LA MARCHA VERDE: CÓMO ESPAÑA PERDIÓ EL SÁHARA OCCIDENTAL Y NACIÓ UNO DE LOS CONFLICTOS MÁS LARGOS DEL MUNDO

 En la historia contemporánea de España existen pocos acontecimientos que hayan tenido unas consecuencias tan profundas y duraderas como la Marcha Verde. En apenas unos días de noviembre de 1975, el Gobierno español decidió abandonar el Sáhara Occidental, un territorio administrado como provincia española desde mediados del siglo XX, mientras Marruecos organizaba una gigantesca movilización civil destinada a forzar la retirada española sin recurrir a una guerra abierta. Aquellos acontecimientos modificaron el equilibrio político del Magreb, dieron origen a un largo conflicto armado entre Marruecos y el Frente Polisario y dejaron pendiente uno de los últimos procesos de descolonización reconocidos por las Naciones Unidas.





Para comprender por qué la Marcha Verde tuvo tanto éxito es necesario retroceder varias décadas. La presencia española en la costa atlántica del Sáhara se remontaba al siglo XIX, cuando las potencias europeas competían por el reparto colonial de África. En la Conferencia de Berlín de 1884-1885, España obtuvo el reconocimiento internacional sobre diversos territorios situados entre Cabo Bojador y Cabo Blanco. Aunque durante muchos años el dominio español fue limitado y apenas se extendía más allá de algunos puestos costeros, con el paso del tiempo la administración fue consolidándose mediante acuerdos con las tribus locales y mediante campañas militares que aseguraron el control efectivo del territorio.

El descubrimiento de importantes yacimientos de fosfatos en Bucraa durante la década de 1960 incrementó enormemente el valor económico del Sáhara. A ello se sumaban los ricos caladeros pesqueros del Atlántico, considerados entre los más productivos del mundo. Lo que hasta entonces había sido una colonia periférica pasó a convertirse en un activo estratégico para España.

En aquellos años el contexto internacional estaba cambiando rápidamente. Tras la Segunda Guerra Mundial, el proceso de descolonización se aceleró en África y Asia. Naciones Unidas impulsó el principio de autodeterminación de los pueblos coloniales, y numerosas potencias europeas comenzaron a conceder la independencia a sus territorios de ultramar. España tampoco escapó a esa presión internacional.

En 1958 el Sáhara dejó oficialmente de ser una colonia para convertirse en una provincia española. Sobre el papel, sus habitantes gozaban de un estatuto similar al de cualquier otra provincia del Estado. Sin embargo, aquella decisión no eliminó las crecientes demandas internacionales para que se permitiera a la población saharaui decidir libremente su futuro.




Mientras tanto, Marruecos desarrollaba una política exterior basada en el concepto del denominado "Gran Marruecos". Según esta visión, defendida especialmente por sectores nacionalistas y por el propio rey Hasán II, diversos territorios vecinos —entre ellos el Sáhara Occidental— formaban parte histórica del reino marroquí antes de la colonización europea y debían reincorporarse al Estado marroquí tras la independencia.

Mauritania también presentó reclamaciones sobre la parte meridional del territorio, argumentando vínculos históricos y culturales con determinadas tribus saharauis. España se encontraba así atrapada entre las presiones internacionales favorables a la descolonización y las aspiraciones territoriales de dos países vecinos.

A finales de los años sesenta comenzaron a surgir movimientos nacionalistas saharauis. El más importante terminaría siendo el Frente Popular para la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro, más conocido como Frente Polisario, fundado en 1973. Su objetivo era claro: lograr la independencia del Sáhara Occidental mediante la lucha armada contra la administración española y frente a cualquier intento de anexión por parte de Marruecos o Mauritania.

Durante sus primeros años de existencia, el Frente Polisario llevó a cabo una campaña de guerrillas de intensidad limitada contra las fuerzas españolas. Aunque militarmente no suponía una amenaza capaz de expulsar a España del territorio, sí consiguió atraer la atención internacional hacia la cuestión saharaui y consolidarse como el principal representante político de una parte importante de la población autóctona. Su aparición cambió por completo el escenario político, ya que el futuro del Sáhara dejaba de ser únicamente una disputa entre Estados para incorporar las aspiraciones de un movimiento nacionalista que reclamaba la independencia.

