EL GLORIOSO: LA GESTA DEL NAVÍO ESPAÑOL QUE DESAFIÓ EN SOLITARIO A LA ROYAL NAVY
En la larga historia de la Armada española existen episodios que, pese a su enorme trascendencia militar, permanecen relativamente desconocidos para el gran público. Mientras nombres como la Gran Armada de 1588, la batalla de Lepanto o Trafalgar ocupan un lugar destacado en la memoria colectiva, otras gestas de extraordinario valor han quedado relegadas a los especialistas. Entre ellas sobresale la del navío Glorioso, protagonista de una de las campañas navales más impresionantes del siglo XVIII. Durante varios meses de 1747, este barco de línea consiguió transportar un inmenso tesoro desde América hasta la península, derrotó en sucesivos combates a varias escuadras británicas muy superiores y solo arrió su bandera cuando había agotado completamente su munición tras cumplir la misión que se le había encomendado.
La denominada Carrera del Glorioso constituye uno de los mejores ejemplos de disciplina, preparación y resistencia de la Armada española durante el reinado de Fernando VI. No fue simplemente una serie de combates aislados, sino una auténtica campaña naval en la que un único navío logró mantener en jaque durante semanas a una de las marinas más poderosas del mundo. Su comandante, Pedro Mesía de la Cerda, demostró unas cualidades tácticas extraordinarias, mientras que la tripulación convirtió aquel barco en una fortaleza flotante capaz de sobrevivir a enfrentamientos que parecían imposibles.
A diferencia de muchas acciones navales del periodo, cuyo resultado quedó condicionado por grandes flotas o complejas estrategias internacionales, la historia del Glorioso se caracteriza por el protagonismo absoluto de un solo buque. Cada combate suponía una nueva prueba para una tripulación agotada que, sin posibilidad de recibir refuerzos, debía reparar averías, atender a los heridos y preparar nuevamente la artillería antes del siguiente enfrentamiento. Aquella sucesión de batallas convirtió al navío español en una leyenda tanto para sus compatriotas como para sus enemigos.
El contexto en el que se produjo esta epopeya era especialmente complejo. España y Gran Bretaña mantenían desde 1739 la llamada Guerra del Asiento, conocida en el ámbito británico como la Guerra de la Oreja de Jenkins. Lo que había comenzado como un conflicto comercial por los privilegios concedidos a los mercaderes ingleses en América terminó integrándose en la Guerra de Sucesión Austríaca, ampliando enormemente el escenario bélico. El Atlántico se transformó en un inmenso campo de batalla donde los convoyes, las flotas del tesoro y las rutas comerciales eran objetivos prioritarios.
Las riquezas procedentes de América continuaban siendo fundamentales para la Hacienda de la Monarquía Hispánica. Cada convoy transportaba toneladas de plata acuñada, oro, materias primas y mercancías imprescindibles para sostener tanto la economía peninsular como el esfuerzo militar en Europa. Para los británicos, interceptar esos cargamentos suponía un doble beneficio: debilitar financieramente a España y enriquecer a la Corona y a los numerosos corsarios autorizados para capturar barcos enemigos.
En este escenario nació la misión del Glorioso.
El navío había sido construido pocos años antes en los astilleros de La Habana, uno de los principales centros de construcción naval del Imperio español. Cuba poseía abundantes bosques de maderas tropicales especialmente resistentes, como la caoba y el júcaro, muy apreciadas por su durabilidad frente a la humedad, los moluscos marinos y los impactos de artillería. Gracias a ello, los barcos construidos en La Habana gozaban de una excelente reputación entre los oficiales españoles e incluso entre los extranjeros.
El Glorioso era un navío de línea de 70 cañones, una categoría considerada ideal por combinar potencia de fuego, velocidad y maniobrabilidad. No alcanzaba el tamaño de los gigantes de tres puentes, pero era suficientemente fuerte para enfrentarse a cualquier navío equivalente de la época. Su artillería estaba distribuida en varias cubiertas y podía lanzar devastadoras andanadas contra cualquier enemigo que intentara aproximarse.
Su comandante, Pedro Mesía de la Cerda, era un experimentado oficial de la Armada con una amplia trayectoria en el servicio naval. Formado durante las reformas borbónicas que modernizaron la marina española, poseía una sólida preparación técnica y una gran experiencia en navegación oceánica. Aquellas cualidades resultarían decisivas durante los meses siguientes.
En 1747 recibió la orden de transportar desde Veracruz hasta España un importante cargamento de plata perteneciente a la Corona. La misión parecía relativamente rutinaria, aunque todos sabían que las patrullas británicas vigilaban intensamente las rutas atlánticas.
