La conquista inglesa de Jamaica: el nacimiento del poder británico en el Caribe.

 Durante más de un siglo después del descubrimiento de América, el mar Caribe fue considerado prácticamente un lago español. Desde las primeras décadas del siglo XVI, la Monarquía Hispánica había construido un inmenso entramado de puertos, fortalezas, rutas marítimas y colonias que conectaban las riquezas del Nuevo Mundo con la península ibérica. La plata de México y del Perú, el oro procedente de diversas regiones americanas, el azúcar, el tabaco y multitud de productos tropicales cruzaban cada año el Atlántico protegidos por el sistema de flotas. A ojos de las demás potencias europeas, aquel monopolio español constituía tanto una fuente de admiración como un obstáculo para sus propias ambiciones imperiales.




Sin embargo, a mediados del siglo XVII la situación comenzaba a cambiar. El enorme esfuerzo económico que suponían las continuas guerras de la Monarquía Hispánica en Europa, unido a la disminución de la producción minera americana, las sucesivas bancarrotas de la Corona y la creciente presión de franceses, ingleses y neerlandeses, empezaban a erosionar el dominio español sobre el Caribe. Aunque España seguía siendo la mayor potencia territorial del continente americano, cada vez resultaba más difícil defender un espacio marítimo inmenso que se extendía desde Florida hasta Tierra del Fuego.

En ese contexto apareció una Inglaterra muy distinta de la que había desafiado a la Armada Invencible unas décadas antes. Tras la Guerra Civil inglesa y la ejecución del rey Carlos I en 1649, el país quedó bajo el gobierno de Oliver Cromwell, que instauró la denominada Commonwealth. Cromwell no solo pretendía consolidar el nuevo régimen republicano, sino también convertir a Inglaterra en una gran potencia marítima y comercial capaz de competir directamente con España y las Provincias Unidas. Para ello impulsó una profunda modernización de la Marina Real y favoreció una política exterior mucho más agresiva.

Las tensiones entre Inglaterra y España fueron aumentando rápidamente. Los comerciantes ingleses aspiraban a participar en el lucrativo comercio americano, pero el monopolio impuesto por la Corona española les impedía acceder legalmente a los mercados del Nuevo Mundo. Desde hacía décadas numerosos corsarios ingleses operaban en el Caribe atacando convoyes españoles, aunque aquellas acciones seguían siendo, en gran medida, operaciones privadas. Cromwell pretendía ir mucho más lejos: deseaba establecer colonias permanentes desde las que Inglaterra pudiera proyectar su poder sobre toda la región.

Con ese objetivo nació en 1654 la llamada Western Design, una de las expediciones militares más ambiciosas organizadas hasta entonces por Inglaterra. El plan consistía en enviar una poderosa flota al Caribe para conquistar una gran colonia española y convertirla en la base de un futuro imperio inglés en América. Además de debilitar a España, la operación permitiría abrir nuevas rutas comerciales y garantizar el acceso a productos tropicales cuya demanda aumentaba continuamente en Europa.

La expedición era impresionante para la época. Estaba formada por cerca de cuarenta buques de guerra y numerosos transportes que llevaban aproximadamente siete mil soldados, además de varios miles de marineros. El mando naval fue confiado al almirante William Penn, mientras que las fuerzas terrestres quedaron bajo el general Robert Venables. Sobre el papel, ambos eran oficiales experimentados, aunque sus relaciones personales estaban lejos de ser buenas, una circunstancia que tendría importantes consecuencias durante la campaña.

En la primavera de 1655 la flota inglesa llegó al Caribe. El objetivo inicial no era Jamaica, sino la isla de La Española, considerada una de las posesiones más importantes de España en la región. Allí esperaban obtener una victoria rápida que sirviera como demostración del nuevo poder inglés. Sin embargo, el plan fracasó de forma estrepitosa.

Las tropas desembarcaron cerca de Santo Domingo convencidas de que encontrarían una resistencia limitada. Ocurrió exactamente lo contrario. Las milicias españolas, apoyadas por la población local y aprovechando perfectamente el conocimiento del terreno, hostigaron continuamente a los invasores. El calor tropical, la falta de agua potable, las enfermedades y una logística desastrosa agravaron todavía más la situación inglesa. Tras varios combates fallidos y numerosas bajas, Penn y Venables comprendieron que conquistar La Española resultaba imposible.

