LA TOMA DE MANILA POR LOS INGLESES EN 1762: LA INVASIÓN BRITÁNICA DE FILIPINAS Y LA RESISTENCIA ESPAÑOLA
UNA GUERRA MUNDIAL EN EL PACÍFICO
En octubre de 1762, mientras las grandes potencias europeas combatían por la supremacía mundial en la Guerra de los Siete Años, una expedición británica conquistó Manila, la capital de las Filipinas españolas. La caída de la ciudad constituyó uno de los golpes más graves sufridos por la monarquía de Carlos III durante aquel conflicto, pues amenazaba una de las piezas esenciales de su sistema comercial y estratégico en Asia. Sin embargo, la victoria británica no se tradujo en la conquista de todo el archipiélago. La resistencia organizada por el jurista Simón de Anda y Salazar, apoyado por numerosos filipinos y por sectores de la sociedad colonial, impidió que los invasores extendieran de manera decisiva su dominio sobre el territorio.
La ocupación de Manila entre 1762 y 1764 fue el resultado de una guerra que, pese a su nombre, desbordó ampliamente los campos de batalla europeos. La Guerra de los Siete Años enfrentó a Gran Bretaña y Prusia contra Francia, Austria, Rusia y otros aliados, aunque las alianzas variaron a lo largo del conflicto. En América del Norte, el Caribe, África y Asia se disputaban territorios, rutas marítimas, mercados y enclaves estratégicos. La lucha por el dominio de los océanos adquirió una importancia extraordinaria, porque controlar los puertos y las comunicaciones permitía atacar el comercio enemigo y obtener recursos para sostener la guerra.
España entró formalmente en el conflicto en 1762, después de aproximarse a Francia mediante el llamado Tercer Pacto de Familia, firmado en 1761. Carlos III consideraba que la expansión británica constituía una amenaza creciente para los intereses españoles en América y en el Pacífico. Las victorias navales británicas, la presión sobre las posesiones coloniales francesas y la superioridad comercial de Londres habían alterado el equilibrio internacional. La intervención española pretendía frenar aquella expansión y defender el sistema imperial, pero también abrió nuevos frentes de guerra que la monarquía no estaba plenamente preparada para afrontar.
La respuesta británica fue atacar simultáneamente puntos vulnerables de los dominios españoles. En agosto de 1762, las fuerzas británicas habían iniciado el asedio de La Habana, que acabaría capitulando en agosto de aquel año. En Asia, el objetivo elegido fue Manila, centro político de la Capitanía General de Filipinas y principal punto de conexión entre las posesiones españolas de América y los mercados asiáticos. La caída de ambas ciudades evidenció que la distancia entre la metrópoli y sus territorios ultramarinos podía convertirse en una desventaja decisiva cuando el enemigo dominaba las rutas marítimas.
MANILA, CENTRO ESTRATÉGICO DEL IMPERIO ESPAÑOL EN ASIA
Desde su fundación como ciudad española en 1571, Manila había desempeñado una función fundamental en la expansión ibérica por el Pacífico. Su posición geográfica permitía enlazar las rutas comerciales de Asia oriental con los territorios americanos de la monarquía hispánica. La ciudad era el principal centro administrativo de Filipinas y acogía instituciones civiles, religiosas y comerciales que articulaban la presencia española en el archipiélago.
La importancia de Manila iba mucho más allá de su población o de las dimensiones de sus fortificaciones. El comercio transpacífico conectaba el puerto filipino con Acapulco, en Nueva España, mediante los galeones que transportaban mercancías asiáticas y plata americana. Los productos procedentes de China y otros mercados orientales llegaban a Manila y eran adquiridos, en buena medida, mediante la plata procedente de América. Desde allí, parte de las mercancías viajaba a través del Pacífico hasta los mercados americanos, mientras otras circulaban por redes comerciales regionales.
La plata americana resultaba esencial para aquel sistema. La economía china mostraba una fuerte demanda de este metal, utilizado tanto como medio de pago como para otros fines económicos. A cambio, los comerciantes obtenían sedas, porcelanas, tejidos y otros productos de elevado valor. Manila se convirtió así en un espacio de encuentro entre comerciantes españoles, chinos, filipinos, japoneses y de otras procedencias, aunque las relaciones comerciales estuvieron condicionadas por las autoridades coloniales, los monopolios y los intereses de los distintos grupos mercantiles.
