EL SITIO DE LENINGRADO: 872 DÍAS DE HAMBRE, FRÍO Y RESISTENCIA FRENTE A LA ALEMANIA NAZI
El sitio de Leningrado constituye uno de los episodios más terribles de la Segunda Guerra Mundial y, al mismo tiempo, uno de los ejemplos más extremos de resistencia de una población civil ante la guerra total. Durante 872 días, entre el 8 de septiembre de 1941 y el 27 de enero de 1944, la segunda ciudad de la Unión Soviética quedó prácticamente aislada de las principales vías de comunicación terrestres. Millones de personas quedaron atrapadas en una ciudad sometida al hambre, al frío, los bombardeos y las enfermedades, mientras el Ejército Rojo intentaba mantener abierto un corredor que permitiera abastecerla y, finalmente, levantar el cerco.
Leningrado, la antigua San Petersburgo fundada por Pedro el Grande a orillas del Nevá, no era una ciudad cualquiera. Era uno de los principales centros industriales, culturales y políticos de la Unión Soviética, además de un importante puerto del mar Báltico. Su población rondaba los tres millones de habitantes al comienzo de la guerra y en sus fábricas se producían armas, municiones y otros materiales esenciales para el esfuerzo bélico soviético. Su pérdida habría supuesto un golpe militar, económico y propagandístico de enorme magnitud.
El cerco comenzó en el contexto de la invasión alemana de la Unión Soviética, iniciada el 22 de junio de 1941 con la Operación Barbarroja. El objetivo alemán era destruir al Ejército Rojo, ocupar grandes extensiones del territorio soviético y derrotar al Estado de Stalin antes de que pudiera movilizar todos sus recursos. Leningrado constituía uno de los objetivos principales del Grupo de Ejércitos Norte, que avanzó desde Prusia Oriental a través de los Estados bálticos en dirección a la ciudad.
La rapidez inicial de la ofensiva alemana fue extraordinaria. Las tropas soviéticas sufrieron enormes pérdidas y tuvieron que retroceder en numerosos sectores. Mientras el Grupo de Ejércitos Centro avanzaba hacia Moscú y el Grupo de Ejércitos Sur penetraba en Ucrania, el Grupo de Ejércitos Norte se aproximaba a Leningrado.
Sin embargo, conquistar la ciudad resultó mucho más difícil de lo que inicialmente habían previsto los alemanes. La resistencia soviética permitió ganar tiempo para organizar defensas, movilizar a la población y reforzar las posiciones alrededor de la ciudad. Leningrado comenzó a transformarse en una enorme fortaleza.
La situación estratégica empeoró para sus habitantes durante el verano de 1941. Las fuerzas alemanas avanzaron hasta alcanzar las proximidades de la ciudad y, al sur, establecieron posiciones desde las que podían bombardearla. Al mismo tiempo, las tropas finlandesas habían recuperado territorios perdidos durante la Guerra de Invierno de 1939-1940 y avanzaron hacia el istmo de Carelia.
El 8 de septiembre de 1941, la captura alemana de Shlisselburg permitió cortar la última conexión terrestre directa entre Leningrado y el resto de la Unión Soviética. Comenzaba oficialmente uno de los asedios más prolongados y devastadores de la historia contemporánea.
UNA CIUDAD CERCADA
El objetivo ya no consistía únicamente en conquistar Leningrado mediante un asalto frontal. La estrategia alemana pasó a combinar el aislamiento, el bombardeo y la presión sobre una población que dependía de la llegada constante de alimentos y materias primas.
El cerco creó una situación extraordinariamente difícil. Los habitantes de Leningrado quedaron atrapados dentro de una ciudad de enormes dimensiones, con millones de personas dependiendo de unas reservas alimentarias que rápidamente comenzaron a agotarse.
Las autoridades soviéticas habían acumulado determinados depósitos de alimentos, pero las reservas estaban lejos de ser suficientes para mantener durante meses a toda la población. Los bombardeos destruyeron además almacenes y depósitos esenciales, mientras las comunicaciones ferroviarias y terrestres con el interior de la Unión Soviética permanecían interrumpidas.
El invierno convirtió la situación en una auténtica catástrofe.
