LAS PRIMERAS HERRAMIENTAS DE LA HUMANIDAD: DEL LOMEKWIENSE AL MODO 1 Y EL ORIGEN DE LA TECNOLOGÍA

 Durante buena parte de la historia de la paleoantropología se consideró que la fabricación de herramientas de piedra había aparecido con el género Homo y que, concretamente, Homo habilis había sido el primer gran fabricante de instrumentos líticos. Esta interpretación encajaba con el descubrimiento de herramientas en África oriental asociadas a los primeros representantes de nuestro género. Sin embargo, durante las últimas décadas el registro arqueológico ha obligado a retrasar considerablemente el origen de la tecnología y, al mismo tiempo, a abandonar la idea de que fabricar herramientas fuera una capacidad exclusiva de Homo. Las evidencias conocidas indican que la producción deliberada de instrumentos de piedra comenzó hace al menos 3,3 millones de años, cuando todavía no existía el género Homo en el registro fósil conocido. El hallazgo de Lomekwi 3, en Kenia, cambió así nuestra concepción sobre los orígenes de la tecnología humana y abrió una cuestión fundamental: ¿quién fabricó las primeras herramientas?




La historia de la tecnología prehistórica no comienza, por tanto, con Homo habilis ni siquiera con el Olduvayense o Modo 1. Antes de las industrias que tradicionalmente se consideraban las más antiguas existe una fase tecnológica denominada Lomekwiense, identificada a partir de los artefactos encontrados en el yacimiento de Lomekwi 3, en la región del lago Turkana, en Kenia. Allí se recuperaron herramientas cuya antigüedad ronda los 3,3 millones de años. Se trata de un registro extraordinariamente antiguo y separado por unos 700.000 años de las primeras industrias Olduvayenses clásicas. El descubrimiento fue publicado en 2015 y supuso una modificación profunda de la cronología tradicional de los comienzos de la tecnología lítica.

Lo verdaderamente importante de Lomekwi no es únicamente su antigüedad. También lo es el hecho de que estos artefactos aparecieron en un contexto temporal anterior a los fósiles más antiguos conocidos del género Homo. Esto demuestra que la relación entre evolución biológica y evolución tecnológica fue mucho más compleja de lo que se había supuesto. Durante mucho tiempo se había establecido una secuencia aparentemente sencilla: evolución de los homininos, aparición de Homo, aumento de las capacidades cognitivas y, finalmente, fabricación de herramientas. El registro arqueológico actual obliga a sustituir esa explicación lineal por otra mucho más compleja, en la que diferentes grupos de homininos pudieron experimentar con la piedra y desarrollar comportamientos tecnológicos antes de la aparición de nuestro género.

Las herramientas de Lomekwi tampoco son idénticas a las que posteriormente caracterizarían el Modo 1. En el yacimiento se han identificado núcleos, fragmentos y objetos utilizados en actividades de percusión, con evidencias de que quienes los fabricaron comprendían, al menos de forma elemental, las propiedades de fractura de la piedra. Los investigadores que estudiaron el conjunto propusieron denominar Lomekwiense a esta tradición tecnológica. El hecho de que se encontrara en un ambiente que no era simplemente una sabana abierta resulta también relevante, porque durante mucho tiempo se había relacionado el origen de las herramientas con la expansión de las praderas africanas. Lomekwi demuestra que la innovación tecnológica pudo desarrollarse también en ambientes boscosos o de vegetación relativamente densa.

La identidad de los fabricantes de Lomekwi sigue siendo una de las grandes cuestiones abiertas de la paleoantropología. No existe un fósil que permita atribuir de forma definitiva estas herramientas a una especie concreta. Por su cronología, tuvieron que ser fabricadas por homininos anteriores a los primeros representantes conocidos de Homo. Entre los posibles candidatos se encuentran distintos australopitecos u otros homininos contemporáneos. Esta incertidumbre es fundamental porque impide presentar el origen de la tecnología como una creación repentina de una única especie. Lo que probablemente observamos es un proceso mucho más prolongado, en el que distintas poblaciones de homininos desarrollaron diferentes formas de manipular y transformar materiales.




