LA EXPANSIÓN DE ESTADOS UNIDOS: DE LA INDEPENDENCIA A 1898
Estados Unidos nació en 1776 como una república formada por trece antiguas colonias británicas situadas en la fachada atlántica de América del Norte. Sin embargo, el territorio que controlaba aquella nueva nación representaba solamente una pequeña parte del espacio que terminaría formando los Estados Unidos modernos. Durante algo más de un siglo, la república experimentó una extraordinaria expansión territorial hacia el oeste, el sur y, finalmente, hacia el Pacífico. Compras de territorios, tratados, guerras, anexiones y desplazamientos forzosos de las poblaciones indígenas fueron transformando progresivamente el mapa norteamericano hasta convertir a Estados Unidos en una potencia continental y, en 1898, en una potencia con intereses ultramarinos.

LAS TRECE COLONIAS Y EL NACIMIENTO DE UNA NUEVA REPÚBLICA
Cuando las Trece Colonias proclamaron su independencia de Gran Bretaña el 4 de julio de 1776, el nuevo Estado estadounidense estaba lejos de controlar todo el territorio que posteriormente quedaría integrado en la Unión. Las colonias se encontraban concentradas a lo largo de la costa atlántica y tenían como límite occidental, de manera aproximada, los montes Apalaches y el valle del Misisipi, aunque las reivindicaciones territoriales de varios Estados se extendían mucho más hacia el oeste.
La independencia no significó, por tanto, el nacimiento de un país con las fronteras actuales. Significó el nacimiento de una república que disponía de una enorme posibilidad de expansión en el interior de América del Norte.
Al oeste de los Apalaches se extendía un inmenso espacio ocupado por numerosas naciones indígenas. Para las nuevas autoridades estadounidenses, aquel territorio constituía una zona fundamental para el futuro desarrollo del país. Para las poblaciones indígenas, en cambio, no era una tierra vacía disponible para la colonización, sino un espacio en el que existían sociedades, territorios, redes comerciales, asentamientos y estructuras políticas consolidadas.
La cuestión territorial se convirtió desde los primeros años de la independencia en uno de los grandes problemas de la nueva república. Estados Unidos debía organizar el territorio occidental, establecer relaciones con las poblaciones indígenas y resolver sus disputas con las potencias europeas que todavía mantenían importantes intereses en América del Norte.
El Tratado de París de 1783, que puso fin oficialmente a la guerra de independencia, reconoció la independencia estadounidense y estableció unas fronteras muy favorables para la nueva nación. Gran Bretaña reconoció como límite occidental de Estados Unidos el río Misisipi, mientras que Florida quedó en manos españolas.
Aquella frontera era extraordinariamente extensa para un Estado recién creado. Estados Unidos se extendía desde el Atlántico hasta el Misisipi, pero todavía existían enormes dificultades para controlar efectivamente los territorios occidentales.
LA ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO DEL OESTE
Una de las primeras grandes decisiones de la nueva república fue establecer mecanismos para organizar los territorios situados al oeste de los Apalaches.
La Ordenanza del Noroeste de 1787 constituyó un precedente fundamental. Reguló la administración de los territorios situados al norte del río Ohio y estableció un procedimiento mediante el cual aquellos territorios podían convertirse posteriormente en Estados de la Unión.
La importancia de esta legislación fue considerable porque contribuyó a establecer un modelo de expansión territorial diferente del de una simple sucesión de colonias dependientes. Los territorios podían ser organizados políticamente y, una vez alcanzados determinados niveles de población, incorporarse como Estados con representación dentro de la Unión.
En las décadas siguientes, este mecanismo permitiría que la expansión hacia el oeste estuviera acompañada por la creación progresiva de nuevos Estados.
Sin embargo, la expansión también provocó enfrentamientos con las poblaciones indígenas. La llegada de colonos, agricultores y comerciantes aumentaba la presión sobre los territorios situados al oeste de los Apalaches. El Gobierno estadounidense firmó numerosos tratados con diferentes pueblos indígenas, aunque estos acuerdos estuvieron marcados por una relación de fuerzas cada vez más desfavorable para las comunidades nativas.
La expansión territorial estadounidense, por tanto, no fue simplemente una sucesión de mapas en los que un territorio cambiaba de color. Fue un proceso acompañado por guerras, desplazamientos, tratados, migraciones y una profunda transformación de las sociedades que habitaban América del Norte.