Las temperaturas podían descender hasta los -30 o -40 °C, y el combustible escaseaba. La electricidad dejó de funcionar con normalidad y muchas viviendas quedaron sin calefacción. Las tuberías se congelaron y conseguir agua se convirtió en una tarea diaria para miles de personas.
Las calles de la ciudad se transformaron en escenarios de una lucha permanente por la supervivencia.
La población tenía que desplazarse entre edificios destruidos, zonas bombardeadas y calles cubiertas de nieve para conseguir agua y alimentos. Los cadáveres comenzaron a acumularse en las calles porque el suelo congelado hacía extremadamente difícil enterrarlos.
Pero el mayor enemigo no fueron únicamente las bombas. Fue el hambre.
EL HAMBRE COMO ARMA
A medida que avanzaban los meses, las autoridades redujeron progresivamente las raciones. Los trabajadores de determinadas industrias recibían más alimentos que otros sectores de la población, mientras que los niños y las personas que no podían trabajar recibían cantidades menores.
El pan se convirtió en el alimento fundamental y, para muchas familias, prácticamente en el único.
La composición de las raciones fue deteriorándose conforme desaparecían las reservas. El pan podía contener distintos sustitutos para aumentar su volumen y hacer que las escasas materias primas disponibles durasen más tiempo. En los momentos más dramáticos, los habitantes llegaron a consumir productos que normalmente no serían considerados alimentos, como pegamentos, cuero y otros materiales. También se produjeron casos documentados de canibalismo en el contexto de la hambruna extrema.
La situación alcanzó un nivel especialmente terrible durante el invierno de 1941-1942.
El frío y la desnutrición debilitaban enormemente a la población. Las personas enfermas carecían de fuerzas para desplazarse y las enfermedades se extendían con facilidad entre una población debilitada. Morir de hambre significaba, en muchos casos, entrar en un proceso progresivo de agotamiento físico que terminaba provocando la muerte por inanición o por enfermedades asociadas a la desnutrición.
Las familias se enfrentaban además a una tragedia que iba mucho más allá de la falta de alimentos. Padres perdían a sus hijos y niños quedaban huérfanos. Los ancianos morían en sus viviendas y en ocasiones sus familiares tenían que permanecer junto a ellos durante días antes de poder trasladar sus cuerpos.
La guerra había convertido la vida cotidiana en una lucha por conseguir unas pocas calorías más.
La población, sin embargo, no abandonó completamente sus actividades. Las fábricas continuaron funcionando en la medida de lo posible y numerosos trabajadores siguieron produciendo armamento para el frente. La defensa de Leningrado no fue únicamente militar: toda la ciudad participó en el esfuerzo de supervivencia.
EL CAMINO DE LA VIDA
La única vía de comunicación que permitió mantener una conexión relativamente estable con el exterior fue el lago Ládoga.
Durante los meses en que sus aguas permanecían libres de hielo, barcos soviéticos transportaban alimentos, combustible, municiones y otros suministros. En sentido contrario evacuaban a civiles, especialmente niños, enfermos y trabajadores considerados no esenciales para la defensa de la ciudad.
Pero cuando el lago se congelaba aparecía una posibilidad todavía más extraordinaria.
Sobre el hielo se estableció una ruta conocida como el Camino de la Vida, por la que camiones y otros vehículos podían transportar suministros hasta Leningrado. La ruta era extremadamente peligrosa. El hielo podía romperse bajo el peso de los vehículos y los conductores estaban expuestos a los bombardeos y ataques alemanes. Aun así, permitió mantener una conexión vital con la ciudad cercada.
El Camino de la Vida se convirtió en uno de los símbolos de la resistencia de Leningrado.
Cada camión que cruzaba el lago representaba una pequeña posibilidad de supervivencia. En ocasiones los conductores debían continuar avanzando incluso bajo fuego enemigo, porque detenerse podía significar quedar atrapado sobre el hielo.
La ruta también permitió evacuar a cientos de miles de personas. Sin ella, el número de víctimas habría sido todavía mayor.
LOS BOMBARDEOS
Aunque el hambre provocó la mayor parte de las muertes, Leningrado también sufrió una intensa campaña de bombardeos.