La capacidad de utilizar objetos del entorno no comenzó tampoco con las herramientas de piedra. Diversos primates actuales emplean objetos naturales para determinadas actividades y existen evidencias de utilización de herramientas en algunos primates no humanos. Lo que convierte a las industrias líticas prehistóricas en algo especialmente importante es la modificación deliberada de una materia prima para producir un objeto con determinadas propiedades funcionales. Golpear una piedra contra otra para producir un filo implica una secuencia de acciones y una cierta anticipación del resultado. El fabricante no se limita a recoger un objeto útil: transforma el objeto para conseguir una característica que antes no poseía.

Esa diferencia es fundamental para comprender la importancia antropológica de las primeras industrias líticas. Una piedra rota accidentalmente puede presentar un borde afilado, pero un conjunto de núcleos con extracciones sistemáticas, lascas y percutores asociados permite identificar una actividad tecnológica. La arqueología prehistórica intenta precisamente distinguir los procesos naturales de los productos de la actividad humana. Las fracturas producidas por percusión intencionada presentan determinados patrones, y la concentración espacial de núcleos, lascas, percutores y otros residuos permite reconstruir las actividades realizadas por aquellos primeros fabricantes.

Después de Lomekwi aparece otro gran capítulo de la historia tecnológica: el Olduvayense, conocido también como Modo 1. Su aparición se sitúa aproximadamente hace 2,6 millones de años y constituye una de las primeras industrias líticas ampliamente reconocidas del continente africano. El término Olduvayense procede de la garganta de Olduvai, en Tanzania, uno de los lugares fundamentales para el conocimiento de la evolución humana y tecnológica. Allí fueron estudiadas desde mediados del siglo XX numerosas herramientas asociadas a los primeros representantes del género Homo y a los restos de fauna que permiten reconstruir sus estrategias de subsistencia.

El Modo 1 presenta una tecnología relativamente sencilla si la comparamos con las industrias que aparecerían posteriormente, pero denominarla «primitiva» puede resultar engañoso. Desde el punto de vista técnico, los instrumentos requieren conocimientos sobre la fractura de la piedra y sobre la manera de obtener filos útiles. Entre los elementos característicos encontramos percutores, núcleos, lascas y cantos tallados. Los núcleos son las piedras sobre las que se golpea para desprender lascas, mientras que las propias lascas pueden presentar filos suficientemente cortantes para realizar diversas tareas.

El llamado chopper o canto tallado es probablemente uno de los instrumentos que más fácilmente asociamos con esta etapa. Se trata de un canto de piedra al que se han realizado una o varias extracciones para generar un borde cortante. El término «chopper» se utiliza habitualmente en la divulgación, aunque la clasificación de los útiles paleolíticos es más compleja y la terminología puede variar según las escuelas arqueológicas. Por ello, no todos los instrumentos del Modo 1 deben considerarse simplemente «choppers». La industria incluye una variedad mucho mayor de núcleos y lascas.

El procedimiento básico podía comenzar con la selección de un canto de tamaño y materia prima adecuados. El fabricante sostenía el núcleo y utilizaba otro objeto, normalmente una piedra más dura, como percutor. Al golpear el núcleo en un punto determinado podía desprender una lasca, dejando una arista nueva. El proceso podía repetirse desde diferentes ángulos. La forma final dependía de la materia prima, de la fuerza aplicada, del ángulo del golpe y de la experiencia del individuo que realizaba la talla.




No debemos imaginar, sin embargo, que aquellos primeros fabricantes trabajaban siempre siguiendo un diseño perfectamente planificado como ocurrirá con tecnologías posteriores. El Modo 1 presenta una considerable variabilidad. En muchos casos parece responder a una estrategia tecnológica oportunista: obtener rápidamente filos cortantes a partir de las materias primas disponibles. Esto no significa ausencia de inteligencia o planificación, sino que los objetivos tecnológicos eran diferentes de los que observaremos posteriormente en el Achelense.

Las funciones de estos primeros instrumentos fueron diversas. Los filos de las lascas podían emplearse para cortar tejidos animales, separar carne de los huesos, procesar vegetales o trabajar otros materiales. Los golpes sobre huesos también podían permitir acceder al tuétano, una fuente energética de gran importancia. La relación entre herramientas y consumo de carne es especialmente relevante porque las marcas de corte presentes en restos animales permiten identificar actividades de procesamiento de las carcasas. Sin embargo, tampoco debemos reducir toda la economía de los primeros fabricantes de herramientas a la caza. La explotación de recursos vegetales y animales debió ser diversa y dependió de los ambientes concretos en los que vivía cada población.