La ciudad contaba con una estructura defensiva concentrada en buena medida en Intramuros, el recinto amurallado que albergaba edificios administrativos, religiosos y residencias de las élites coloniales. El puerto de Cavite, situado en la bahía de Manila, complementaba el sistema al proporcionar instalaciones navales y acceso a las comunicaciones marítimas. Ambos lugares constituían objetivos prioritarios para cualquier potencia que pretendiera debilitar la presencia española en Filipinas.
Para Gran Bretaña, la conquista de Manila ofrecía varias ventajas. Permitía apoderarse de un importante centro comercial, perjudicar las comunicaciones españolas con América y obtener recursos mediante la captura de bienes y la imposición de indemnizaciones. También abría la posibilidad de establecer una posición privilegiada en el comercio asiático. La Compañía Británica de las Indias Orientales, que extendía su influencia desde sus bases en la India, tenía intereses económicos directos en la operación.
No obstante, la expedición británica no debía interpretarse como un proyecto de conquista completa de Filipinas. Su objetivo inmediato consistía en tomar la capital y el puerto, aprovechar el éxito militar y obtener ventajas económicas y diplomáticas. La capacidad de convertir esa victoria en una ocupación territorial duradera dependía de factores mucho más complejos: el control del interior, la disponibilidad de tropas, la cooperación de las autoridades locales y la posibilidad de mantener las comunicaciones con la India.
LA EXPEDICIÓN BRITÁNICA DESDE LA INDIA
La planificación del ataque correspondió a las autoridades británicas de la India, que organizaron una expedición naval y terrestre bajo el mando del almirante Samuel Cornish y del brigadier general William Draper. La fuerza reunía tropas europeas y soldados indios al servicio británico, además de personal naval y auxiliares. Las cifras varían según se contabilicen exclusivamente los combatientes o el conjunto de la expedición, pero el contingente total se aproximaba a los siete mil hombres.
La operación partió de Madrás el 29 de julio de 1762. La salida desde la India permitía aprovechar las bases británicas en el océano Índico y evitar que la expedición dependiera directamente de refuerzos enviados desde Europa. La distancia entre Manila y los principales centros de poder españoles dificultaba la concentración rápida de tropas y suministros por parte de la defensa.
La travesía concluyó en la bahía de Manila en septiembre. Los británicos llegaron a Cavite el día 22 de aquel mes y comenzaron a preparar el desembarco. La aparición de la escuadra enemiga sorprendió a las autoridades españolas, que no habían organizado una defensa adecuada para afrontar un ataque de aquella magnitud. La información sobre la entrada de España en la guerra y las noticias procedentes de Europa no habían permitido establecer una respuesta militar suficientemente coordinada.
La situación política de Filipinas agravaba el problema. El archipiélago se encontraba a gran distancia de los principales centros administrativos de la monarquía, y las comunicaciones dependían de travesías marítimas que podían prolongarse durante meses. La llegada de un nuevo gobernador general español estaba pendiente, mientras que el arzobispo de Manila, Manuel Antonio Rojo del Río y Vieyra, ejercía provisionalmente la máxima autoridad gubernativa. Rojo era un eclesiástico, no un comandante militar experimentado, y tuvo que asumir la responsabilidad de afrontar una invasión para la que las defensas locales no estaban preparadas.
La guarnición tampoco disponía de una fuerza profesional suficiente para garantizar la defensa de toda la ciudad. Junto a los soldados regulares había milicias, fuerzas locales y otros contingentes cuya preparación, armamento y cohesión eran desiguales. La defensa dependía, además, de la coordinación entre las autoridades civiles, los mandos militares y las instituciones coloniales, precisamente cuando la rapidez del ataque exigía decisiones inmediatas.
El 25 de septiembre comenzó el bombardeo británico de las defensas de Manila. La artillería naval y terrestre abrió fuego contra las posiciones españolas, mientras los atacantes preparaban el asalto al recinto fortificado. La presión sobre las murallas y la insuficiencia de las defensas terminaron por crear una brecha que permitió a los británicos penetrar en la ciudad.
La superioridad británica no procedía únicamente de su potencia de fuego. También resultó determinante la iniciativa operacional. Los mandos atacantes habían concentrado sus fuerzas contra un objetivo concreto, mientras los defensores carecían de los recursos necesarios para mantener una resistencia prolongada. La distancia respecto a la metrópoli impedía esperar refuerzos capaces de modificar rápidamente el equilibrio militar.