La artillería alemana alcanzaba distintos sectores de la ciudad y la aviación atacaba instalaciones industriales, infraestructuras y zonas habitadas. La población tenía que acostumbrarse a vivir bajo la amenaza constante de los proyectiles.
La destrucción material fue enorme.
Edificios, fábricas, viviendas, almacenes, hospitales y redes de transporte sufrieron daños. Sin embargo, la industria de guerra continuó funcionando. Los trabajadores de las fábricas produjeron armas y municiones incluso en las condiciones más extremas.
Esta resistencia industrial tenía una importancia estratégica considerable. Leningrado no era solamente una ciudad que debía sobrevivir: era también una pieza esencial del esfuerzo de guerra soviético.
La defensa de la ciudad se convirtió así en una combinación de resistencia militar, producción industrial y supervivencia civil.
EL EJÉRCITO ROJO INTENTA ROMPER EL CERCO
Desde el primer momento, el mando soviético buscó una solución militar para liberar Leningrado.
Los intentos iniciales fracasaron. Las fuerzas soviéticas lanzaron varias ofensivas destinadas a abrir una comunicación terrestre con la ciudad, pero las tropas alemanas consiguieron mantener sus posiciones.
La situación comenzó a cambiar lentamente durante 1942.
El Ejército Rojo lanzó nuevas ofensivas en el área del río Voljov y del lago Ládoga, intentando abrir una brecha en las posiciones alemanas. Los combates fueron extremadamente duros y se desarrollaron en un terreno cubierto de bosques, pantanos y zonas de difícil movimiento.
La lucha por Leningrado no fue una única batalla, sino una campaña prolongada compuesta por numerosas operaciones y enfrentamientos.
Mientras tanto, la ciudad continuaba sufriendo.
El bloqueo terrestre no significaba que los alemanes pudieran entrar libremente en Leningrado. La ciudad permanecía defendida por fuerzas soviéticas y por una población movilizada para resistir. El objetivo alemán consistía en mantener el aislamiento hasta provocar el colapso de la ciudad.
Pero ese colapso nunca llegó.
LA OPERACIÓN ISKRA Y LA PRIMERA RUPTURA DEL CERCO
A comienzos de 1943, la situación estratégica había cambiado considerablemente.
La derrota alemana en Stalingrado en febrero de 1943 había supuesto un enorme golpe para el Tercer Reich. El Ejército Rojo había demostrado que podía rodear y destruir grandes formaciones alemanas, y la iniciativa estratégica empezaba a desplazarse progresivamente hacia la Unión Soviética.
En Leningrado, el Ejército Rojo preparó una nueva ofensiva.
El 12 de enero de 1943 comenzó la Operación Iskra, cuyo objetivo era romper el bloqueo mediante una ofensiva concentrada al sur del lago Ládoga.
Los soviéticos atacaron las posiciones alemanas y consiguieron abrir un corredor terrestre estrecho que comunicaba Leningrado con el resto del territorio soviético.
El 18 de enero de 1943, las fuerzas soviéticas lograron establecer ese corredor.
La operación no significaba todavía el final del sitio. El enemigo continuaba ocupando posiciones al sur y el acceso a la ciudad seguía siendo extremadamente vulnerable. Sin embargo, el aislamiento absoluto había terminado.
La construcción de una línea ferroviaria permitió incrementar considerablemente la llegada de suministros y aliviar parcialmente la situación de la población.
La ruptura del cerco constituyó un enorme éxito estratégico soviético, pero todavía quedaba más de un año de combates antes de que Leningrado quedara definitivamente liberada.
Y en ese momento aparecería uno de los episodios más importantes de la participación española en el Frente Oriental.
LA DIVISIÓN AZUL EN EL FRENTE DE LENINGRADO
La participación española en la campaña de Leningrado se produjo a través de la División Española de Voluntarios, conocida como División Azul, integrada en la Wehrmacht como la 250.ª División de Infantería.
Su creación se produjo después de la invasión alemana de la Unión Soviética. El Gobierno español había declarado oficialmente su no beligerancia, pero permitió el envío de voluntarios para combatir contra la Unión Soviética. Aproximadamente 45.000 españoles pasarían por la División Azul a lo largo de su existencia.