El viaje comenzó sin incidentes graves, pero conforme el Glorioso se aproximaba a las Azores aumentaba considerablemente el riesgo de ser detectado por las fuerzas enemigas. Los británicos habían desplegado numerosos cruceros con el objetivo de localizar cualquier barco procedente de América.
Fue entonces cuando comenzó una de las persecuciones más extraordinarias de la historia naval.
El 25 de julio de 1747, cuando el Glorioso navegaba en las proximidades del archipiélago de las Azores, aparecieron los primeros buques británicos. Se trataba de las fragatas HMS Warwick y HMS Lark, acompañadas por otros navíos menores que pretendían interceptar al barco español antes de que pudiera acercarse a la península. La ventaja numérica pertenecía claramente a los británicos, que confiaban en que un único navío español no podría resistir un ataque combinado.
Pedro Mesía de la Cerda comprendió inmediatamente que la única posibilidad de éxito consistía en impedir que el enemigo aprovechara su superioridad. En lugar de intentar huir desordenadamente o aceptar un combate rodeado por varias unidades, maniobró de forma que solo una parte de los barcos británicos pudiera abrir fuego simultáneamente. Aquella decisión, aparentemente sencilla, demostraba un profundo conocimiento del combate naval del siglo XVIII.
Durante varias horas ambos bandos intercambiaron andanadas. El estruendo de decenas de cañones hacía temblar la estructura de madera de los barcos mientras enormes nubes de humo ocultaban por momentos a los combatientes. Las balas macizas arrancaban astillas que resultaban casi tan mortíferas como los propios proyectiles, pues salían despedidas a gran velocidad causando graves heridas entre los marineros.
El Glorioso, construido con resistentes maderas cubanas, soportó extraordinariamente bien los impactos. Su artillería respondió con enorme precisión, castigando especialmente al Warwick, que sufrió importantes daños en su casco y aparejo. La intensidad del fuego español sorprendió a los comandantes británicos, acostumbrados a enfrentarse a mercantes escasamente armados y no a un navío dispuesto a luchar hasta las últimas consecuencias.
Tras varias horas de combate, las fragatas británicas se vieron obligadas a retirarse para reparar averías. El primer intento de captura había fracasado.
Pero el viaje apenas acababa de comenzar.
Lejos de celebrar una victoria definitiva, Mesía de la Cerda sabía perfectamente que el enemigo no abandonaría la persecución. Las noticias sobre la presencia del navío español circularían rápidamente entre las patrullas británicas desplegadas en el Atlántico. Cada milla recorrida hacia la península aumentaba las posibilidades de encontrar nuevos adversarios.
Mientras tanto, la tripulación trabajaba sin descanso. Había que sustituir jarcias dañadas, reparar velas desgarradas, reforzar los palos afectados por la artillería enemiga y atender a los heridos. Las bombas de achique funcionaban continuamente para expulsar el agua que entraba por los impactos recibidos bajo la línea de flotación. El barco seguía navegando, pero cada combate iba dejando una huella visible sobre su estructura.
A pesar de todo, el ánimo permanecía alto. Haber rechazado a los primeros atacantes reforzó enormemente la confianza de la tripulación, que veía cómo su comandante mantenía siempre la calma y tomaba decisiones acertadas incluso en los momentos de mayor tensión.
Semanas después apareció una nueva amenaza.
Cuando el Glorioso se aproximaba ya a las costas gallegas fue localizado por otra fuerza británica mucho más poderosa. Esta vez el enemigo estaba compuesto por el navío de línea HMS Oxford, acompañado por varias fragatas que intentaban cerrar cualquier vía de escape.
La situación era mucho más comprometida que en el enfrentamiento anterior. El Oxford, con una potencia artillera comparable a la del barco español, podía mantener un duelo directo mientras las fragatas intentaban situarse por la popa o la proa del Glorioso, posiciones especialmente peligrosas porque permitían disparar a lo largo de toda la cubierta del enemigo.
Mesía de la Cerda volvió a demostrar un extraordinario dominio táctico. Aprovechando el viento y las características de su navío, evitó quedar rodeado y concentró todo el fuego sobre el principal adversario. Las andanadas españolas golpearon repetidamente al Oxford, causando importantes desperfectos en su casco y obligando a los británicos a combatir con mucha más prudencia de la prevista.
El intercambio de disparos fue extremadamente duro. Ambos barcos sufrieron daños de consideración, pero nuevamente el navío español consiguió abrirse paso.
La recompensa era inmensa.