España trató inicialmente de mantener el control mediante una combinación de inversiones, mejoras en las infraestructuras y una mayor integración administrativa del territorio. La explotación de los fosfatos de Bucraa había convertido al Sáhara en una región económicamente relevante, mientras que la pesca atlántica proporcionaba importantes beneficios. Además, el descubrimiento de posibles recursos petrolíferos aumentaba todavía más el interés estratégico de la zona.

Sin embargo, el contexto internacional jugaba en contra de Madrid. La Organización de las Naciones Unidas aprobaba periódicamente resoluciones que instaban a España a culminar el proceso de descolonización mediante un referéndum de autodeterminación. La diplomacia española intentó ganar tiempo mientras estudiaba distintas fórmulas que permitieran mantener cierta influencia sobre el territorio, pero cada año resultaba más difícil justificar el mantenimiento de una administración colonial.

En 1974 el Gobierno español anunció oficialmente su intención de organizar un referéndum para que los saharauis decidieran entre la independencia, la integración en Marruecos o cualquier otra alternativa política. Para ello comenzó un censo de la población con derecho a voto, un proceso extremadamente complejo debido al carácter seminómada de muchas tribus del desierto.

La decisión alarmó profundamente al rey Hasán II. Si el referéndum se celebraba bajo supervisión internacional, existía la posibilidad de que el resultado favoreciera la independencia, frustrando definitivamente las aspiraciones marroquíes sobre el Sáhara Occidental. Por ello, Rabat intensificó su ofensiva diplomática y decidió trasladar el conflicto al plano jurídico internacional.

Marruecos solicitó al Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que emitiera una opinión consultiva sobre los vínculos históricos existentes entre el Sáhara Occidental y el Reino de Marruecos antes de la colonización española. El objetivo era obtener un respaldo legal que legitimara sus reivindicaciones territoriales.

Tras meses de estudio, el Tribunal emitió su dictamen el 16 de octubre de 1975. El fallo resultó mucho más matizado de lo que esperaba Marruecos. Los jueces reconocieron que algunas tribus saharauis habían mantenido relaciones de lealtad religiosa o política con el sultán marroquí y que también existían vínculos históricos con entidades situadas en la actual Mauritania. Sin embargo, la conclusión principal fue inequívoca: aquellos lazos no implicaban soberanía territorial y no anulaban el derecho del pueblo saharaui a decidir libremente su futuro mediante la autodeterminación.

Desde el punto de vista jurídico internacional, el dictamen suponía una victoria para quienes defendían la celebración del referéndum. Sin embargo, Hasán II supo convertir una resolución aparentemente desfavorable en una oportunidad política. Apenas unas horas después de conocerse la opinión del Tribunal, anunció ante millones de marroquíes la organización de una gran movilización nacional destinada a "recuperar pacíficamente" el Sáhara.

Aquella iniciativa recibió el nombre de Marcha Verde.

La operación fue cuidadosamente preparada durante semanas. El Gobierno marroquí seleccionó a cientos de miles de voluntarios procedentes de todas las regiones del país. Muchos fueron transportados en trenes, camiones y autobuses hasta las proximidades de la frontera con el Sáhara Español. Cada participante recibió una bandera marroquí y un ejemplar del Corán. El mensaje era claro: no se trataba de una invasión militar, sino de una marcha pacífica destinada a demostrar la voluntad del pueblo marroquí.

Sin embargo, detrás de aquella imagen cuidadosamente construida existía un importante dispositivo militar. Mientras los civiles avanzaban hacia la frontera, decenas de miles de soldados permanecían desplegados en retaguardia preparados para intervenir si España decidía responder por la fuerza. La movilización civil funcionaba, por tanto, como un eficaz instrumento de presión política respaldado por una amenaza militar implícita.

En aquellos mismos días, la situación política española era extraordinariamente delicada. Francisco Franco agonizaba tras varias semanas hospitalizado y el Gobierno afrontaba una de las mayores crisis institucionales desde el final de la Guerra Civil. La incertidumbre sobre la sucesión, el temor a una escalada internacional y la voluntad de garantizar una transición política ordenada condicionaron profundamente todas las decisiones adoptadas respecto al Sáhara.

Mientras Marruecos ultimaba los preparativos de la Marcha Verde, el Ejército español reforzaba sus posiciones defensivas. Las unidades desplegadas en el territorio recibieron órdenes de prepararse para un posible enfrentamiento. Comenzaba una de las mayores crisis militares de la historia reciente de España.