Inicialmente, la unidad fue enviada al frente del Voljov. Los primeros contingentes llegaron al sector en octubre de 1941, participando en duros combates durante los meses siguientes.
El invierno ruso supuso una prueba extrema.
Las temperaturas, la nieve, el barro, la escasez de equipamiento adecuado y los combates contra el Ejército Rojo provocaron numerosas bajas. Uno de los episodios más dramáticos fue el protagonizado por la Compañía de Esquiadores, que en enero de 1942 recorrió decenas de kilómetros bajo temperaturas extremas para acudir en auxilio de una guarnición alemana cercada. La unidad sufrió enormes pérdidas durante aquella operación.
Pero el papel de la División Azul en el cerco de Leningrado adquiriría una importancia mucho mayor durante 1942.
En agosto de ese año, la unidad fue trasladada hacia el sector de Leningrado. En septiembre comenzó a ocupar posiciones en torno a Krasny Bor, al sur de la ciudad, integrándose en el dispositivo alemán que mantenía el cerco.
El sector español cubría una zona estratégicamente importante debido a la proximidad de las comunicaciones entre Moscú y Leningrado. La carretera y el ferrocarril constituían objetivos esenciales para cualquier ofensiva soviética destinada a romper el dispositivo alemán.
La División Azul quedó así directamente implicada en uno de los principales frentes alrededor de Leningrado.
KRASNY BOR: LA BATALLA MÁS SANGRIENTA DE LA DIVISIÓN AZUL
El 10 de febrero de 1943, apenas unas semanas después de la ruptura parcial del cerco mediante la Operación Iskra, el Ejército Rojo lanzó una nueva ofensiva.
El objetivo soviético era mucho más ambicioso: explotar la situación creada tras la ruptura del bloqueo y golpear al Grupo de Ejércitos Norte.
La ofensiva se desarrolló en el marco de la Operación Estrella Polar.
En el sector de Krasny Bor se encontraba la División Azul.
La mañana del 10 de febrero comenzó con una extraordinaria preparación artillera soviética. Miles de proyectiles golpearon las posiciones españolas antes de que las tropas soviéticas avanzaran apoyadas por carros de combate.
La situación para los españoles era crítica.
Las posiciones defensivas fueron sometidas a una enorme presión y numerosas unidades sufrieron pérdidas devastadoras. Sin embargo, los restos de los regimientos españoles consiguieron mantener parte de sus posiciones y evitar que la penetración soviética alcanzara todos sus objetivos.
La batalla se prolongó durante varios días.
Krasny Bor se convirtió en el combate más sangriento protagonizado por la División Azul durante su permanencia en Rusia. La documentación militar española señala unas pérdidas extraordinariamente elevadas durante aquella jornada y los combates posteriores.
La batalla tuvo una enorme importancia dentro de la memoria militar española de la Segunda Guerra Mundial, pero debe situarse dentro de su contexto: Krasny Bor formó parte de una ofensiva soviética mucho más amplia destinada a presionar y desarticular el dispositivo alemán alrededor de Leningrado.
La resistencia española contribuyó a impedir una ruptura completa del frente en aquel sector, aunque el coste humano fue enorme.
La División Azul continuaría combatiendo en el frente de Leningrado durante 1943 antes de ser retirada progresivamente del Frente Oriental. Posteriormente, algunos voluntarios españoles continuarían luchando en la llamada Legión Azul, que permaneció en Rusia hasta 1944.
La participación española constituye, por tanto, un capítulo inseparable de la historia militar del cerco de Leningrado, aunque no debe confundirse la presencia de la División Azul con la totalidad del dispositivo que mantenía el cerco: los españoles defendían únicamente un sector integrado dentro del mucho mayor frente alemán.
1943: EL CERCO SE DEBILITA
A pesar de la ruptura parcial conseguida en enero de 1943, Leningrado todavía se encontraba amenazada.
El Ejército Rojo continuó preparando nuevas operaciones mientras las fuerzas alemanas trataban de conservar sus posiciones.
La situación estratégica alemana, sin embargo, era cada vez más complicada.