El fracaso supuso un duro golpe para la expedición. Regresar a Inglaterra con las manos vacías habría significado el descrédito político de Cromwell y probablemente el final de las carreras militares de ambos comandantes. Necesitaban conquistar algún territorio que pudiera presentarse como un éxito ante el gobierno inglés. Fue entonces cuando dirigieron su atención hacia Jamaica.




Jamaica no ocupaba un lugar central dentro del sistema defensivo español. Descubierta por Cristóbal Colón durante su segundo viaje en 1494, la isla había permanecido durante más de un siglo como una posesión relativamente secundaria. A diferencia de Cuba, La Española o Puerto Rico, Jamaica no albergaba grandes minas de metales preciosos ni constituía un puerto fundamental para las Flotas de Indias. Su economía se sustentaba principalmente en la ganadería, pequeñas explotaciones agrícolas y el abastecimiento de otras colonias españolas. Precisamente esa aparente falta de importancia estratégica hizo que la Corona nunca destinara grandes recursos a su defensa.

La población europea apenas alcanzaba unos pocos miles de habitantes dispersos por la isla, concentrándose principalmente en Santiago de la Vega, la capital, conocida hoy como Spanish Town. La guarnición permanente era reducida, compuesta por unos centenares de soldados mal equipados y escasamente abastecidos. Las fortificaciones tampoco podían compararse con las poderosas defensas de La Habana, Cartagena de Indias o San Juan de Puerto Rico. Para los ingleses, que acababan de sufrir una humillante derrota en La Española, Jamaica representaba un objetivo mucho más asequible.

El 10 de mayo de 1655 la flota inglesa apareció frente a las costas jamaicanas. La superioridad naval británica era absoluta. Decenas de barcos bloquearon el litoral mientras miles de soldados desembarcaban cerca de la actual bahía de Kingston. Desde el primer momento quedó claro que los españoles no disponían de medios suficientes para detener la invasión.

El gobernador español, Juan Ramírez de Arellano, comprendió rápidamente que enfrentarse en campo abierto a un ejército tan numeroso equivalía al suicidio. Tras algunos enfrentamientos iniciales decidió evacuar la capital y retirarse hacia el interior montañoso de la isla, donde esperaba organizar una resistencia prolongada. Antes de abandonar Santiago de la Vega ordenó destruir o retirar todos los suministros posibles para impedir que cayesen en manos enemigas.
Los ingleses ocuparon la ciudad prácticamente sin oposición significativa. Sobre el papel, la conquista parecía completada en apenas unos días. Sin embargo, aquella impresión resultó completamente engañosa. Aunque habían tomado la capital administrativa, todavía estaban muy lejos de controlar el conjunto de la isla.
La retirada española dio paso a una larga guerra irregular. Pequeños grupos de soldados, colonos y esclavos africanos que habían escapado de las plantaciones comenzaron a hostigar constantemente a las tropas inglesas. Estos últimos, conocidos como cimarrones, desempeñarían un papel decisivo en los años posteriores. Conocían perfectamente la selva, las montañas y los caminos del interior, lo que les permitía organizar emboscadas y desaparecer antes de que los británicos pudieran reaccionar.

Las condiciones naturales tampoco favorecían a los invasores. El clima tropical resultó devastador para miles de soldados europeos poco acostumbrados al calor, la humedad y las enfermedades del Caribe. La malaria, la fiebre amarilla y la disentería causaron muchas más bajas que los propios combates. Numerosos testimonios ingleses describen cómo compañías enteras quedaban prácticamente inutilizadas en cuestión de semanas debido a las epidemias.

A ello se sumaban enormes problemas logísticos. La expedición había sido preparada pensando en una campaña relativamente corta y no en una ocupación prolongada. Los alimentos comenzaron a escasear, el agua potable era insuficiente y los suministros llegaban con gran dificultad desde Inglaterra o Barbados. La moral de las tropas descendió rápidamente.

Mientras tanto, la situación política tampoco era sencilla para los propios comandantes ingleses. Las tensiones entre William Penn y Robert Venables alcanzaron niveles insostenibles. Ambos se culpaban mutuamente del fracaso en La Española y de las dificultades encontradas en Jamaica. Las disputas afectaban directamente a la coordinación de las operaciones militares, dificultando aún más la consolidación de la conquista.