La defensa del Sáhara Occidental recaía en un contingente español perfectamente organizado y considerablemente mejor equipado que cualquier fuerza marroquí desplegada en la frontera. A mediados de 1975, España mantenía en el territorio alrededor de 20.000 soldados, pertenecientes a la Legión, Tropas Nómadas, Policía Territorial, unidades paracaidistas, artillería, ingenieros y aviación. La mayor parte de estos efectivos llevaba años destinada en el desierto y conocía perfectamente un terreno extremadamente duro para cualquier ejército extranjero.

Además del componente humano, España disponía de una importante superioridad tecnológica. La Fuerza Aérea contaba con cazas F-5 Freedom Fighter, aviones de ataque HA-200 Saeta, helicópteros y aviones de transporte capaces de operar desde los aeródromos de El Aaiún y Villa Cisneros. La Armada podía controlar las aguas del litoral sahariano y garantizar el abastecimiento del territorio, mientras que las posiciones defensivas habían sido reforzadas durante meses ante la creciente tensión con Marruecos.

Los planes de contingencia elaborados por el Estado Mayor contemplaban diversos escenarios. Si la Marcha Verde derivaba en una invasión militar, las fuerzas españolas podían bloquear los principales accesos mediante campos de minas, obstáculos defensivos y fuego de artillería. Desde un punto de vista estrictamente militar, pocos analistas dudaban de que España poseía capacidad suficiente para impedir la ocupación del territorio, al menos en una primera fase del conflicto.

Sin embargo, la cuestión ya no era exclusivamente militar.

El Gobierno presidido por Carlos Arias Navarro debía tomar una decisión bajo unas circunstancias excepcionales. Francisco Franco permanecía gravemente enfermo y el príncipe Juan Carlos ejercía interinamente la Jefatura del Estado. España se encontraba al borde de un cambio político de enormes dimensiones, mientras la comunidad internacional observaba con preocupación cualquier posibilidad de guerra en el norte de África.

Una intervención armada contra cientos de miles de civiles podía provocar un enorme coste político y diplomático. Aunque Marruecos insistía en el carácter pacífico de la marcha, las autoridades españolas eran plenamente conscientes de que entre los manifestantes podían producirse incidentes imposibles de controlar. Bastaba un solo disparo para desencadenar una tragedia de enormes proporciones y abrir un conflicto internacional de consecuencias imprevisibles.

Por ello, el Alto Mando recibió instrucciones muy estrictas. Las tropas debían mantener sus posiciones y estar preparadas para responder si eran atacadas, pero se intentaría evitar el uso de la fuerza contra la multitud mientras existiera una salida diplomática.

El 6 de noviembre de 1975, la Marcha Verde comenzó oficialmente. Decenas de miles de civiles avanzaron hacia la frontera portando banderas nacionales, ejemplares del Corán y retratos del rey Hasán II. Las imágenes fueron retransmitidas por numerosos medios internacionales y ofrecían la impresión de una movilización popular espontánea, aunque en realidad toda la operación había sido cuidadosamente organizada por el Estado marroquí.

Los manifestantes penetraron algunos kilómetros en la zona fronteriza antes de detenerse. Las tropas españolas permanecieron inmóviles, siguiendo las órdenes recibidas. Durante aquellos momentos de máxima tensión, ambos gobiernos mantenían intensas negociaciones diplomáticas mientras el mundo esperaba comprobar si el conflicto desembocaría en una guerra.

La presión ejercida por Marruecos resultó extraordinariamente eficaz. La combinación de movilización popular, amenaza militar, respaldo de varios aliados internacionales y la debilidad política española inclinó definitivamente la balanza.

Pocos días después comenzaron las conversaciones que culminarían en uno de los acuerdos más controvertidos de la historia exterior española del siglo XX.

El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los llamados Acuerdos de Madrid, mediante los cuales España aceptaba retirarse del Sáhara Occidental antes del 28 de febrero de 1976. La administración del territorio sería transferida temporalmente a Marruecos y Mauritania, que pasarían a ocupar las zonas norte y sur respectivamente.

Conviene señalar que aquellos acuerdos no suponían una cesión formal de la soberanía. España únicamente transmitía la administración del territorio, ya que, conforme al Derecho Internacional y a la posición mantenida posteriormente por Naciones Unidas, la soberanía del Sáhara Occidental nunca fue legalmente transferida mediante los Acuerdos de Madrid. Este aspecto jurídico sigue siendo uno de los elementos centrales del conflicto hasta nuestros días.