Pocos días después, el Glorioso logró entrar en el puerto de Corcubión, en la costa gallega, donde desembarcó íntegramente el cargamento de plata procedente de América. La misión principal había sido cumplida con éxito. Los millones transportados por el barco pasaban a salvo a manos de la Hacienda Real, frustrando completamente el principal objetivo estratégico británico.
Desde un punto de vista militar, aquello ya suponía una victoria española. El tesoro que tantos esfuerzos había costado proteger había llegado a su destino.
Sin embargo, la historia del Glorioso estaba muy lejos de terminar.
Tras descargar la plata, el navío recibió órdenes de dirigirse hacia Cádiz para realizar las reparaciones necesarias y reincorporarse posteriormente al servicio. Aunque seguía siendo un barco formidable, había consumido una parte importante de su munición y presentaba numerosos daños acumulados después de los dos combates anteriores.
Los británicos, humillados por los repetidos fracasos, no estaban dispuestos a dejar escapar nuevamente al famoso navío español. Diversas unidades comenzaron a concentrarse para organizar una nueva interceptación, esta vez mucho más ambiciosa.
Lo que estaba a punto de producirse convertiría definitivamente la Carrera del Glorioso en una de las mayores gestas navales de toda la historia de España.
Después de abandonar Corcubión, el Glorioso navegó hacia el sur con el objetivo de alcanzar Cádiz, donde podría reparar los daños sufridos y volver a incorporarse a la Armada. A primera vista, la parte más difícil de la misión parecía haber concluido. El tesoro estaba a salvo, el objetivo estratégico se había cumplido y el navío había demostrado su capacidad para derrotar a fuerzas superiores. Sin embargo, los británicos interpretaban la situación de manera muy diferente. Para ellos, la simple supervivencia del Glorioso suponía una afrenta al prestigio de la Royal Navy.
Las noticias de los enfrentamientos anteriores se habían difundido rápidamente entre las escuadras británicas. Los informes describían cómo un único navío español había rechazado sucesivos ataques y había logrado entregar intacta la plata americana. La indignación fue considerable. No solo se había perdido una oportunidad de capturar un valioso cargamento, sino que el prestigio naval británico había quedado seriamente cuestionado.
Por ello, el Almirantazgo decidió concentrar todas las fuerzas disponibles para impedir que el Glorioso alcanzara Cádiz.
Mientras tanto, a bordo del navío español la situación distaba mucho de ser cómoda. El casco presentaba numerosos impactos, parte del aparejo había sido sustituido de manera provisional y muchas piezas de artillería necesitaban reparación. La pólvora y las balas comenzaban a escasear peligrosamente. Las bajas sufridas en los enfrentamientos anteriores obligaban además a redistribuir a los hombres entre los distintos puestos de combate.
Aun así, la moral continuaba siendo elevada. La confianza en Pedro Mesía de la Cerda era absoluta. Durante toda la campaña había demostrado una serenidad extraordinaria, manteniendo siempre el control incluso bajo el fuego enemigo. Sus oficiales compartían esa disciplina, y la tripulación seguía ejecutando cada maniobra con una precisión admirable pese al agotamiento acumulado tras semanas de navegación y combate.
El siguiente encuentro tuvo lugar cerca del cabo de San Vicente, uno de los puntos estratégicos más importantes de la navegación atlántica. Allí esperaba una nueva fuerza británica formada por varias fragatas corsarias fuertemente armadas, pertenecientes a la escuadra privada del comodoro George Walker. Aunque no eran navíos de línea, aquellas fragatas poseían una gran velocidad y una considerable potencia de fuego, además de contar con tripulaciones muy experimentadas.
Walker confiaba en que la acumulación de daños sufridos por el barco español facilitaría finalmente su captura. Ordenó un ataque coordinado destinado a desgastar lentamente al Glorioso, evitando un enfrentamiento frontal que pudiera repetir los fracasos anteriores.
Las fragatas comenzaron a hostigar al navío español desde diferentes posiciones, intentando aprovechar su mayor velocidad para mantenerse fuera del alcance de las andanadas más devastadoras. Era una táctica inteligente que buscaba romper el aparejo del Glorioso, inmovilizarlo y dejarlo indefenso frente a posteriores ataques.
Pedro Mesía respondió con sangre fría. En lugar de disparar precipitadamente contra cualquier objetivo, ordenó conservar la munición y abrir fuego únicamente cuando los enemigos se encontraran a distancia eficaz. Cada descarga española era cuidadosamente calculada.
La precisión volvió a resultar decisiva.