Una de las cuestiones más interesantes es precisamente quién fabricó el Modo 1. Durante décadas se asoció especialmente con Homo habilis, especie descrita a partir de fósiles africanos de aproximadamente dos millones de años de antigüedad. El propio nombre habilis, que significa «hábil», refleja la importancia que se concedió a esta capacidad tecnológica. Sin embargo, el descubrimiento de herramientas más antiguas que los primeros Homo ha debilitado considerablemente la idea de que Homo habilis fuera el inventor de la tecnología lítica.

Homo habilis pudo fabricar herramientas Olduvayenses y probablemente tuvo una participación importante en su expansión, pero no podemos atribuirle automáticamente todos los conjuntos de Modo 1. En distintos lugares y momentos pudieron intervenir diferentes especies de homininos. Además, el registro fósil africano del Plioceno y del Pleistoceno temprano es suficientemente complejo como para que coexistieran varias especies capaces de explotar recursos de maneras diferentes.

La aparición del Modo 1 hace aproximadamente 2,6 millones de años debe entenderse también dentro de una historia ambiental y evolutiva mucho más amplia. Durante el Plioceno final y el comienzo del Pleistoceno se produjeron importantes transformaciones climáticas en África. En diferentes regiones se sucedieron ambientes boscosos, zonas abiertas, sabanas y paisajes mixtos. Estos cambios afectaron a la distribución de animales y plantas y crearon nuevas oportunidades y desafíos para los homininos. Sin embargo, no existe una relación mecánica entre cambio climático y aparición de herramientas. La evidencia de Lomekwi demuestra precisamente que la tecnología lítica no surgió simplemente como respuesta automática a la expansión de la sabana.

Lo que sí parece evidente es que la tecnología proporcionaba ventajas adaptativas. Un filo de piedra podía hacer con rapidez algo que las manos y los dientes humanos difícilmente podían realizar con la misma eficacia. Cortar piel y carne, acceder a tejidos, procesar vegetales o fracturar determinados materiales eran actividades que podían hacerse más eficientes mediante herramientas. Una innovación tecnológica relativamente sencilla podía, por tanto, modificar las posibilidades de explotación del medio.

También debemos tener presente que las primeras herramientas de piedra representan solamente una pequeña parte de la tecnología utilizada por aquellos homininos. La madera, las fibras vegetales, las pieles y otros materiales orgánicos probablemente tuvieron una enorme importancia, pero apenas se conservan en los yacimientos más antiguos. La piedra domina el registro arqueológico porque resiste procesos de degradación que destruyen rápidamente muchos materiales orgánicos. Por eso, cuando hablamos del origen de la tecnología estamos hablando principalmente del origen de la tecnología que ha podido sobrevivir arqueológicamente.

Durante cientos de miles de años el Modo 1 continuó siendo una tecnología fundamental. Pero la evolución tecnológica no fue una línea continua y uniforme. Diferentes regiones desarrollaron estrategias distintas y algunas tecnologías coexistieron durante largos periodos. Una de las grandes transformaciones se produjo aproximadamente hace 1,76 millones de años con la aparición del Achelense o Modo 2.

El Modo 2 representa un salto tecnológico de enorme importancia. Frente a muchos de los núcleos y lascas relativamente sencillos del Olduvayense, el Achelense se caracteriza especialmente por los grandes instrumentos de corte, entre los que destacan los bifaces y los hendedores. El bifaz es una pieza trabajada por ambas caras y generalmente presenta una forma apuntada o almendrada, aunque existe una gran diversidad morfológica. Su fabricación requiere una secuencia de golpes más compleja y una mayor capacidad para controlar la forma del objeto.

La diferencia no consiste simplemente en que el bifaz sea «más bonito» o más elaborado. Su producción exige anticipar mejor el resultado de cada golpe. El tallador debe tener en cuenta el volumen del núcleo, las plataformas de percusión, el ángulo de las extracciones y la forma final que pretende obtener. En otras palabras, aumenta la importancia de la planificación tecnológica.




El Achelense también demuestra que los homininos podían mantener tradiciones tecnológicas durante periodos extraordinariamente largos. Los bifaces aparecen en África y posteriormente se documentan en amplias regiones de Eurasia. La tecnología achelense sobrevivió durante cientos de miles de años y fue utilizada por diferentes poblaciones humanas. El Smithsonian sitúa su aparición en torno a 1,76 millones de años y señala que tanto el repertorio Olduvayense como el Achelense se mantuvieron durante periodos muy prolongados, desapareciendo en diferentes regiones en momentos distintos.