Mientras la diplomacia negociaba, miles de saharauis observaban con incertidumbre cómo la potencia administradora abandonaba el territorio sin haber celebrado el prometido referéndum de autodeterminación. Para el Frente Polisario, aquello constituía una auténtica traición. Para Marruecos representaba una victoria política sin precedentes. Para España suponía el final de casi un siglo de presencia colonial en el Sáhara.

La retirada española abriría inmediatamente una nueva etapa mucho más violenta: la guerra entre Marruecos, Mauritania y el Frente Polisario, un conflicto que transformaría para siempre la historia del Magreb y convertiría a decenas de miles de saharauis en refugiados.



La salida de la administración española se desarrolló con una rapidez que sorprendió incluso a muchos de los propios militares destinados en el territorio. A medida que las autoridades españolas entregaban instalaciones, aeropuertos, edificios administrativos y cuarteles, las fuerzas marroquíes y mauritanas ocupaban progresivamente las zonas que habían sido acordadas en Madrid.

Para buena parte de la población saharaui, aquellos días estuvieron marcados por la incertidumbre. Muchas familias no sabían cuál sería su futuro bajo la nueva administración, mientras que otras decidieron abandonar sus hogares por temor a la guerra que parecía inevitable. El Frente Polisario hizo un llamamiento a la resistencia armada y comenzó a reorganizar sus fuerzas para enfrentarse a los nuevos ocupantes.

El 26 de febrero de 1976, España dio oficialmente por concluida su presencia en el Sáhara Occidental. Ese mismo día comunicó a las Naciones Unidas que cesaba en sus responsabilidades como potencia administradora. Sin embargo, la ONU nunca reconocería que los Acuerdos de Madrid hubieran transferido legalmente esa condición, un aspecto que sigue siendo objeto de debate jurídico y político.

Apenas un día después, el 27 de febrero de 1976, el Frente Polisario proclamó la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) desde el exilio. El nuevo Estado fue reconocido con el tiempo por numerosos países, especialmente africanos, y terminó ingresando en la Organización para la Unidad Africana, hoy Unión Africana. Marruecos rechazó frontalmente aquella proclamación y reafirmó que el Sáhara Occidental formaba parte inseparable de su territorio nacional.

Comenzaba así una guerra que se prolongaría durante más de quince años.

El Frente Polisario, apoyado política y militarmente por Argelia y con sus principales bases instaladas en los campamentos de refugiados de Tinduf, inició una intensa campaña de guerrillas contra Marruecos y Mauritania. Su profundo conocimiento del desierto le permitió lanzar ataques rápidos contra convoyes, bases militares y líneas de abastecimiento.

Mauritania, con unos recursos militares y económicos muy limitados, fue incapaz de sostener el esfuerzo bélico. Tras sufrir importantes pérdidas y una grave crisis interna, firmó la paz con el Frente Polisario en 1979 y renunció oficialmente a cualquier reclamación sobre el Sáhara Occidental. Marruecos aprovechó inmediatamente esa retirada para ocupar también el territorio que había correspondido a Mauritania según los Acuerdos de Madrid, ampliando así su control sobre prácticamente toda la antigua provincia española.

Durante la década de 1980 el conflicto entró en una nueva fase. Aunque el Frente Polisario seguía demostrando una notable capacidad para realizar incursiones, Marruecos respondió construyendo una gigantesca obra defensiva que cambiaría el desarrollo de la guerra: el muro marroquí, conocido también como el berm.

Esta impresionante línea de fortificaciones, levantada por etapas entre 1981 y 1987, supera los 2.700 kilómetros de longitud y está protegida por trincheras, radares, posiciones fortificadas y millones de minas antipersona. Su objetivo era impedir la infiltración de las unidades del Polisario y proteger las zonas económicamente más importantes, especialmente los yacimientos de fosfatos de Bucraa y las principales ciudades del territorio.

Desde el punto de vista militar, el muro resultó un éxito para Marruecos. Limitó considerablemente la movilidad del Frente Polisario y permitió consolidar el control efectivo sobre la mayor parte del Sáhara Occidental. Sin embargo, también simbolizó la división permanente del territorio y la separación de miles de familias saharauis.

El coste humano de la guerra fue enorme. Decenas de miles de civiles huyeron hacia el suroeste de Argelia, donde se establecieron los campamentos de refugiados de Tinduf. Allí, en pleno desierto, varias generaciones de saharauis han vivido durante décadas dependiendo en gran medida de la ayuda humanitaria internacional.