EL ASEDIO Y LA CAÍDA DE LA CAPITAL
El bombardeo sometió a las defensas españolas a una presión creciente. Las fortificaciones de Intramuros ofrecían protección frente a ataques menores, pero no podían garantizar la supervivencia de la guarnición ante un asalto bien preparado y apoyado por artillería. La brecha abierta en las murallas se convirtió en el punto decisivo de la batalla.
A comienzos de octubre, las tropas británicas lanzaron el asalto definitivo. La resistencia española fue incapaz de detener la penetración enemiga y los atacantes consiguieron ocupar la ciudad. La capitulación se produjo el 5 de octubre, aunque algunas cronologías sitúan el asalto decisivo y la consolidación de la conquista el día 6. La diferencia de fechas responde, en parte, a la distinción entre el desenlace de la batalla, la rendición formal y la ocupación efectiva de los principales puntos de la capital.
La caída de Manila supuso un desastre para las autoridades españolas. El arzobispo Rojo quedó en manos británicas y tuvo que negociar las condiciones de la rendición. Los ocupantes exigieron una indemnización extraordinariamente elevada, cifrada en cuatro millones de pesos, a cambio de respetar la ciudad y evitar nuevos saqueos. La cantidad reflejaba el interés británico por obtener un beneficio económico inmediato de la victoria.
Sin embargo, las condiciones pactadas no evitaron el saqueo. Las tropas vencedoras se entregaron al pillaje y numerosos habitantes sufrieron la violencia y la pérdida de sus bienes. Los edificios religiosos, las residencias particulares y otros espacios de la ciudad quedaron expuestos a la apropiación de objetos de valor. La conquista, por tanto, no fue una simple sustitución de autoridades: implicó una ruptura violenta de la vida urbana y de las redes comerciales que dependían de la capital.
El saqueo también reveló las tensiones existentes entre los objetivos militares y los intereses económicos de los vencedores. La expedición pretendía conseguir una indemnización y establecer una posición ventajosa en Asia, pero los mandos tuvieron que afrontar las disputas por el reparto del botín entre los oficiales navales, los militares y los representantes de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Aquellas diferencias limitaron la cohesión de la administración ocupante y complicaron la gestión posterior de la conquista.
Tras la rendición, el británico Dawsonne Drake asumió la dirección del gobierno bajo la nueva ocupación. Manila y Cavite quedaron en manos británicas, pero el dominio sobre esos dos centros no equivalía al control de Filipinas. En el resto del archipiélago, la administración colonial española no desapareció de manera automática y buena parte de las autoridades locales continuó obedeciendo a quienes defendían la soberanía de Carlos III.
La rapidez de la derrota en la capital ocultaba, por tanto, una realidad mucho más compleja. Los británicos habían vencido en la batalla decisiva, pero no habían eliminado los mecanismos de gobierno, las redes de obediencia ni la capacidad de movilización existentes fuera de Manila. La conquista había decapitado provisionalmente la administración colonial, aunque no había destruido sus bases territoriales.
SIMÓN DE ANDA Y SALAZAR: LA ORGANIZACIÓN DE LA RESISTENCIA
La figura central de la resistencia española fue Simón de Anda y Salazar, magistrado de la Real Audiencia de Manila. Antes de la caída de la ciudad había recibido responsabilidades para actuar en otras zonas de Filipinas, una circunstancia que le permitió abandonar la capital y evitar la captura por los británicos. Su salida resultó decisiva: mientras Rojo quedaba bajo control enemigo, Anda conservaba libertad de movimiento y podía organizar un gobierno alternativo.
Anda rechazó que la capitulación firmada por el arzobispo implicara la transferencia legítima de toda Filipinas a Gran Bretaña. Desde su perspectiva, la rendición de Manila no autorizaba a un gobernador cautivo a entregar la soberanía de un territorio cuya administración podía continuar funcionando fuera de la capital. Apoyándose en las normas de gobierno de la monarquía y en las atribuciones de la Real Audiencia, asumió las funciones de gobernador y capitán general.
Su decisión tenía una dimensión jurídica y otra militar. En el plano institucional, pretendía mantener la obediencia a Carlos III y evitar que la ocupación de una ciudad destruyera la continuidad del gobierno español. En el terreno práctico, necesitaba conseguir el apoyo de las autoridades provinciales, reunir combatientes, asegurar los suministros y establecer un centro administrativo que pudiera actuar fuera del alcance inmediato del ejército británico.