La transición del Modo 1 al Modo 2 no debe interpretarse como si una tecnología hubiera desaparecido de repente para ser sustituida por otra. En realidad, las dos tradiciones pudieron coexistir y determinadas poblaciones continuaron utilizando estrategias tecnológicas sencillas mientras otras producían bifaces. El concepto de «modos tecnológicos» es una herramienta de clasificación creada por los investigadores para ordenar la enorme diversidad arqueológica, no una sucesión rígida de etapas por las que necesariamente pasaba cada población humana.

La historia de estas primeras industrias es también la historia de la expansión de los homininos fuera de África. En algún momento durante el Pleistoceno inferior diferentes poblaciones humanas comenzaron a ocupar Eurasia. La cronología exacta y las rutas de expansión siguen siendo objeto de debate, pero yacimientos de Georgia, Oriente Próximo y Europa demuestran que la presencia humana fuera de África es muy antigua.

En Europa, el estudio de las primeras herramientas resulta especialmente importante porque permite reconstruir la antigüedad de la ocupación humana incluso cuando los restos fósiles son escasos. Las herramientas pueden sobrevivir allí donde los huesos no lo hacen, y su presencia permite identificar actividades humanas en determinados niveles arqueológicos.

España ocupa una posición excepcional dentro de esta investigación gracias, sobre todo, a los yacimientos de la sierra de Atapuerca, en la provincia de Burgos. Atapuerca conserva una secuencia extraordinaria de ocupaciones humanas que abarca cientos de miles de años y permite seguir la evolución de la tecnología lítica desde las primeras ocupaciones del Pleistoceno inferior hasta fases mucho más recientes.

Uno de los lugares fundamentales es la Sima del Elefante, situada en la Trinchera del Ferrocarril. Sus niveles inferiores han proporcionado herramientas de Modo 1 junto con restos humanos y fauna. En particular, el nivel TE9 ha proporcionado industria lítica, restos faunísticos y restos humanos datados en torno a 1,22 millones de años. Estos hallazgos convierten a la Sima del Elefante en uno de los lugares fundamentales para comprender las primeras etapas de la presencia humana en Europa occidental.

La importancia de Atapuerca no se limita a que allí aparezcan herramientas antiguas. Su valor reside en que permite estudiar conjuntamente tecnología, fauna, medio ambiente y restos humanos. La asociación entre estos elementos proporciona una imagen mucho más completa de la vida de aquellos grupos.

En los niveles antiguos de la Sima del Elefante encontramos una industria sencilla, correspondiente al Modo 1. Los investigadores han documentado lascas y otros instrumentos producidos mediante percusión directa. La materia prima incluía diferentes tipos de roca disponibles en el entorno, lo que demuestra que aquellos grupos aprovechaban los recursos líticos accesibles en el paisaje. Las herramientas estaban vinculadas a actividades de subsistencia y procesamiento de recursos.

Los descubrimientos más recientes en la Sima del Elefante siguen ampliando nuestro conocimiento. En los trabajos de excavación se han recuperado nuevas lascas de cuarzo, sílex y cuarcita, además de otros elementos líticos. Las campañas recientes han permitido seguir estudiando la ocupación humana de estos niveles, cuya antigüedad ronda 1,3 millones de años en determinados sectores.

Otro lugar esencial es la Gran Dolina. En su nivel TD6 apareció Homo antecessor junto con una importante industria lítica de Modo 1. La cronología del nivel ronda los 800.000 años. Allí se recuperó un conjunto considerable de herramientas, junto con numerosos restos de fauna y restos humanos. La combinación de estos materiales permite reconstruir actividades de procesamiento de animales y estrategias de subsistencia.

La Gran Dolina es especialmente importante para comprender que el Modo 1 no fue una tecnología estática. Aunque las herramientas continúan perteneciendo técnicamente a esta tradición, el comportamiento asociado a ellas puede mostrar diferencias respecto a las primeras ocupaciones de la Sima del Elefante. En TD6 se documentan estrategias de subsistencia más complejas y una explotación más intensiva del entorno. Esto demuestra que una misma tradición tecnológica podía ser utilizada por poblaciones con comportamientos diferentes.