Mientras tanto, la diplomacia internacional trataba de encontrar una solución negociada. Las Naciones Unidas intensificaron sus esfuerzos para lograr un alto el fuego y organizar el referéndum de autodeterminación previsto desde los años setenta. Sin embargo, las profundas diferencias entre Marruecos y el Frente Polisario sobre quién debía participar en la consulta bloquearon repetidamente cualquier avance.

Finalmente, en 1991, gracias a la mediación de la ONU y de la Organización para la Unidad Africana, ambas partes aceptaron un alto el fuego. Para supervisarlo se creó la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO), cuyo objetivo principal era vigilar el cese de las hostilidades y preparar la celebración del referéndum.

Ese referéndum, más de tres décadas después, sigue sin haberse celebrado.

De esta manera, la Marcha Verde de 1975 no solo provocó la retirada española del Sáhara Occidental. También desencadenó un conflicto internacional que continúa abierto, convirtiéndose en uno de los procesos de descolonización más prolongados de la historia contemporánea.

La paralización del referéndum convirtió el conflicto del Sáhara Occidental en uno de los expedientes más complejos de las Naciones Unidas. La MINURSO consiguió mantener durante años un alto el fuego relativamente estable, pero fue incapaz de cumplir la misión para la que había sido creada. El principal obstáculo residía en la elaboración del censo electoral. Mientras el Frente Polisario defendía que únicamente debían votar los habitantes registrados por la administración española en el censo de 1974 y sus descendientes, Marruecos sostenía que también debían participar miles de personas pertenecientes a tribus con vínculos históricos con el territorio. La falta de acuerdo bloqueó una y otra vez el proceso.

Durante las décadas siguientes, Marruecos consolidó su presencia en el Sáhara Occidental mediante importantes inversiones en infraestructuras, carreteras, puertos, aeropuertos y nuevos barrios residenciales. Las ciudades de El Aaiún, Dajla y Smara experimentaron un notable crecimiento demográfico y económico, favorecido por incentivos estatales destinados a fomentar el asentamiento de población procedente del norte del país. Paralelamente, Rabat continuó explotando los recursos pesqueros y los yacimientos de fosfatos, reforzando su control efectivo sobre la mayor parte del territorio.

El Frente Polisario, por su parte, mantuvo su estructura política y militar desde los campamentos de Tinduf, donde decenas de miles de refugiados saharauis han vivido durante generaciones. Para muchos jóvenes nacidos allí, el Sáhara Occidental es una tierra que nunca han conocido personalmente, pero cuya recuperación constituye el principal objetivo político de la República Árabe Saharaui Democrática.

España, antigua potencia administradora, ha mantenido históricamente una posición especialmente delicada. Desde la Transición, todos los gobiernos españoles han tratado de equilibrar sus relaciones con Marruecos, Argelia y el conjunto de la comunidad internacional. La cooperación con Rabat en materias como inmigración, pesca, lucha contra el terrorismo y comercio ha condicionado en numerosas ocasiones la política exterior española respecto al conflicto saharaui.

A ello se suma un intenso debate jurídico. Diversos expertos en Derecho Internacional sostienen que España conserva determinadas responsabilidades derivadas de su condición de potencia administradora, puesto que las Naciones Unidas nunca reconocieron que los Acuerdos de Madrid hubieran transferido legalmente esa condición. Otros consideran que, tras la retirada efectiva de 1976, la capacidad de actuación española quedó reducida al ámbito diplomático. Esta discusión continúa presente en numerosos estudios especializados.

En el plano internacional, las posiciones también han evolucionado. Mientras muchos países mantienen su apoyo al principio de autodeterminación defendido por la ONU, otros han respaldado la propuesta marroquí de conceder al Sáhara Occidental un amplio régimen de autonomía bajo soberanía de Marruecos. Este cambio de postura por parte de algunos Estados ha modificado el equilibrio diplomático del conflicto, aunque las Naciones Unidas siguen considerando al Sáhara Occidental un territorio pendiente de descolonización y continúan defendiendo una solución política mutuamente aceptable.

La situación volvió a tensarse en noviembre de 2020, cuando se rompió el alto el fuego de 1991 tras los incidentes registrados en la zona de Guerguerat. Desde entonces, el Frente Polisario y Marruecos afirman encontrarse nuevamente en estado de guerra, aunque la intensidad de los enfrentamientos es muy inferior a la del conflicto desarrollado entre 1975 y 1991. La mayor parte de las acciones militares se producen en zonas desérticas alejadas de los principales núcleos urbanos y reciben una atención internacional mucho menor que otras crisis contemporáneas.