Anda organizó su resistencia en las provincias de Luzón y estableció su principal centro de operaciones en Bacolor, en Pampanga. Desde allí comenzó a reunir fuerzas y a coordinar la oposición al invasor. La tarea no era sencilla. La pérdida de Manila había privado a la administración española de su principal centro político y de buena parte de sus recursos inmediatos. Además, el magistrado tenía que convencer a las autoridades locales de que su gobierno era legítimo y podía sostener una resistencia efectiva.
La respuesta dependió en buena medida de las redes existentes en las provincias. Alcaldes mayores, autoridades municipales, religiosos y otros representantes de la sociedad colonial contribuyeron a mantener la obediencia a la administración organizada por Anda. La Iglesia, con una presencia considerable en numerosos territorios, desempeñó una función importante en la comunicación y en el mantenimiento de las relaciones entre las comunidades locales y el gobierno resistente.
El apoyo filipino fue esencial. Las fuerzas reunidas por Anda incluyeron numerosos combatientes locales, además de los soldados y milicianos vinculados al sistema colonial. Las cifras exactas varían en las fuentes, pero el ejército de resistencia llegó a reunir miles de hombres y algunas estimaciones superan los diez mil. No todos estaban equipados como tropas regulares ni disponían de armamento moderno, por lo que su eficacia dependía de la movilidad, del conocimiento del territorio y de la capacidad para dificultar las operaciones británicas.
Conviene evitar una interpretación simplificadora de aquella movilización. La población filipina no constituyó un bloque político uniforme: hubo comunidades y grupos que apoyaron la resistencia de Anda, mientras otros colaboraron con los británicos o aprovecharon las circunstancias para defender sus propios intereses. También participaron grupos chinos residentes en el archipiélago, cuyas decisiones estuvieron condicionadas por sus relaciones comerciales, sus rivalidades y la situación creada por la invasión.
La resistencia, por tanto, no fue exclusivamente una lucha entre españoles y británicos. Se desarrolló dentro de una sociedad colonial compleja, con intereses locales diversos y distintas formas de relación con el poder. El éxito de Anda consistió en articular una coalición suficientemente amplia para mantener en funcionamiento una administración alternativa y negar a los ocupantes la posibilidad de extender fácilmente su autoridad.
UNA OCUPACIÓN LIMITADA A MANILA Y CAVITE
Los británicos controlaban la capital y su principal puerto, pero su dominio efectivo sobre el archipiélago era muy limitado. Fuera de los enclaves ocupados, la resistencia de Anda dificultaba el establecimiento de nuevas guarniciones y la recaudación de recursos. Las fuerzas británicas no podían actuar con libertad en el interior sin exponerse a ataques, problemas logísticos y dificultades para mantener las comunicaciones.
La geografía de Filipinas complicaba cualquier proyecto de conquista extensa. El archipiélago estaba formado por numerosas islas, con poblaciones dispersas y redes de comunicación que dependían de embarcaciones y rutas locales. La ocupación de Manila no garantizaba la obediencia de las provincias, y la fuerza expedicionaria británica no disponía de recursos ilimitados para someter territorios alejados de sus bases.
A esta dificultad se añadía la distancia respecto a la India, desde donde había partido la expedición. Mantener una ocupación prolongada exigía suministros, dinero, municiones, refuerzos y una administración capaz de obtener ingresos. Los británicos debían atender, además, otros frentes de la guerra y proteger sus intereses comerciales en Asia. Una campaña de conquista general de Filipinas habría requerido una inversión militar y política muy superior a la necesaria para tomar la capital.
La resistencia organizada por Anda impidió que la victoria inicial se transformara en una ocupación territorial comparable a la que España había establecido durante siglos. Las fuerzas españolas y filipinas conservaron posiciones en las provincias y mantuvieron una presión constante sobre los ocupantes. Aunque los británicos podían defender Manila y Cavite, no consiguieron destruir el gobierno alternativo ni obtener el reconocimiento general de su soberanía.
La administración británica también estuvo marcada por los desacuerdos entre sus principales responsables. Los intereses de los mandos militares y navales no siempre coincidían con los de los representantes de la Compañía de las Indias Orientales. El reparto del botín, las reclamaciones económicas y las dificultades para negociar con las autoridades españolas generaron fricciones que redujeron la eficacia de la ocupación.
El problema fundamental era que la conquista de la capital había proporcionado una victoria militar, pero no una solución política. Para consolidar el dominio británico habría sido necesario vencer a Anda, someter a las autoridades provinciales y transformar una expedición concebida para aprovechar una oportunidad estratégica en una empresa colonial de larga duración. Ninguna de esas tareas resultó sencilla.