Pese a todos estos problemas, los ingleses contaban con una ventaja fundamental: el dominio absoluto del mar. España carecía de una flota suficientemente poderosa en la región para organizar una contraofensiva inmediata. La Monarquía Hispánica estaba inmersa en numerosos conflictos europeos y sus recursos militares se encontraban muy dispersos. Aunque desde Madrid se ordenó recuperar Jamaica, la realidad era que reunir una expedición capaz de expulsar a los ingleses requería tiempo, dinero y barcos que simplemente no estaban disponibles en aquel momento.

Durante los meses siguientes, la resistencia española continuó desgastando a los ocupantes mediante ataques constantes contra patrullas, convoyes y pequeños destacamentos aislados. No obstante, cada refuerzo llegado desde otras colonias inglesas fortalecía la posición británica. Poco a poco comenzaron a construirse nuevas defensas, establecer almacenes de suministros y organizar una administración colonial permanente, señales inequívocas de que Inglaterra no pretendía realizar una simple incursión, sino convertir Jamaica en una posesión estable de su naciente imperio americano.



La resistencia organizada por los españoles no desapareció con la pérdida de la capital. Desde las montañas del interior, los antiguos colonos, soldados supervivientes y funcionarios de la administración colonial intentaron mantener viva la autoridad de la Corona. A ellos se unieron numerosos esclavos africanos que aprovecharon el caos provocado por la invasión para escapar de las plantaciones. Muchos de estos hombres y mujeres, que posteriormente serían conocidos como cimarrones o Maroons, optaron por luchar junto a los españoles, quienes les prometían la libertad a cambio de su colaboración contra los ingleses.

Aquella alianza resultó extraordinariamente eficaz. Los cimarrones conocían cada río, cada sendero y cada paso de las densas montañas jamaicanas. Acostumbrados a sobrevivir en condiciones extremadamente difíciles, desarrollaron una auténtica guerra de guerrillas décadas antes de que este tipo de conflicto recibiera ese nombre. Atacaban pequeñas patrullas, destruían cultivos, emboscaban convoyes y desaparecían inmediatamente entre la vegetación. Para los soldados ingleses, acostumbrados a la guerra convencional europea, combatir contra un enemigo invisible suponía una experiencia desesperante.

La propia geografía de Jamaica favorecía a los defensores. El interior de la isla estaba formado por cadenas montañosas cubiertas de selvas tropicales, barrancos y ríos difíciles de cruzar. Las comunicaciones eran escasas y muchas zonas permanecían prácticamente inexploradas por los europeos. En ese escenario, mantener el control efectivo del territorio requería muchos más hombres de los que Inglaterra había desembarcado inicialmente.

Durante varios años, la isla vivió en un estado de guerra casi permanente. Los españoles lanzaban ataques cuando encontraban una oportunidad favorable, mientras los ingleses trataban de ampliar lentamente las áreas bajo su control. En numerosas ocasiones, una plantación o un pequeño fuerte cambiaban de manos varias veces en pocos meses. No se trataba de grandes batallas, sino de una sucesión ininterrumpida de escaramuzas que desgastaban a ambos bandos.
Entretanto, la situación internacional comenzó a inclinarse lentamente a favor de Inglaterra. España seguía inmersa en conflictos en Europa que absorbían enormes cantidades de recursos. Las campañas contra Francia, las dificultades financieras y el mantenimiento de un imperio que se extendía por cuatro continentes hacían cada vez más complicado organizar una gran expedición destinada exclusivamente a recuperar Jamaica. La isla, que durante décadas había sido considerada una posesión secundaria, no podía competir en prioridad con otros escenarios mucho más importantes para la Monarquía Hispánica.

Consciente de ello, el gobierno inglés decidió acelerar la colonización. Comenzaron a llegar nuevos pobladores procedentes de Inglaterra, Irlanda y otras colonias del Caribe. Se repartieron tierras entre oficiales y colonos, se impulsó la creación de explotaciones agrícolas y se levantaron nuevas fortificaciones para asegurar los principales puertos. Poco a poco, la ocupación militar empezó a transformarse en una auténtica colonia inglesa.