Casi medio siglo después de la Marcha Verde, resulta evidente que aquella operación constituyó una de las maniobras de presión política más exitosas del siglo XX. Hasán II consiguió aprovechar un momento de extraordinaria debilidad interna de España para alcanzar un objetivo estratégico largamente perseguido. La movilización de cientos de miles de civiles, respaldada discretamente por un poderoso dispositivo militar y acompañada de una intensa campaña diplomática, permitió a Marruecos alterar la situación sobre el terreno sin desencadenar una guerra abierta contra España.

Sin embargo, aquella victoria política no resolvió el problema de fondo. La ausencia del referéndum previsto por las Naciones Unidas, la prolongación del conflicto, la existencia de decenas de miles de refugiados y la falta de un acuerdo definitivo demuestran que la cuestión del Sáhara Occidental continúa siendo uno de los asuntos pendientes más importantes de la política internacional.

Desde la perspectiva española, la Marcha Verde representa además el final del imperio colonial africano. Tras la independencia de Guinea Ecuatorial en 1968 y el abandono de Ifni en 1969, la retirada del Sáhara Occidental puso fin a la presencia territorial española en el continente africano, con la excepción de Ceuta, Melilla y las plazas de soberanía del norte de África, cuya naturaleza jurídica e histórica es completamente distinta.

La decisión adoptada en noviembre de 1975 sigue siendo objeto de intensos debates entre historiadores, militares, juristas y diplomáticos. Para algunos, el Gobierno actuó con pragmatismo al evitar una guerra en un momento de enorme fragilidad política. Para otros, España incumplió sus obligaciones internacionales al abandonar el territorio sin garantizar el ejercicio del derecho de autodeterminación de la población saharaui. La controversia permanece abierta porque las consecuencias de aquella decisión todavía forman parte de la actualidad.

La Marcha Verde no fue simplemente una manifestación multitudinaria ni un episodio más del proceso de descolonización africana. Supuso el punto de inflexión que transformó definitivamente el equilibrio geopolítico del Magreb, marcó el nacimiento de uno de los conflictos más prolongados del mundo contemporáneo y cerró un capítulo esencial de la historia exterior de España. Comprender aquellos acontecimientos permite entender por qué, casi cincuenta años después, el nombre del Sáhara Occidental continúa ocupando un lugar destacado en la política internacional y en la memoria histórica española.

Conclusión

La Marcha Verde de 1975 fue mucho más que una movilización civil organizada por Marruecos. Constituyó una operación política, diplomática y estratégica que aprovechó el momento de mayor debilidad institucional de la España franquista para alterar el destino del Sáhara Occidental. La retirada española, los Acuerdos de Madrid y la posterior guerra entre Marruecos y el Frente Polisario inauguraron un conflicto cuya solución sigue pendiente.

Hoy, el Sáhara Occidental continúa siendo uno de los últimos territorios no autónomos reconocidos por las Naciones Unidas. El referéndum previsto nunca llegó a celebrarse y las distintas propuestas presentadas durante décadas no han conseguido cerrar definitivamente una cuestión que afecta a la estabilidad del Magreb, a las relaciones entre España y Marruecos y al futuro de miles de saharauis que siguen esperando una solución duradera.

En el ámbito histórico, la Marcha Verde permanece como uno de los episodios más trascendentales de la historia contemporánea española y como un ejemplo de cómo la diplomacia, la presión política y el contexto internacional pueden modificar el curso de los acontecimientos sin necesidad de una gran batalla.


España en el norte de África: del siglo XIX al fin del Sáhara Español 
https://www.elultimoromano.com/2025/10/www.elultimoromano.comespana-norte-de-africa.html



JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.



Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.



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Bibliografía

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HODGES, Tony. Sahara Occidental: raíces de un conflicto. Madrid: Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

PÉREZ GONZÁLEZ, Carmen. El conflicto del Sáhara Occidental. Madrid: Universidad Complutense de Madrid.

RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, José Luis. Agonía, traición, huida. El final del Sáhara español. Madrid: La Esfera de los Libros, 2025.

VILLAR, Francisco. España en el Sáhara Occidental. Madrid: Alianza Editorial.

Organización de las Naciones Unidas. Resoluciones sobre el Sáhara Occidental.

Tribunal Internacional de Justicia. Opinión Consultiva sobre el Sáhara Occidental (16 de octubre de 1975).

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