Tras Stalingrado y las posteriores derrotas en el sur de la Unión Soviética, Alemania se encontraba obligada a combatir en un frente cada vez más extenso. Las reservas eran insuficientes y el Ejército Rojo disponía de una capacidad de movilización creciente.
En Leningrado, las fuerzas soviéticas incrementaron progresivamente su presión.
La ciudad había sobrevivido al invierno más terrible, pero todavía era necesario expulsar definitivamente a las fuerzas alemanas de sus posiciones.
Durante el resto de 1943 se produjeron nuevos combates alrededor del frente de Leningrado. La situación no se resolvió inmediatamente porque las defensas alemanas seguían siendo fuertes y el terreno favorecía la defensa.
Sin embargo, el equilibrio estratégico había cambiado.
En 1941 los soviéticos luchaban desesperadamente por impedir que Leningrado fuera conquistada. En 1943, el Ejército Rojo comenzaba a disponer de la fuerza necesaria para expulsar a los alemanes.
LA OFENSIVA FINAL
El golpe definitivo llegó en enero de 1944.
El Ejército Rojo había acumulado suficientes fuerzas para lanzar una gran ofensiva contra el Grupo de Ejércitos Norte. El objetivo era alejar definitivamente a las tropas alemanas de Leningrado y eliminar la amenaza que durante años había rodeado la ciudad.
El 14 de enero de 1944 comenzó la ofensiva soviética.
Las fuerzas alemanas fueron sometidas a una presión creciente. El Ejército Rojo consiguió penetrar las líneas defensivas y avanzar hacia el oeste y el sur.
La resistencia alemana comenzó a ceder.
El 27 de enero de 1944, las fuerzas soviéticas habían conseguido alejar a los alemanes lo suficiente como para que el cerco quedara definitivamente levantado.
Leningrado había sobrevivido.
Habían transcurrido 872 días desde el comienzo del bloqueo.
La ciudad había soportado hambre, enfermedades, frío, bombardeos y una destrucción enorme. Pero el objetivo alemán de provocar su rendición mediante el aislamiento había fracasado.
EL PRECIO DE LA SUPERVIVENCIA
La victoria soviética tuvo un coste humano extraordinario.
Las cifras exactas de víctimas siguen siendo objeto de debate historiográfico, pero las estimaciones sitúan en más de un millón las personas que murieron durante el bloqueo, en su inmensa mayoría civiles. Algunas estimaciones elevan todavía más la cifra. Las estadísticas oficiales rusas hablan de cerca de un millón de habitantes fallecidos y de más de 600.000 muertes provocadas por el hambre.
La magnitud de la tragedia resulta todavía más impresionante cuando se recuerda que una gran parte de las víctimas no murió directamente a causa de los bombardeos.
Murieron de hambre.
Murieron de frío.
Murieron de enfermedades agravadas por la desnutrición.
Murieron porque no había suficientes alimentos, medicinas, combustible ni condiciones materiales para mantener una ciudad de semejante tamaño durante un aislamiento tan prolongado.
La población que sobrevivió quedó profundamente marcada.
Miles de edificios habían sido destruidos o dañados. La industria había sufrido enormes pérdidas y la infraestructura urbana estaba devastada.
Sin embargo, Leningrado había resistido.
La ciudad se convirtió en uno de los grandes símbolos de la resistencia soviética durante la Segunda Guerra Mundial.
UNA TRAGEDIA CIVIL EN EL CORAZÓN DE LA GUERRA TOTAL
El sitio de Leningrado constituye un ejemplo extremo de lo que significó la guerra total en el Frente Oriental.
No fue simplemente una batalla entre ejércitos. La población civil se convirtió en uno de los principales objetivos de la estrategia militar.
El hambre desempeñó un papel fundamental en el intento de destruir la capacidad de resistencia de la ciudad. La decisión de aislarla y privarla de suministros provocó una catástrofe demográfica de enormes proporciones.
La experiencia de Leningrado demuestra además la importancia de la logística en una guerra industrial.
Un ejército puede disponer de miles de soldados, artillería y carros de combate, pero si una ciudad de millones de habitantes carece de alimentos y combustible, su supervivencia depende de mantener abiertas las comunicaciones.