Aquí aparece otra cuestión fundamental: la tecnología no puede separarse completamente de la evolución social. Para fabricar una herramienta no basta con tener manos capaces de golpear piedras. También es necesario aprender una secuencia de acciones y, probablemente, observar o imitar a otros individuos. La transmisión de conocimientos tecnológicos debió desempeñar un papel esencial en la supervivencia de estas poblaciones.

Un individuo podía descubrir accidentalmente que una determinada piedra producía un filo útil, pero para que esa innovación se convirtiera en una tradición tecnológica tenía que ser reproducida y transmitida. La fabricación de herramientas implica, por tanto, un componente cultural. Los jóvenes podían observar a los adultos, practicar y adquirir progresivamente la habilidad necesaria. La tecnología se convertía así en una parte del aprendizaje social.

Esto ayuda a explicar por qué la historia de las herramientas no es solamente una historia de objetos. Una lasca de piedra encontrada en un yacimiento es la huella material de una cadena de comportamientos: selección de materia prima, transporte, percusión, fabricación, utilización y abandono. Cada una de estas fases proporciona información sobre la conducta de los homininos.

La selección de materias primas también resulta reveladora. No todas las rocas responden igual a la percusión. Algunas producen fracturas predecibles y filos afilados, mientras que otras resultan menos apropiadas. La disponibilidad de sílex, cuarcita, cuarzo, basalto u otras rocas condicionaba las estrategias tecnológicas de cada región. En algunos casos los grupos podían desplazarse hasta lugares concretos para obtener materiales de mejor calidad y transportar después los núcleos o las herramientas.

Este comportamiento constituye una de las primeras formas de gestión de los recursos tecnológicos. Los homininos no solo utilizaban lo que encontraban delante de ellos: podían reconocer que determinadas materias primas eran mejores para una determinada tarea y desplazarse para conseguirlas. La arqueología permite reconstruir estas decisiones mediante el análisis petrográfico y espacial de los materiales.

La aparición de las herramientas también modificó la relación de los homininos con los animales. Un cadáver de gran tamaño podía proporcionar carne, grasa, piel y huesos, pero acceder a esos recursos requería cortar tejidos y, en algunos casos, romper huesos. Los filos de piedra ofrecían una ventaja importante. Las marcas producidas por estos instrumentos sobre los huesos constituyen una de las principales evidencias para reconstruir el procesamiento de animales.

Sin embargo, es importante evitar una imagen excesivamente simplificada según la cual las primeras herramientas fueron creadas exclusivamente para cazar. La evidencia arqueológica indica que los primeros grupos pudieron combinar distintas estrategias: aprovechamiento de cadáveres, captura de pequeños animales, consumo de vegetales, recolección y otras actividades. La caza activa y sistemática de grandes animales no puede proyectarse automáticamente sobre las primeras fases del registro.

Otro aspecto importante es el fuego. Aunque las herramientas de piedra y el control del fuego acabarían formando parte de la tecnología humana, no debemos situarlos en el mismo momento. Las evidencias de uso controlado del fuego son considerablemente posteriores y su interpretación presenta numerosos problemas. Las primeras herramientas de piedra son muchísimo más antiguas que las evidencias inequívocas de control sistemático del fuego.

La evolución tecnológica continuó después del Achelense. Con el paso del tiempo aparecieron estrategias de talla cada vez más complejas, incluyendo sistemas de preparación de núcleos que permitían obtener lascas con características predeterminadas. En el Paleolítico medio, asociado en Europa principalmente a neandertales y, posteriormente, también a Homo sapiens, encontramos industrias como el Musteriense y métodos de talla técnicamente mucho más elaborados.

Más adelante, durante el Paleolítico superior, la tecnología experimentaría una diversificación todavía mayor. Aparecerían industrias de láminas, herramientas óseas, puntas especializadas y numerosas innovaciones. La utilización de materiales orgánicos aumentaría y también se multiplicarían los objetos relacionados con la vestimenta, la caza, el procesamiento de alimentos y las actividades simbólicas.

Por tanto, la historia tecnológica que comenzó con los primeros golpes sobre una piedra no fue un acontecimiento aislado, sino un proceso de varios millones de años. Desde los instrumentos de Lomekwi hasta los sofisticados sistemas de talla del Paleolítico superior existe una enorme trayectoria de experimentación, aprendizaje y transmisión cultural.