LA COMPRA DE LUISIANA Y EL SALTO HACIA EL OESTE
Uno de los acontecimientos decisivos de la expansión estadounidense se produjo en 1803, durante la presidencia de Thomas Jefferson.
En aquel momento, Francia había recuperado el control de Luisiana, un enorme territorio que se extendía alrededor del valle del Misisipi y que tenía una importancia estratégica extraordinaria. Napoleón Bonaparte había recuperado el territorio de España mediante el Tratado de San Ildefonso de 1800, pero sus planes americanos cambiaron posteriormente.
La situación internacional y la necesidad de recursos para las guerras europeas llevaron a Napoleón a reconsiderar sus proyectos en América. Estados Unidos aprovechó la oportunidad.
En 1803, el Gobierno de Jefferson negoció con Francia la adquisición de Luisiana. Estados Unidos pagó aproximadamente 15 millones de dólares por un territorio cuya extensión rondaba los 2,1 millones de kilómetros cuadrados.
La llamada Compra de Luisiana duplicó prácticamente la superficie de Estados Unidos.
El alcance histórico de aquella operación fue enorme. El país dejó de ser esencialmente una república atlántica con un extenso territorio occidental y pasó a convertirse en una potencia territorial que se proyectaba hasta las Montañas Rocosas.
Además, el control estadounidense sobre el río Misisipi y sobre el puerto de Nueva Orleans tenía una importancia económica extraordinaria. El río constituía una de las grandes vías de comunicación del interior norteamericano y Nueva Orleans era fundamental para la salida de productos agrícolas hacia los mercados internacionales.
Para Jefferson, la expansión territorial ofrecía la posibilidad de construir una república basada en una población de agricultores independientes. Sin embargo, aquella expansión también planteaba interrogantes constitucionales, políticos y sociales.
Estados Unidos había adquirido un territorio cuya extensión superaba ampliamente las dimensiones originales de la república. Además, gran parte de aquellas tierras estaban habitadas por pueblos indígenas y no habían sido exploradas de forma sistemática por las autoridades estadounidenses.
LEWIS Y CLARK Y LA EXPLORACIÓN DEL NUEVO TERRITORIO
Para conocer mejor los territorios adquiridos, Jefferson encargó una expedición dirigida por Meriwether Lewis y William Clark.
La expedición partió en 1804 y recorrió grandes regiones del interior norteamericano siguiendo inicialmente el curso del río Misuri y posteriormente atravesando las Montañas Rocosas hasta alcanzar la costa del Pacífico.
La expedición de Lewis y Clark tuvo una importancia científica, geográfica y estratégica. Sus integrantes cartografiaron territorios, describieron especies animales y vegetales y establecieron contacto con numerosas comunidades indígenas.
La expedición también contribuyó a reforzar la percepción estadounidense de que el país podía proyectarse hacia el Pacífico.
Sin embargo, el territorio occidental estaba muy lejos de encontrarse vacío. Las sociedades indígenas mantenían sus propios sistemas políticos, económicos y culturales, y la expansión estadounidense supondría durante el siglo XIX una presión creciente sobre ellas.
La idea de una expansión hacia el oeste se convirtió progresivamente en uno de los elementos centrales de la política estadounidense.
FLORIDA Y EL DECLIVE DEL PODER ESPAÑOL EN AMÉRICA DEL NORTE
Mientras Estados Unidos avanzaba hacia el oeste, también comenzó a presionar hacia el sur.
Florida permanecía bajo soberanía española, aunque la capacidad de Madrid para controlar eficazmente el territorio había disminuido considerablemente. Las guerras napoleónicas y posteriormente las guerras de independencia hispanoamericanas debilitaron la posición española.
Florida se convirtió en un espacio fronterizo especialmente conflictivo. En la región actuaban comunidades indígenas, esclavos fugitivos procedentes de los Estados Unidos y diferentes grupos vinculados al comercio y a la frontera.
Durante la década de 1810 se produjeron enfrentamientos entre las fuerzas estadounidenses y los seminolas y otros grupos de la región.
Andrew Jackson desempeñó un papel fundamental en estas operaciones. En 1817-1818 intervino militarmente en Florida durante la denominada Primera Guerra Seminola.
La campaña de Jackson incrementó la presión sobre España, que tenía dificultades para defender eficazmente el territorio.