Uno de los mayores cambios fue la orientación económica de la isla. Mientras el dominio español había estado basado principalmente en la ganadería y una agricultura relativamente modesta, los ingleses introdujeron un modelo completamente distinto. Inspirándose en el éxito de Barbados, fomentaron el cultivo intensivo de la caña de azúcar, un producto cuya demanda en Europa no dejaba de crecer.

La producción azucarera requería enormes inversiones y, sobre todo, una gran cantidad de mano de obra. Para satisfacer esa necesidad, Jamaica pasó a integrarse plenamente en el comercio atlántico de esclavos. Miles de africanos fueron transportados por la fuerza hasta la isla en condiciones inhumanas para trabajar en las plantaciones. En apenas unas décadas, la población esclava superó ampliamente a la europea, transformando de manera irreversible la composición demográfica de Jamaica.

La riqueza generada por el azúcar convirtió rápidamente a la colonia en una de las posesiones más valiosas del Imperio británico. Grandes haciendas comenzaron a cubrir buena parte del territorio costero, mientras comerciantes, banqueros y propietarios obtenían enormes beneficios gracias a la exportación del denominado "oro blanco". Paradójicamente, una isla que España había considerado durante mucho tiempo de importancia limitada terminó convirtiéndose en uno de los pilares económicos del imperio colonial de su principal rival.

Al mismo tiempo, Jamaica adquirió una relevancia militar extraordinaria. Su posición geográfica permitía controlar buena parte de las rutas marítimas del Caribe y servía como excelente base para abastecer escuadras navales. Desde sus puertos era posible vigilar el tráfico español procedente de Tierra Firme, Nueva España y las Antillas Mayores, convirtiendo la isla en un punto estratégico de primer orden para las futuras campañas inglesas contra el Imperio español.



La consolidación definitiva del dominio inglés estuvo estrechamente ligada al desarrollo de uno de los puertos más célebres de la historia del Caribe: Port Royal. Situado en el extremo de una estrecha lengua de arena que protegía uno de los mejores puertos naturales de la región, aquel pequeño asentamiento creció con una rapidez extraordinaria durante la segunda mitad del siglo XVII. Su posición permitía controlar las rutas marítimas entre el golfo de México, las Antillas y el Atlántico, convirtiéndolo en un enclave de enorme valor estratégico.

Las autoridades inglesas comprendieron enseguida el potencial del puerto. Se construyeron muelles, almacenes, fortificaciones y baterías costeras, mientras llegaban continuamente comerciantes, artesanos, marineros y aventureros atraídos por las oportunidades económicas que ofrecía la nueva colonia. En pocos años, Port Royal pasó de ser un pequeño establecimiento militar a convertirse en uno de los centros comerciales más activos del Caribe.

Sin embargo, la ciudad alcanzaría una fama mucho mayor por otra razón. Desde Jamaica, el gobierno inglés comenzó a conceder patentes de corso a numerosos capitanes privados para atacar el comercio español. A diferencia de los piratas, considerados delincuentes por todas las naciones, los corsarios actuaban con autorización oficial y entregaban una parte del botín a la Corona. De esta manera, Inglaterra podía debilitar económicamente a España sin necesidad de mantener una guerra naval permanente de enormes dimensiones.

Entre todos aquellos corsarios destacó especialmente Henry Morgan, probablemente la figura más célebre de la historia de Jamaica. Galés de nacimiento, Morgan llegó al Caribe siendo muy joven y pronto demostró unas notables capacidades como comandante. Al frente de flotillas formadas por centenares e incluso miles de hombres, organizó algunas de las expediciones más espectaculares del siglo XVII.

En 1668 conquistó y saqueó Puerto Príncipe, en Cuba. Poco después dirigió el ataque contra Portobelo, una de las ciudades mejor fortificadas del Imperio español en Tierra Firme, cuya caída causó una enorme conmoción en Europa. Aún más audaz fue la expedición de 1671 contra Panamá, donde Morgan condujo a sus hombres a través del istmo para capturar y saquear una de las ciudades más importantes del comercio americano. Aunque aquella operación coincidió con la firma de la paz entre Inglaterra y España, convirtió definitivamente a Morgan en una leyenda.