Una de las principales enseñanzas de este proceso es que evolución biológica y evolución cultural no avanzaron necesariamente al mismo ritmo. Las primeras herramientas aparecieron antes del género Homo. Posteriormente, distintas especies humanas utilizaron tecnologías similares y, en algunos momentos, tecnologías muy complejas. No existe una correspondencia perfecta entre una especie concreta y una tecnología concreta.

La antigua imagen del «Homo habilis inventor de las herramientas» resulta, por tanto, demasiado sencilla. Homo habilis fue seguramente un fabricante de herramientas importante y aparece en un periodo en el que el Olduvayense estaba ampliamente desarrollado, pero la capacidad tecnológica tiene raíces anteriores. La historia comienza, al menos por ahora, hace 3,3 millones de años con el Lomekwiense.

Y es precisamente ese «por ahora» lo que hace tan fascinante la investigación de la Prehistoria. Cada nuevo yacimiento puede retrasar el origen de una conducta o modificar nuestra interpretación de una especie. Hace unas décadas, las herramientas más antiguas conocidas rondaban los 2,6 millones de años y la asociación con Homo parecía mucho más directa. El descubrimiento de Lomekwi cambió aquella imagen y demostró que el registro arqueológico todavía conserva enormes lagunas.

No sería extraño que en el futuro aparecieran evidencias todavía más antiguas. De hecho, algunos investigadores han planteado que determinados indicios de modificación de huesos o uso de herramientas podrían ser anteriores a Lomekwi, aunque estas interpretaciones son mucho más discutidas. Por ello, la fecha de 3,3 millones de años debe considerarse actualmente como la antigüedad de las herramientas de piedra más antiguas ampliamente reconocidas, no como la fecha absoluta del nacimiento de toda tecnología.

También es posible que nuestros antepasados utilizaran herramientas de madera mucho antes de que podamos demostrarlo arqueológicamente. La madera puede degradarse rápidamente y solo en circunstancias excepcionales —por ejemplo, ambientes anegados o condiciones de conservación extraordinarias— puede sobrevivir durante cientos de miles de años. Esto significa que el registro arqueológico de la tecnología está inevitablemente sesgado hacia los materiales más resistentes.

El estudio de las primeras herramientas permite, en definitiva, observar el comienzo de una característica fundamental de nuestra historia evolutiva: la capacidad de modificar deliberadamente el entorno para ampliar nuestras posibilidades biológicas. En lugar de depender exclusivamente de las características de nuestro cuerpo, nuestros antepasados comenzaron a utilizar objetos externos como una extensión de sus propias capacidades.

Una piedra afilada podía sustituir parcialmente a unos dientes especializados para cortar. Un percutor permitía fracturar materiales que las manos no podían romper fácilmente. Más tarde, un bifaz podía convertirse en una herramienta multifuncional. Muchísimo después llegarían las armas compuestas, el fuego controlado, la agricultura, la metalurgia y, finalmente, las tecnologías industriales y digitales. Todas ellas forman parte de una misma historia de transformación del entorno.

En este sentido, las primeras herramientas de piedra representan mucho más que unos simples objetos arqueológicos. Son una de las primeras evidencias materiales de que nuestros antepasados comenzaron a alterar sistemáticamente la naturaleza para adaptarla a sus necesidades.

La secuencia actualmente conocida puede resumirse de manera sencilla. Hace aproximadamente 3,3 millones de años encontramos el Lomekwiense en Lomekwi, Kenia, fabricado por homininos anteriores a Homo. Hacia 2,6 millones de años aparece el Olduvayense o Modo 1, caracterizado por núcleos, lascas, percutores y cantos tallados. Aproximadamente hace 1,76 millones de años se documenta el Achelense o Modo 2, con bifaces y grandes instrumentos de corte. Posteriormente surgirán tecnologías progresivamente más complejas hasta llegar a las industrias del Paleolítico medio y superior.

En la península ibérica, la historia comienza mucho después que en África, pero conserva testimonios extraordinariamente antiguos. Los yacimientos de Atapuerca documentan presencia humana y tecnología de Modo 1 hace aproximadamente 1,2 millones de años, especialmente en la Sima del Elefante. Posteriormente, la Gran Dolina conserva una importante ocupación de Homo antecessor de alrededor de 800.000 años, también asociada al Modo 1. La secuencia continúa después con nuevas tecnologías, incluido el Achelense y posteriormente las industrias asociadas a los neandertales y a Homo sapiens.