El resultado fue el Tratado Adams-Onís de 1819, mediante el cual España cedió Florida a Estados Unidos. A cambio, Washington asumió determinadas reclamaciones económicas de ciudadanos estadounidenses contra España.
El tratado también fijó una frontera entre Estados Unidos y los territorios españoles de América del Norte.
La adquisición de Florida mostró una característica que se repetiría posteriormente: la expansión estadounidense no dependía únicamente de la guerra abierta. La diplomacia, la presión económica, la debilidad de las potencias europeas y los cambios geopolíticos americanos también fueron instrumentos fundamentales.
LA DOCTRINA MONROE Y LA NUEVA POSICIÓN INTERNACIONAL DE ESTADOS UNIDOS
En 1823, el presidente James Monroe presentó ante el Congreso una doctrina que posteriormente sería conocida como Doctrina Monroe.
Estados Unidos advertía a las potencias europeas contra nuevas intervenciones coloniales en el continente americano. La doctrina se formuló en un contexto marcado por las independencias de numerosos territorios hispanoamericanos y por el temor estadounidense a que las potencias europeas intentaran recuperar posiciones perdidas.
En sus primeros momentos, la capacidad de Estados Unidos para hacer cumplir unilateralmente aquella doctrina era limitada. Sin embargo, representaba un cambio significativo en la percepción estadounidense de su propia posición internacional.
La república comenzaba a considerarse una potencia con intereses particulares en el hemisferio occidental.
La expansión territorial y la evolución de la política exterior estaban, por tanto, estrechamente relacionadas.
EL "DESTINO MANIFIESTO" Y LA EXPANSIÓN HACIA EL OESTE
Durante la década de 1840 se popularizó la idea del llamado "Destino Manifiesto", expresión asociada al periodista John L. O'Sullivan.
El concepto sostenía que la expansión de Estados Unidos por el continente respondía a una misión histórica. La idea combinaba nacionalismo, republicanismo, expansionismo y, en determinados sectores, elementos religiosos y culturales.
No todos los estadounidenses compartían aquella visión. Existieron importantes críticas al expansionismo, especialmente cuando la incorporación de nuevos territorios planteaba la cuestión de la esclavitud.
Sin embargo, el concepto de Destino Manifiesto se convirtió en una poderosa justificación ideológica de la expansión continental.
Durante esta etapa, Estados Unidos avanzó simultáneamente hacia varias zonas. El territorio de Texas, la región de Oregón y los territorios pertenecientes a México se convirtieron en los principales escenarios de la expansión.
TEXAS Y LA INDEPENDENCIA DE LA REPÚBLICA DE TEXAS
Texas formaba parte de México después de la independencia mexicana de España en 1821.
Durante las décadas de 1820 y 1830, México permitió la llegada de colonos procedentes de Estados Unidos a determinadas zonas de Texas. El crecimiento de aquella población estadounidense generó progresivamente tensiones con las autoridades mexicanas.
Las diferencias políticas aumentaron después de que Antonio López de Santa Anna fortaleciera el poder central mexicano y limitara el sistema federal.
En 1835 comenzó una rebelión de los colonos texanos y de otros grupos contrarios al Gobierno mexicano.
El conflicto adquirió una dimensión militar. El episodio más famoso fue la batalla de El Álamo, en marzo de 1836, donde las fuerzas mexicanas derrotaron a los defensores de la misión.
Sin embargo, pocas semanas después, el ejército texano dirigido por Sam Houston derrotó a las tropas de Santa Anna en la batalla de San Jacinto, el 21 de abril de 1836.
Santa Anna fue capturado y terminó reconociendo la independencia de Texas.
Nació así la República de Texas, que solicitó posteriormente su incorporación a Estados Unidos.
La anexión de Texas generó una enorme controversia. México no reconocía plenamente la independencia texana y consideraba la anexión estadounidense como una agresión.
Además, Texas era un territorio donde la esclavitud estaba permitida. Su incorporación podía alterar el equilibrio político entre Estados esclavistas y Estados libres.
El presidente John Tyler impulsó la anexión y, finalmente, Texas entró en la Unión en 1845.
La incorporación de Texas fue uno de los factores que condujeron directamente a la guerra entre Estados Unidos y México.
LA GUERRA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y MÉXICO
La guerra mexicano-estadounidense comenzó en 1846.
El principal punto de fricción se encontraba en la frontera entre Texas y México. Estados Unidos consideraba que el límite meridional de Texas era el río Grande, mientras que México defendía una frontera más septentrional, vinculada al río Nueces.