La actividad corsaria proporcionó enormes beneficios económicos a Jamaica. Comerciantes, taberneros, armadores y autoridades coloniales se enriquecían gracias al constante flujo de mercancías capturadas a los españoles. Buena parte del oro, la plata, el cacao, el añil, el cuero o los tejidos que llegaban a Port Royal procedían del botín obtenido por los corsarios. Aquella economía basada en el corso convirtió a la ciudad en uno de los lugares más ricos, pero también más turbulentos del Caribe.

Los cronistas de la época describían Port Royal como una ciudad de contrastes. A la riqueza de sus comerciantes se unía una enorme población flotante de marineros, soldados y aventureros. Las tabernas, casas de juego y burdeles proliferaban por todas las calles, alimentando la fama de ser "la ciudad más rica y más perversa del Nuevo Mundo". Aunque muchas de las historias transmitidas posteriormente fueron exageradas por la literatura romántica sobre la piratería, lo cierto es que Port Royal se convirtió en un símbolo del poder marítimo inglés y en uno de los principales centros de operaciones contra el Imperio español.

Mientras tanto, España acabó aceptando una realidad cada vez más evidente. Las sucesivas tentativas de recuperar Jamaica habían fracasado y la consolidación de la colonia inglesa hacía prácticamente imposible una reconquista sin una movilización militar de enorme envergadura. Además, la Monarquía Hispánica debía hacer frente a amenazas mucho más graves tanto en Europa como en América.

La situación quedó definitivamente resuelta mediante el Tratado de Madrid de 1670. En este acuerdo, España reconocía oficialmente la soberanía inglesa sobre Jamaica y las Islas Caimán, poniendo fin a quince años de incertidumbre jurídica. A cambio, Inglaterra se comprometía, al menos sobre el papel, a limitar las actividades corsarias contra las posesiones españolas. Aunque los ataques no desaparecieron por completo, el tratado representó un importante cambio diplomático: por primera vez, la Corona española aceptaba formalmente la pérdida permanente de una gran isla caribeña en favor de otra potencia europea.

La cesión de Jamaica tuvo un enorme significado histórico. No solo suponía una derrota territorial para España, sino que evidenciaba el progresivo debilitamiento del monopolio español sobre el Caribe. A partir de entonces, Inglaterra dispondría de una base naval permanente desde la que proyectar su influencia sobre toda la región, un factor que desempeñaría un papel decisivo en las guerras coloniales de los siglos XVII y XVIII.

La conquista de Jamaica marcó un antes y un después en la historia del Caribe y, en un sentido más amplio, en la evolución de los imperios coloniales europeos. Aunque en el momento de su ocupación la isla no figuraba entre las posesiones más valiosas de la Monarquía Hispánica, las décadas siguientes demostrarían que aquella aparente conquista menor había alterado profundamente el equilibrio estratégico del Atlántico. Inglaterra había conseguido algo que ninguna otra potencia europea había logrado hasta entonces: establecer una gran colonia permanente en el corazón del Caribe español.

El éxito inglés fue consecuencia tanto de sus propios aciertos como de las limitaciones de España. La Monarquía Católica seguía gobernando el mayor imperio del mundo, pero sus recursos ya no eran ilimitados. Las guerras casi ininterrumpidas contra Francia, las Provincias Unidas y Portugal, unidas a la crisis financiera que afectó a la Hacienda Real durante buena parte del siglo XVII, obligaban a establecer prioridades. Mantener la defensa simultánea de Flandes, Italia, el Mediterráneo, el Atlántico y América era una tarea cada vez más difícil. En ese contexto, recuperar Jamaica habría exigido una expedición naval y terrestre de enormes dimensiones que simplemente no podía organizarse sin poner en riesgo otros frentes considerados más importantes.

Para Inglaterra, en cambio, la isla se convirtió en el laboratorio de una nueva política imperial. Desde Jamaica, la Corona británica perfeccionó un modelo basado en la combinación de poder naval, colonización agrícola, comercio internacional y dominio de las rutas marítimas. Aquella fórmula sería posteriormente aplicada en otros territorios y acabaría convirtiéndose en uno de los pilares del futuro Imperio británico.

La transformación económica fue igualmente profunda. Durante el siglo XVIII, Jamaica llegó a convertirse en el mayor productor de azúcar del Imperio británico y en una de las colonias más rentables del mundo. Sus exportaciones generaban enormes beneficios para comerciantes, armadores, compañías aseguradoras y bancos establecidos en Londres, Bristol y Liverpool. La riqueza producida en la isla contribuyó de manera significativa al crecimiento económico británico y al desarrollo del comercio atlántico.

