oriente.
Los musulmanes ya habían intentado tomar la ciudad anteriormente. Entre 674 y 678 se produjo un prolongado conflicto naval que terminó con una victoria romana gracias al uso del famoso fuego griego. Sin embargo, los omeyas no abandonaron sus ambiciones. A comienzos del siglo VIII, cuando el Califato Omeya alcanzaba la máxima extensión territorial de su historia, surgió una nueva oportunidad.
En 717, el califa Sulaymán ibn Abd al-Malik decidió organizar una expedición sin precedentes. Las fuentes medievales proporcionan cifras extraordinarias, aunque probablemente exageradas. Algunas crónicas hablan de más de 120.000 soldados y cerca de 2.000 embarcaciones. Aunque los números exactos siguen siendo objeto de debate, existe consenso en que fue una de las mayores operaciones militares de toda la Edad Media temprana.
El mando de la campaña fue confiado a Maslama ibn Abd al-Malik, hermano del califa y uno de los generales más prestigiosos del mundo islámico. Su objetivo era claro: aislar Constantinopla por tierra y mar, someterla por hambre y forzar su rendición.
Mientras tanto, el Imperio romano atravesaba una situación interna complicada. Los cambios de emperador se sucedían con rapidez y la estabilidad política parecía frágil. Sin embargo, en marzo de 717 llegó al poder un hombre excepcional: León III.
Originario probablemente de la región de Isauria, León demostró una notable capacidad política y militar. Consciente de la amenaza inminente, dedicó todos sus esfuerzos a preparar la defensa de la capital. Se reforzaron las murallas, se acumularon provisiones y se organizaron cuidadosamente las defensas navales.
Cuando las fuerzas de Maslama llegaron a las inmediaciones de Constantinopla durante el verano de 717, la ciudad estaba lista para resistir.
Las murallas teodosianas constituían la principal esperanza de los defensores. Construidas durante el siglo V, estaban consideradas las fortificaciones más impresionantes del mundo conocido. El sistema defensivo incluía fosos, murallas exteriores, murallas interiores y numerosas torres que convertían a Constantinopla en una fortaleza prácticamente inexpugnable.
Maslama comprendió rápidamente que un asalto frontal sería extremadamente costoso. En consecuencia, optó por establecer un bloqueo terrestre mientras la flota omeya completaba el cerco marítimo.
Sin embargo, los romanos disponían de una ventaja tecnológica que volvería a resultar decisiva: el fuego griego.
El origen exacto de esta arma sigue siendo objeto de debate. Se trataba de una sustancia incendiaria capaz de arder incluso sobre el agua y que podía proyectarse mediante dispositivos especiales instalados en los barcos romanos. Su composición exacta fue uno de los secretos militares mejor guardados de la historia.
Cuando la flota omeya intentó consolidar el bloqueo naval, varios escuadrones romanos atacaron utilizando fuego griego. Numerosos barcos enemigos fueron destruidos y la superioridad marítima musulmana quedó seriamente comprometida. Gracias a ello, Constantinopla pudo mantener abiertas algunas rutas de abastecimiento esenciales para la supervivencia de la ciudad.
Mientras tanto, el asedio terrestre comenzaba a transformarse en una pesadilla para los sitiadores.
El invierno de 717-718 fue extraordinariamente duro. Las crónicas describen nevadas intensas y temperaturas extremadamente bajas que afectaron gravemente al ejército omeya. Los suministros comenzaron a escasear. El hambre se extendió por los campamentos. Las enfermedades hicieron estragos entre hombres y animales.
Los sitiadores habían planeado destruir a Constantinopla mediante el aislamiento, pero terminaron siendo víctimas de sus propios problemas logísticos.
En este momento apareció otro protagonista fundamental de la campaña: el Primer Imperio Búlgaro.
Al norte de los Balcanes gobernaba el kan Tervel, uno de los monarcas más capaces de la historia búlgara. Durante años había mantenido relaciones complejas con Constantinopla, alternando periodos de cooperación y conflicto. Sin embargo, la perspectiva de una victoria omeya preocupaba enormemente a los búlgaros.
Si Constantinopla caía, los ejércitos musulmanes podrían extenderse hacia los Balcanes y convertirse en una amenaza directa para Bulgaria. Por ello, Tervel decidió intervenir.
Las fuerzas búlgaras cruzaron el Danubio y lanzaron ataques repetidos contra las líneas omeyas. Aprovechando su movilidad y experiencia en la guerra de caballería, sorprendieron a los sitiadores en numerosas ocasiones.
Las fuentes medievales atribuyen a estos ataques decenas de miles de bajas musulmanas. Aunque las cifras probablemente estén exageradas, no existe duda de que la intervención búlgara desempeñó un papel crucial. Los omeyas se vieron obligados a combatir simultáneamente contra los defensores romanos y contra los guerreros de Tervel, una situación que agravó todavía más sus dificultades logísticas.
Mientras la situación terrestre empeoraba, nuevos refuerzos navales enviados por el califato tampoco lograron cambiar el curso de la guerra. Parte de las tripulaciones, integradas por marineros cristianos reclutados en territorios conquistados, desertaron y proporcionaron información valiosa a los romanos. Otras escuadras fueron destruidas por el fuego griego.
La combinación de hambre, enfermedades, ataques búlgaros y derrotas navales fue minando progresivamente la capacidad operativa del ejército de Maslama.
Finalmente, en agosto de 718, tras trece meses de asedio infructuoso, se tomó la decisión de abandonar la campaña.
La retirada fue casi tan desastrosa como el propio asedio. Varias tormentas azotaron a la flota omeya durante el viaje de regreso. Numerosos barcos naufragaron en el mar de Mármara y el Egeo. Otras embarcaciones fueron destruidas por ataques enemigos. De la inmensa expedición que había partido un año antes, solo una parte regresó a territorio musulmán.
Las consecuencias de la victoria romana fueron enormes. El Califato Omeya nunca volvería a estar tan cerca de conquistar Constantinopla. Aunque las guerras entre musulmanes y romanos continuarían durante siglos, el fracaso de 717-718 marcó el final de los grandes intentos de destruir el Imperio romano de Oriente mediante una invasión directa de su capital.
Para Bizancio, la victoria consolidó el prestigio de León III y permitió una recuperación gradual del imperio. Anatolia permaneció bajo control romano, las instituciones imperiales sobrevivieron y Constantinopla continuó siendo uno de los principales centros políticos, económicos y culturales del mundo medieval.
Desde una perspectiva más amplia, el asedio de 717-718 representó uno de los grandes puntos de inflexión de la historia europea. Del mismo modo que la batalla de Poitiers en 732 se convertiría en un símbolo de resistencia en Occidente, la defensa de Constantinopla aseguró la supervivencia del principal estado cristiano de Oriente.
Durante más de siete siglos adicionales, el Imperio romano de Oriente seguiría actuando como un escudo entre Europa y las potencias del Próximo Oriente. La ciudad no caería finalmente hasta 1453, cuando los ejércitos otomanos de Mehmed II lograron lo que los omeyas habían sido incapaces de conseguir más de siete siglos antes.
En el verano de 718, sin embargo, el futuro aún estaba por escribirse. Tras las murallas de Constantinopla, los romanos habían conseguido una victoria que salvó a su imperio y alteró el destino de continentes enteros.
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Bibliografía
John Haldon, The Byzantine Wars
Warren Treadgold, A History of the Byzantine State and Society
Walter E. Kaegi, Byzantium and the Early Islamic Conquests
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