El presidente James K. Polk adoptó una política expansionista. Su Gobierno pretendía obtener Texas, California y otros territorios occidentales.
Las negociaciones sobre la adquisición de California fracasaron y la tensión fronteriza desembocó en enfrentamientos armados.
Las fuerzas estadounidenses actuaron en varios frentes. El ejército dirigido por Zachary Taylor avanzó desde Texas hacia el norte de México y obtuvo importantes victorias.
Paralelamente, las tropas estadounidenses dirigidas por Stephen W. Kearny avanzaron hacia Nuevo México y California.
La campaña decisiva se desarrolló posteriormente en dirección a la capital mexicana. El general Winfield Scott desembarcó en Veracruz y emprendió una campaña hacia el interior.
Tras una sucesión de combates, las fuerzas estadounidenses ocuparon Ciudad de México en septiembre de 1847.
La guerra terminó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848.
México reconoció la incorporación de Texas a Estados Unidos y cedió enormes territorios que incluían los actuales California, Nevada, Utah y grandes partes de Arizona, Nuevo México, Colorado y Wyoming.
Estados Unidos adquirió aproximadamente 1,36 millones de kilómetros cuadrados.
La expansión había alcanzado finalmente el océano Pacífico.
CALIFORNIA Y LA FIEBRE DEL ORO
La incorporación de California adquirió una dimensión todavía mayor después del descubrimiento de oro en Sutter's Mill en enero de 1848.
La noticia provocó una gigantesca migración hacia California. Miles de personas llegaron desde diferentes regiones de Estados Unidos y posteriormente desde Europa, América Latina y Asia.
La llamada fiebre del oro transformó rápidamente California.
San Francisco creció de manera extraordinaria y el territorio se integró cada vez más en las redes comerciales estadounidenses.
California se convirtió en Estado de la Unión en 1850.
La expansión hasta el Pacífico había creado un problema que sería recurrente durante todo el siglo XIX: cómo organizar políticamente los nuevos territorios y, sobre todo, si permitirían o prohibirían la esclavitud.
La cuestión territorial y la cuestión esclavista estaban cada vez más vinculadas.
OREGÓN Y LA FRONTERA CON GRAN BRETAÑA
La expansión estadounidense hacia el Pacífico también afectó al noroeste.
La región de Oregón había sido objeto de reclamaciones tanto estadounidenses como británicas. Durante años, ambas potencias mantuvieron una situación de soberanía compartida.
La expansión de colonos estadounidenses y la presión política de Washington llevaron a renegociar la frontera.
En 1846, Estados Unidos y Gran Bretaña alcanzaron un acuerdo que estableció la frontera aproximadamente en el paralelo 49 norte, desde las Montañas Rocosas hasta el Pacífico, con determinadas excepciones.
El acuerdo permitió a Estados Unidos incorporar posteriormente los territorios que darían lugar a Oregón, Washington y otros Estados del noroeste.
La expansión continental estadounidense estaba prácticamente completada.
LA CUESTIÓN INDÍGENA Y LA CONQUISTA DEL OESTE
La expansión territorial tuvo consecuencias profundas para las poblaciones indígenas.
A medida que aumentaba la llegada de colonos, agricultores, mineros y ganaderos, las tierras ocupadas por las naciones indígenas fueron sometidas a una presión cada vez mayor.
El Gobierno estadounidense estableció tratados con diferentes pueblos, pero numerosos acuerdos fueron posteriormente modificados o incumplidos.
Uno de los episodios más importantes había sido ya el Indian Removal Act de 1830, promovido durante la presidencia de Andrew Jackson.
La legislación facilitó el desplazamiento de comunidades indígenas del sureste hacia territorios situados al oeste del Misisipi.
El caso de los cheroquis es especialmente conocido. Miles de personas fueron obligadas a desplazarse hacia el territorio indígena situado en la actual Oklahoma durante el llamado Camino de las Lágrimas, principalmente entre 1838 y 1839.
La expansión continuó posteriormente en las Grandes Llanuras y el Oeste.
El desarrollo del ferrocarril, la llegada de colonos y la expansión ganadera intensificaron los enfrentamientos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX se produjeron las llamadas guerras indias, una sucesión de conflictos entre el ejército estadounidense y diferentes pueblos indígenas.