Por eso el lago Ládoga tuvo una importancia estratégica extraordinaria.
El Camino de la Vida permitió que Leningrado recibiera los recursos imprescindibles para continuar luchando. Sin aquella ruta, la resistencia de la ciudad habría resultado mucho más difícil.
La supervivencia de Leningrado fue, por tanto, tanto una cuestión de resistencia militar como de capacidad logística.
LENINGRADO Y EL CAMBIO DEL FRENTE ORIENTAL
El fracaso alemán ante Leningrado tuvo también una dimensión estratégica.
La ciudad nunca fue conquistada y el Grupo de Ejércitos Norte tuvo que mantener durante años importantes fuerzas alrededor de ella. Esto contribuyó a inmovilizar recursos alemanes que podrían haber sido empleados en otros sectores del frente.
Sin embargo, sería incorrecto considerar el cerco de Leningrado de manera aislada.
La batalla formaba parte de una guerra mucho más amplia cuyo resultado dependió de la capacidad soviética para movilizar hombres, armas, combustible, alimentos y producción industrial.
A partir de 1943, el Ejército Rojo pasó progresivamente de la defensa a la ofensiva.
Stalingrado había demostrado que los alemanes podían ser rodeados y derrotados. Kursk confirmó que Alemania ya no podía recuperar fácilmente la iniciativa estratégica. Y la liberación definitiva de Leningrado demostró que el Grupo de Ejércitos Norte también podía ser obligado a retroceder.
Desde entonces, la Wehrmacht se encontraba cada vez más a la defensiva.
CONCLUSIÓN
El sitio de Leningrado fue mucho más que un episodio militar de la Segunda Guerra Mundial. Fue una tragedia humana de dimensiones extraordinarias y uno de los ejemplos más extremos de resistencia de una población civil durante el conflicto.
Durante 872 días, millones de personas sobrevivieron en condiciones que hoy resultan difíciles de imaginar. El hambre redujo las raciones hasta niveles extremos; el frío convirtió las calles en un escenario mortal; los bombardeos destruyeron edificios e infraestructuras y las enfermedades acompañaron a una población debilitada.
El Camino de la Vida permitió mantener abierta una frágil conexión con el exterior y salvó innumerables vidas. La resistencia de los habitantes y de las fuerzas soviéticas impidió que la ciudad fuera conquistada.
El Ejército Rojo consiguió romper parcialmente el cerco en enero de 1943, pero hubo que esperar hasta enero de 1944 para que la amenaza desapareciera definitivamente. La gran ofensiva soviética de aquel mes expulsó a las fuerzas alemanas de las posiciones que rodeaban Leningrado y puso fin a uno de los asedios más largos y sangrientos de la historia contemporánea.
En este escenario también combatieron miles de españoles de la División Azul, especialmente desde 1942 en el sector de Leningrado y, de manera destacada, en la batalla de Krasny Bor, donde sufrieron enormes pérdidas frente a una poderosa ofensiva soviética.
La historia de Leningrado es, en definitiva, la historia de una ciudad que estuvo a punto de morir de hambre, pero que consiguió sobrevivir. Más de un millón de personas pagaron con su vida aquella resistencia y la ciudad quedó marcada para siempre por la tragedia.
Cuando finalmente terminó el cerco el 27 de enero de 1944, no solamente se había liberado una ciudad. Había terminado una de las experiencias más terribles sufridas por una población civil durante la Segunda Guerra Mundial.
Leningrado había resistido durante 872 días.
Y había sobrevivido.
JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.
SOBRE EL AUTOR
Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 18 años de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hasta hace unos años cuando decidió cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en la UNED y comenzar en el mundo de la divulgación histórica a través de las redes sociales.
Actualmente administra el blog El Último Romano, así como sus páginas en Facebook e Instagram. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs y podcasts dedicados a la divulgación histórica.
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BIBLIOGRAFÍA
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MORENO JULIÁ, Xavier. La División Azul: sangre española en Rusia, 1941-1945. Barcelona: Crítica.
MUÑOZ BOLAÑOS, Roberto. La División Azul. Madrid: La Esfera de los Libros.


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