La importancia de Atapuerca reside precisamente en que permite observar esa evolución tecnológica en un mismo territorio durante una enorme extensión temporal. La Sierra conserva evidencias que permiten seguir los cambios en las herramientas, en las estrategias de subsistencia y en las poblaciones humanas que ocuparon la región. El registro de la Trinchera del Ferrocarril abarca aproximadamente desde hace 1,2 millones de años hasta etapas mucho más recientes y documenta diferentes complejos tecnológicos.

Las investigaciones actuales están lejos de haber terminado. Las excavaciones continúan proporcionando nuevas herramientas y restos fósiles, y cada campaña puede aportar información para reconstruir mejor cómo vivían los primeros habitantes de Europa occidental. Los trabajos recientes en la Sima del Elefante han recuperado nuevas lascas y otros restos que contribuyen a conocer las estrategias de los homininos que ocuparon la Sierra hace más de un millón de años.

La historia de las primeras herramientas, por tanto, no es la historia de un único inventor ni de una especie que de repente se convirtió en «humana». Es una historia mucho más larga y compleja. Comienza con homininos anteriores a Homo capaces de modificar piedra hace 3,3 millones de años, continúa con el desarrollo del Olduvayense y alcanza un nuevo nivel de complejidad con el Achelense. Después seguirá evolucionando durante cientos de miles de años, acompañando las grandes transformaciones biológicas, culturales y sociales de nuestra especie y de nuestros parientes humanos.

Cuando contemplamos hoy un simple canto tallado de hace millones de años, estamos viendo algo más que una piedra rota. Estamos viendo el resultado de una decisión: elegir una materia prima, golpearla de una determinada manera y obtener un filo que podía proporcionar una ventaja. En ese gesto aparentemente sencillo se encuentra uno de los primeros capítulos de la historia de la tecnología y, probablemente, uno de los pasos fundamentales en la transformación de nuestros antepasados en seres capaces de construir una cultura tecnológica acumulativa.

La humanidad no empezó cuando apareció una herramienta concreta. La humanidad se fue construyendo durante millones de años a través de una combinación de evolución biológica, aprendizaje, cooperación, transmisión cultural e innovación. Las primeras piedras talladas son una de las primeras huellas visibles de ese proceso.

Y todavía hoy, tres millones de años después, seguimos haciendo exactamente lo que comenzaron aquellos primeros fabricantes: observar nuestro entorno, encontrar una materia prima, transformarla y utilizarla para superar nuestras propias limitaciones biológicas.


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JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.

SOBRE EL AUTOR

Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 18 años de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hasta hace unos años cuando decidió cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en la UNED y comenzar en el mundo de la divulgación histórica a través de las redes sociales.

Actualmente administra el blog El Último Romano, así como sus páginas en Facebook e Instagram. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs y podcasts dedicados a la divulgación histórica.

Bibliografía y fuentes recomendadas

HARMAN, S. et al. (2015): “3.3-million-year-old stone tools from Lomekwi 3, West Turkana, Kenya”, Nature, 521, pp. 310-315. Consultar el artículo en Nature

SEMAW, S. et al. (1997): “2.5-million-year-old stone tools from Gona, Ethiopia”, Nature, 385, pp. 333-336.

ROCHE, H. et al. (2009): trabajos sobre la tecnología lítica del Paleolítico inferior africano y la evolución del Olduvayense.

CARBONELL, E. et al. y otros investigadores de Atapuerca: trabajos sobre la evolución tecnológica del Paleolítico inferior y medio en la Sierra de Atapuerca. Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH)

HUGUET, R. y RODRÍGUEZ-ÁLVAREZ, X. P.: investigaciones sobre la Sima del Elefante y la tecnología lítica de los primeros pobladores de Atapuerca. Yacimientos de Atapuerca

SMITHSONIAN INSTITUTION: información sobre las primeras herramientas de piedra, el Olduvayense y el Achelense. Human Origins Program

Nuevos estudios sobre la complejidad tecnológica paleolítica muestran además que la fabricación de herramientas experimentó un incremento progresivo de complejidad a lo largo de millones de años, aunque este proceso no fue lineal.

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