Entre los enfrentamientos más conocidos se encuentran las guerras contra los sioux, las campañas contra los apaches y los conflictos con los cheyenes y otras naciones de las Grandes Llanuras.
La derrota militar de las comunidades indígenas y la progresiva ocupación de sus territorios modificaron radicalmente el mapa humano de América del Norte.
LA ESCLAVITUD Y EL PROBLEMA DE LOS NUEVOS TERRITORIOS
La expansión territorial estadounidense tenía una consecuencia política decisiva: cada nuevo territorio podía alterar el equilibrio entre Estados esclavistas y Estados libres.
Durante décadas, la política estadounidense había intentado mantener cierto equilibrio entre ambos bloques.
El Compromiso de Misuri de 1820 había establecido una fórmula para regular la esclavitud en determinados territorios adquiridos mediante la Compra de Luisiana.
Pero la incorporación de enormes territorios después de la guerra con México hizo que el problema adquiriera una dimensión mucho mayor.
Los debates sobre California, Nuevo México, Utah y otros territorios mostraron hasta qué punto la expansión territorial estaba relacionada con la crisis política nacional.
La Ley de Kansas-Nebraska de 1854 volvió a abrir la cuestión de la esclavitud en los territorios y contribuyó a intensificar la confrontación entre partidarios y opositores de su expansión.
Kansas se convirtió en escenario de enfrentamientos violentos.
Finalmente, la crisis territorial contribuyó al deterioro de las relaciones entre los Estados del Norte y del Sur.
LA GUERRA DE SECESIÓN Y LA PRESERVACIÓN DE LA UNIÓN
La elección de Abraham Lincoln como presidente en 1860 provocó una reacción inmediata en varios Estados del Sur.
Entre 1860 y 1861, once Estados se separaron de la Unión y formaron los Estados Confederados de América.
La Guerra de Secesión comenzó en abril de 1861 con el ataque confederado contra Fort Sumter.
El conflicto se prolongó hasta 1865 y provocó una destrucción humana y material enorme.
Aunque las causas de la guerra fueron múltiples, la esclavitud ocupaba un lugar central en el conflicto, especialmente en relación con su expansión hacia los territorios occidentales.
La victoria de la Unión preservó la integridad territorial de Estados Unidos y condujo a la abolición constitucional de la esclavitud mediante la Decimotercera Enmienda, ratificada en 1865.
La guerra modificó profundamente la estructura política del país y eliminó uno de los principales obstáculos legales para una nueva fase de desarrollo económico y territorial.
LA COMPRA DE ALASKA
En 1867, Estados Unidos adquirió Alaska del Imperio ruso.
La operación se cerró por 7,2 millones de dólares, aproximadamente dos centavos por acre.
En aquel momento, algunos sectores estadounidenses consideraron la adquisición poco útil y la calificaron despectivamente como "la locura de Seward", en referencia al secretario de Estado William H. Seward, principal impulsor de la compra.
Sin embargo, Alaska poseía enormes recursos naturales y una posición estratégica excepcional.
La adquisición demostraba que la expansión estadounidense ya no se limitaba a la continuidad territorial del continente.
Alaska se encontraba separada del territorio continental de Estados Unidos y extendía la presencia estadounidense hacia el extremo noroccidental de América del Norte.
La expansión estadounidense entraba así en una nueva etapa.
EL FERROCARRIL Y LA TRANSFORMACIÓN DEL OESTE
Después de la Guerra de Secesión, el desarrollo ferroviario aceleró extraordinariamente la integración territorial.
La construcción del primer ferrocarril transcontinental culminó en 1869, cuando la Central Pacific y la Union Pacific quedaron conectadas en Promontory Summit, Utah.
La nueva infraestructura redujo drásticamente los tiempos de desplazamiento entre el Atlántico y el Pacífico.
Los ferrocarriles permitieron transportar personas, ganado, materias primas y productos agrícolas a una escala desconocida hasta entonces.
También facilitaron la colonización de las Grandes Llanuras y del Oeste.
El Gobierno federal promovió la ocupación de tierras mediante medidas como la Homestead Act de 1862, que ofrecía tierras a colonos que cumplieran determinadas condiciones de residencia y explotación.
La expansión ferroviaria y la colonización transformaron definitivamente el espacio occidental.
Ciudades como Denver, Omaha, Kansas City y otras localidades crecieron rápidamente, mientras nuevos territorios se incorporaban progresivamente como Estados.