Ese extraordinario éxito económico, sin embargo, tuvo un coste humano inmenso. Decenas de miles de africanos fueron capturados, vendidos y transportados a Jamaica en condiciones extremadamente crueles para trabajar en las plantaciones de azúcar. Las jornadas extenuantes, los castigos físicos, las enfermedades y la elevada mortalidad convirtieron la esclavitud en uno de los capítulos más oscuros de la historia de la isla. Al mismo tiempo, las comunidades cimarronas continuaron resistiendo en las montañas, conservando durante generaciones una notable autonomía frente a las autoridades coloniales británicas.

Desde el punto de vista militar, Jamaica pasó a desempeñar un papel esencial en casi todos los grandes conflictos anglo-españoles del siglo XVIII. Durante la Guerra de Sucesión Española, la Guerra del Asiento, la Guerra de los Siete Años y la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, la isla sirvió como base de operaciones para la Royal Navy y como centro logístico para las campañas británicas en el Caribe. Lo que había comenzado como una conquista improvisada tras el fracaso de La Española terminó convirtiéndose en una pieza fundamental de la estrategia naval británica.

La pérdida de Jamaica también tuvo importantes consecuencias psicológicas para la Monarquía Hispánica. Demostró que el inmenso imperio americano ya no era inexpugnable y que otras potencias europeas podían conquistar y conservar territorios españoles en ultramar. Francia, Inglaterra y las Provincias Unidas intensificaron desde entonces sus esfuerzos por ampliar sus dominios coloniales, iniciando una competencia imperial que definiría la política internacional durante los dos siglos siguientes.

Paradójicamente, la expedición organizada por Oliver Cromwell estuvo a punto de convertirse en un completo desastre. El objetivo original, conquistar La Española, había fracasado estrepitosamente, y tanto William Penn como Robert Venables regresaron a Inglaterra desacreditados, llegando incluso a ser encarcelados por Cromwell durante un breve periodo. Sin embargo, la ocupación casi accidental de Jamaica terminó proporcionando a Inglaterra un beneficio estratégico mucho mayor del que cualquiera de los participantes había imaginado al comienzo de la campaña.

Hoy, la conquista inglesa de Jamaica es considerada por numerosos historiadores como uno de los grandes puntos de inflexión de la historia atlántica del siglo XVII. Representó el inicio del declive del monopolio español en el Caribe, consolidó el ascenso de Inglaterra como potencia naval mundial y sentó las bases de un imperio que, con el paso del tiempo, llegaría a extenderse por todos los continentes. La pequeña isla que España había administrado durante más de siglo y medio terminó convirtiéndose en una de las joyas del Imperio británico y en el símbolo de un cambio de época: el tránsito desde la hegemonía española del siglo XVI hacia el predominio marítimo inglés que caracterizaría buena parte de la Edad Moderna.


SÍGUEME PARA NO PERDERTE NADA: 👇👇


EL ÚLTIMO ROMANO. 



JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.



Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.



Si te ha gustado, puedes seguirme en mis redes sociales:

👉FACEBOOK

👉INSTAGRAM


Si quieres ser mi mecenas, puedes hacerlo aquí:


https://www.facebook.com/becomesupporter/elultimoromano1/


Bibliografía

David Marley, Wars of the Americas: A Chronology of Armed Conflict in the New World, 1492–1997

Richard S. Dunn, Sugar and Slaves: The Rise of the Planter Class in the English West Indies, 1624–1713

N. A. M. Rodger, The Command of the Ocean: A Naval History of Britain, 1649–1815


Comentarios

BUSCAR ARTÍCULO.

Mi foto
EL ÚLTIMO ROMANO
Mi nombre es José Antonio Olmos, soy estudiante y apasionado de la historia. Me gusta dedicar mi tiempo libre a escribir post y artículos sencillos, ya que, a parte de ayudarme con mis estudios, apoyo la divulgación histórica con lecturas amenas sobre temas importantes y curiosidades. Si tienes alguna sugerencia no dudes en escribirme y si te gusta lo que lees, puedes suscribirte al blog, a mi página de Facebook El Último Romano. Historia o a mi Instagram El último Romano.