Mientras tanto, el gobierno de resistencia continuó actuando en nombre de Carlos III. Anda utilizó su autoridad para recaudar recursos, organizar fuerzas y mantener la administración. Su posición no estaba exenta de controversias, especialmente por la disputa sobre la legitimidad de su nombramiento y por el enfrentamiento con el arzobispo Rojo. No obstante, la continuidad de su gobierno demostró que la ocupación de Manila no había supuesto la desaparición de la autoridad española en Filipinas.
EL TRATADO DE PARÍS Y EL FIN DE LA OCUPACIÓN
La situación cambió cuando la Guerra de los Siete Años se acercó a su final. España y Gran Bretaña estaban inmersas en un conflicto más amplio, cuyo desenlace dependía de las negociaciones entre las principales potencias. El Tratado de París, firmado el 10 de febrero de 1763, puso fin a la guerra entre Gran Bretaña, Francia y España, dentro del nuevo reparto de territorios y concesiones coloniales acordado por los vencedores y vencidos.
La noticia no llegó inmediatamente a Manila. La lentitud de las comunicaciones entre Europa y Asia provocó que las autoridades de la ocupación y las fuerzas resistentes continuaran operando durante meses sin conocer con precisión todas las condiciones diplomáticas que determinarían el futuro de las islas. Esta demora explica por qué la firma del tratado en 1763 no produjo una evacuación inmediata.
El acuerdo contemplaba la restitución de territorios ocupados durante la guerra conforme a sus cláusulas. Manila y Cavite debían regresar a España, por lo que la conquista británica no se convirtió en una anexión permanente. La resistencia de Anda contribuyó a impedir que Gran Bretaña consolidara su posición, pero el desenlace definitivo dependió también de la paz internacional y de la decisión de las potencias de poner fin a las hostilidades.
En 1764 llegaron a Filipinas las noticias que permitieron avanzar hacia la evacuación. Las fuerzas británicas abandonaron Manila y Cavite durante los primeros días de abril, y la administración española recuperó la capital. Simón de Anda regresó al centro del poder colonial y su papel en la resistencia quedó asociado a la conservación de la soberanía española sobre el archipiélago.
La retirada no borró los daños causados por la invasión. Manila había sufrido el saqueo, las pérdidas materiales y la interrupción de sus actividades comerciales. La ocupación había demostrado la vulnerabilidad de las defensas y la dependencia del sistema colonial respecto a las comunicaciones marítimas. La restauración de la autoridad española exigía reconstruir instalaciones, restablecer la actividad económica y revisar la organización militar.
La experiencia también dejó una importante lección administrativa. Un territorio ultramarino no podía defenderse únicamente mediante fortificaciones concentradas en su capital. Era necesario mantener fuerzas locales, asegurar las comunicaciones, disponer de reservas y garantizar que la autoridad política pudiera continuar funcionando aunque la ciudad principal cayera en manos enemigas. La resistencia de Anda había demostrado el valor de esas estructuras, pero la facilidad con la que Manila fue conquistada reveló las deficiencias del sistema defensivo.
LAS CONSECUENCIAS PARA LA MONARQUÍA ESPAÑOLA
La toma de Manila fue uno de los episodios más significativos de la guerra colonial entre España y Gran Bretaña en el siglo XVIII. Aunque la ocupación duró aproximadamente dieciocho meses, el ataque puso en peligro una ruta comercial de gran importancia y obligó a la monarquía española a afrontar las limitaciones de su capacidad defensiva en Asia.
La pérdida temporal de la capital afectó al comercio entre Filipinas, Nueva España y los mercados asiáticos. La captura de mercancías, las exigencias de indemnización y la interrupción de las operaciones comerciales provocaron perjuicios económicos considerables. El saqueo agravó los daños sufridos por la población y por las instituciones locales, mientras que las disputas sobre el botín mostraron que los intereses económicos británicos habían sido una motivación central de la expedición.
Sin embargo, la recuperación de Manila permitió a España conservar su presencia en Filipinas y mantener el sistema transpacífico vinculado al galeón de Manila. El archipiélago continuó formando parte de la monarquía española hasta 1898, cuando pasó a manos estadounidenses tras la guerra hispano-estadounidense. La ocupación británica de 1762-1764 fue, por ello, una interrupción grave pero temporal de una dominación colonial mucho más prolongada.