LA FRONTERA Y EL CIERRE DEL ESPACIO CONTINENTAL
Durante las últimas décadas del siglo XIX, la frontera estadounidense avanzó hasta que prácticamente dejó de existir como gran espacio abierto para la colonización.
La Oficina del Censo declaró en 1890 que ya no podía identificarse una línea fronteriza continua en el sentido tradicional, debido a la progresiva ocupación de las tierras occidentales.
La expansión territorial había transformado completamente el país.
La antigua república atlántica de 1776 se había convertido en una nación continental que se extendía desde el Atlántico hasta el Pacífico y desde la frontera canadiense hasta el golfo de México.
Pero el proceso todavía no había terminado.
HAWÁI Y LA PROYECCIÓN HACIA EL PACÍFICO
Durante el siglo XIX, Estados Unidos incrementó su presencia económica en el Pacífico.
Hawái adquirió una importancia creciente para los comerciantes y empresarios estadounidenses debido a su posición estratégica y a sus plantaciones, especialmente de azúcar.
Las relaciones económicas entre las islas y Estados Unidos aumentaron considerablemente durante la segunda mitad del siglo.
En 1893 fue derrocada la reina Liliʻuokalani por un grupo de opositores que contó con apoyo de sectores estadounidenses residentes en las islas.
Estados Unidos no anexionó inmediatamente Hawái, pero el territorio quedó cada vez más vinculado a los intereses estadounidenses.
La anexión se produciría finalmente en 1898.
La expansión hacia el Pacífico constituía ya una nueva dimensión de la política exterior estadounidense.
1898: LA GUERRA CONTRA ESPAÑA
En 1898 se produjo un acontecimiento que marcaría una nueva etapa.
Estados Unidos entró en guerra con España en un contexto de creciente tensión relacionada con Cuba.
La insurrección cubana contra el dominio español había comenzado en 1895. La situación despertó una enorme atención en la opinión pública estadounidense.
La explosión del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898 incrementó todavía más la tensión. El buque quedó destruido y murieron 266 marinos.
Aunque las causas de la explosión no quedaron establecidas de forma concluyente en aquel momento, el episodio fue utilizado por sectores de la prensa estadounidense para exigir una intervención.
La guerra comenzó oficialmente en abril de 1898.
El conflicto fue breve.
En el Pacífico, el comodoro George Dewey derrotó a la escuadra española en la batalla de la bahía de Manila el 1 de mayo de 1898.
La derrota española en Filipinas mostró que Estados Unidos disponía ya de una capacidad naval suficiente para operar a miles de kilómetros de su territorio continental.
En el Caribe, las operaciones estadounidenses se concentraron principalmente en Cuba y Puerto Rico.
La batalla naval de Santiago de Cuba, el 3 de julio de 1898, supuso la destrucción de la escuadra española del almirante Pascual Cervera.
La campaña terrestre estadounidense, apoyada por fuerzas cubanas, condujo finalmente a la rendición española.
EL TRATADO DE PARÍS DE 1898
La guerra terminó con el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898.
España renunció a sus derechos sobre Cuba y cedió Puerto Rico y Guam a Estados Unidos.
Además, España cedió Filipinas a Estados Unidos a cambio de una indemnización de 20 millones de dólares.
La situación de Cuba fue diferente. Estados Unidos no incorporó formalmente la isla como territorio propio, pero mantuvo una fuerte influencia sobre ella durante los años siguientes.
La guerra de 1898 representó una ruptura con la etapa anterior.
Durante más de un siglo, la expansión estadounidense había consistido principalmente en adquirir y ocupar territorios contiguos al núcleo original de la república.
En 1898, Estados Unidos adquirió territorios situados a miles de kilómetros de sus costas.
La expansión continental se transformaba en expansión ultramarina.
DE UNA REPÚBLICA ATLÁNTICA A UNA POTENCIA DEL PACÍFICO
La transformación territorial experimentada entre 1776 y 1898 fue extraordinaria.
En el momento de la independencia, Estados Unidos estaba formado por trece Estados situados en la costa atlántica. A finales del siglo XIX, la nación se extendía de costa a costa y había establecido posiciones estratégicas en el Caribe y el Pacífico.
El proceso se había producido mediante mecanismos muy diferentes.
La Compra de Luisiana había ampliado el territorio mediante una operación diplomática y económica con Francia.
Florida había sido incorporada mediante un tratado con España después de un período de creciente presión militar.
Texas había entrado en la Unión después de una etapa como república independiente.