El episodio tuvo también consecuencias para la política defensiva de Carlos III. La caída de Manila y la de La Habana en el mismo año mostraron que las posesiones ultramarinas podían quedar expuestas a ataques coordinados cuando Gran Bretaña disfrutaba de superioridad naval. La defensa del imperio exigía mejorar las fortificaciones, reforzar las guarniciones y revisar los mecanismos de movilización de recursos y tropas en territorios distantes.
La figura de Simón de Anda adquirió especial relevancia por haber mantenido una autoridad española alternativa durante la ocupación. Su actuación combinó el uso de argumentos jurídicos, la negociación con las autoridades locales y la organización militar. La resistencia no expulsó por sí sola a los británicos de Manila, pero impidió que extendieran con facilidad su dominio y contribuyó a conservar la continuidad institucional hasta la restitución diplomática de la ciudad.
El caso filipino también recuerda que la historia colonial no puede explicarse únicamente mediante las decisiones de las metrópolis europeas. Los habitantes del archipiélago participaron activamente en los acontecimientos, tanto en la resistencia como en la colaboración con los ocupantes. Sus decisiones respondieron a circunstancias locales, relaciones de poder y expectativas diversas. El desenlace fue el resultado de la interacción entre una guerra global, la estrategia británica, la estructura colonial española y la capacidad de movilización de las comunidades filipinas.
UNA VICTORIA MILITAR QUE NO SE CONVIRTIÓ EN CONQUISTA
La expedición británica de 1762 consiguió tomar Manila con relativa rapidez y obtener un importante botín, pero no logró transformar aquel éxito en una conquista duradera de Filipinas. La distancia respecto a la India, las dificultades logísticas, la resistencia organizada por Anda y la falta de una solución política estable limitaron las posibilidades de expansión británica. Cuando la paz internacional determinó la restitución de la ciudad, Gran Bretaña tuvo que abandonar una posición que había costado vidas y recursos, pero que no había proporcionado el control efectivo del archipiélago.
Para España, la recuperación de Manila evitó la pérdida permanente de una pieza fundamental de su presencia en Asia, aunque no eliminó las debilidades que habían permitido la invasión. La caída de la capital evidenció la necesidad de reforzar las defensas y mejorar la capacidad de respuesta ante ataques navales. Al mismo tiempo, la resistencia de las provincias demostró que la supervivencia del dominio español no dependía exclusivamente de la posesión de las murallas de Manila.
La toma de Manila por los ingleses fue, en definitiva, un episodio en el que confluyeron la guerra mundial, la rivalidad imperial y la resistencia local. Su importancia histórica no reside solamente en la conquista de una ciudad, sino en la incapacidad británica para consolidar una victoria que parecía decisiva. La capital cayó en octubre de 1762, pero la autoridad española sobrevivió fuera de sus murallas y regresó a ella en 1764. Filipinas continuó bajo soberanía española durante más de un siglo, y el recuerdo de aquella invasión quedó como una advertencia sobre los riesgos de mantener un imperio disperso sin defensas suficientes para proteger sus centros estratégicos.
1. La expansión de Estados Unidos: de la independencia a 1898
Relación: explica la guerra de 1898 contra España y la derrota de la escuadra española en la bahía de Manila. Puedes enlazarlo al hablar del destino posterior de Filipinas y del final de la soberanía española en el archipiélago.
2. El Glorioso: la gesta del navío español que desafió en solitario a la Royal Navy
Relación: aborda los enfrentamientos navales entre España y Gran Bretaña en el siglo XVIII, el mismo contexto de rivalidad imperial en el que se produjo la invasión de Manila.
JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA
Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 18 años de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog El Último Romano así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.
BIBLIOGRAFÍA Y ENLACES DIRECTOS
Ministerio de Cultura de España, La toma de Manila de 1762. Documentación histórica y fuentes del Archivo General de Indias. https://www.cultura.gob.es/cultura/archivos/difusion/historial-destacados/destacados-anteriores-2006-2016/2012-12-22-toma-manila-1762.html
Nicholas Tracy, Manila Ransomed: The British Assault on Manila in the Seven Years War. University of Exeter Press, 1995.
The Philippine Islands, 1493–1898, volumen XLIX, documentación contemporánea sobre la conquista británica de Manila y los acontecimientos de 1762-1765. https://www.gutenberg.org/files/56778/56778-h/56778-h.htm




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