Los territorios cedidos por México habían llegado como consecuencia de una guerra.
Alaska había sido comprada a Rusia.
Los territorios del Pacífico adquiridos en 1898 fueron consecuencia de una guerra contra España y de la nueva política exterior estadounidense.
No existió, por tanto, un único método de expansión.
La construcción territorial de Estados Unidos fue resultado de una combinación de diplomacia, compras, tratados, migraciones, guerras, colonización y presión política.
LAS CONSECUENCIAS DE LA EXPANSIÓN
La expansión territorial tuvo consecuencias económicas enormes.
El acceso a tierras agrícolas, recursos minerales y nuevas rutas comerciales favoreció el crecimiento económico estadounidense durante el siglo XIX.
La expansión hacia el Oeste permitió desarrollar grandes regiones agrícolas y ganaderas y facilitó la explotación de recursos como oro, plata, carbón, petróleo y otros minerales.
La construcción de ferrocarriles integró mercados regionales anteriormente separados y favoreció el desarrollo de grandes empresas nacionales.
Pero los beneficios económicos tuvieron también costes humanos y sociales.
Las poblaciones indígenas sufrieron pérdidas territoriales, desplazamientos forzosos, guerras y una transformación radical de sus formas de vida.
La expansión también estuvo vinculada a la esclavitud y contribuyó a la crisis política que desembocó en la Guerra de Secesión.
En los territorios adquiridos a México, además, la incorporación a Estados Unidos modificó las estructuras políticas y jurídicas existentes y afectó a las poblaciones de origen mexicano.
La expansión estadounidense fue, por tanto, un proceso de construcción nacional acompañado de profundas desigualdades y conflictos.
EL CAMBIO DEL EQUILIBRIO INTERNACIONAL
En 1776, las antiguas colonias británicas dependían todavía de un contexto internacional dominado por las grandes potencias europeas.
En 1898, Estados Unidos había adquirido una posición completamente diferente.
La expansión continental había proporcionado al país una enorme base territorial, grandes recursos naturales y acceso a dos océanos.
El desarrollo industrial había convertido a Estados Unidos en una de las principales economías mundiales.
La construcción de una poderosa marina de guerra permitió posteriormente proteger las rutas comerciales y proyectar fuerzas a larga distancia.
La guerra de 1898 demostró que Estados Unidos podía intervenir militarmente fuera del continente norteamericano.
La victoria sobre España tuvo así una dimensión que iba mucho más allá de la situación concreta de Cuba.
La presencia estadounidense en Puerto Rico, Guam y Filipinas convirtió al país en una potencia con territorios y responsabilidades estratégicas fuera de sus fronteras continentales.
La anexión de Hawái ese mismo año reforzó todavía más su posición en el Pacífico.
El mapa estadounidense de 1898 era, por tanto, muy diferente del de 1776.
Entre ambos momentos habían transcurrido solamente 122 años.
En ese período, Estados Unidos había pasado de una confederación de antiguas colonias británicas a una gran potencia continental y, finalmente, a una nación con presencia territorial y militar en el Caribe y el Pacífico.
La expansión no había sido un proceso lineal ni pacífico. Había provocado guerras con potencias europeas, conflictos con México, enfrentamientos con numerosas naciones indígenas y una profunda crisis interna alrededor de la esclavitud. Pero también había impulsado la construcción de redes ferroviarias, mercados nacionales, nuevas ciudades y una economía industrial de dimensiones crecientes.
En 1898, la antigua frontera atlántica de la república nacida en 1776 quedaba muy atrás. Estados Unidos había alcanzado una nueva posición en el sistema internacional y comenzaba una etapa diferente de su historia, caracterizada por una creciente presencia fuera de América del Norte.
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JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA
Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 18 años de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en la UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales.
Actualmente administra el blog El Último Romano, así como páginas en Facebook e Instagram con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones y proyectos relacionados con la divulgación histórica y es miembro de Divulgadores de la Historia.
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BIBLIOGRAFÍA
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FRED ANDERSON, The War That Made America: A Short History of the French and Indian War, Viking.
JOHN MACK FARAGHER, Out of Many: A History of the American People, Pearson.
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DAVID M. KENNEDY y LIZABETH COHEN, The American Pageant, Cengage Learning.
GEORGE BROWN TINDALL y DAVID E. SHI, America: A Narrative History, W. W. Norton & Company.


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