Durante el combate, el HMS King George, una de las principales fragatas británicas, recibió importantes daños que redujeron considerablemente su capacidad ofensiva. Poco después, el Prince Frederick también sufrió el intenso fuego español. Los corsarios comprendieron que estaban enfrentándose a un adversario muy distinto del que habían imaginado.
Sin embargo, el episodio más espectacular de toda la campaña estaba aún por llegar.
Mientras las fragatas continuaban acosando al Glorioso, apareció el navío de línea HMS Dartmouth, de cincuenta cañones. Su llegada parecía inclinar definitivamente la balanza a favor de los británicos. Con un barco de línea apoyando a las fragatas, la captura del navío español parecía solo cuestión de tiempo.
El Dartmouth se aproximó decidido a situarse en una posición favorable para lanzar una andanada devastadora. Los británicos confiaban en que el agotado barco español ya no pudiera ofrecer demasiada resistencia.
Pero Mesía de la Cerda aguardó el momento preciso.
Cuando ambos navíos estuvieron a corta distancia, el Glorioso descargó una potente andanada que alcanzó de lleno al Dartmouth. Uno de los proyectiles penetró en una zona especialmente vulnerable del buque británico y provocó una explosión catastrófica. Las llamas se extendieron rápidamente entre la pólvora almacenada y, pocos instantes después, el barco saltó literalmente por los aires.
La explosión fue tan violenta que muchos de los marineros murieron en el acto, mientras los supervivientes luchaban desesperadamente por mantenerse a flote entre los restos del navío destruido. La pérdida del Dartmouth causó una profunda conmoción entre las fuerzas británicas. Muy pocas veces un navío de guerra desaparecía de una forma tan repentina durante un combate naval.
A pesar de aquella espectacular victoria, la situación del Glorioso era cada vez más desesperada.
Las reservas de pólvora estaban prácticamente agotadas. Muchas piezas de artillería ya no podían utilizarse debido a los daños sufridos. El aparejo apenas permitía mantener una velocidad aceptable y el casco acumulaba decenas de impactos. Además, un nuevo enemigo se aproximaba al lugar del combate.
Era el HMS Russell, un poderoso navío de línea de noventa y dos cañones, considerablemente superior al Glorioso tanto en tamaño como en potencia de fuego. Frente a un adversario de semejantes características, y con las bodegas casi vacías de munición, las posibilidades de continuar resistiendo eran mínimas.
La batalla decisiva estaba a punto de comenzar.
La llegada del HMS Russell marcó el desenlace de una campaña que ya había entrado en la historia de la guerra naval. Frente al agotado Glorioso aparecía un navío de línea de ochenta cañones, uno de los buques más poderosos de la Royal Navy. Su desplazamiento era superior, su artillería más numerosa y su tripulación estaba prácticamente intacta. En circunstancias normales, un enfrentamiento entre ambos ya habría resultado complicado para el barco español. Después de cuatro combates consecutivos, con numerosas bajas, importantes averías y la munición casi agotada, las posibilidades eran prácticamente inexistentes.
Aun así, Pedro Mesía de la Cerda no ordenó arriar la bandera.
La doctrina naval de la época consideraba que un navío debía combatir mientras existiera una posibilidad razonable de cumplir su deber. Para un oficial español, rendirse antes de haber agotado todos los medios disponibles suponía una deshonra difícilmente reparable. Además, el comandante sabía que la misión principal ya se había cumplido: la plata estaba a salvo en territorio español. Ahora se trataba únicamente de preservar el honor del barco y de su tripulación.
El Russell abrió fuego aprovechando su mayor alcance y potencia. Sus andanadas comenzaron a castigar duramente el casco del Glorioso, arrancando tablones, destrozando parte de la arboladura y aumentando las vías de agua. Los artilleros españoles respondieron con las escasas cargas de pólvora que aún conservaban, intentando concentrar el fuego sobre los puntos más vulnerables del enemigo.
Durante varias horas el intercambio fue extremadamente violento. Los supervivientes de la tripulación española, muchos de ellos exhaustos tras semanas de combate casi continuo, continuaban sirviendo los cañones con una disciplina admirable. Cada disparo era recibido con una mezcla de resignación y determinación. Sabían que la derrota material era inevitable, pero también que estaban escribiendo una página de honor para la Armada.
Poco a poco, las reservas de pólvora desaparecieron.
Las bodegas, que durante meses habían almacenado cientos de quintales de munición, apenas contenían ya unas pocas cargas insuficientes para sostener el combate. Los oficiales recorrieron los pañoles comprobando una y otra vez que no quedaba prácticamente nada utilizable. Algunos cañones tuvieron que permanecer en silencio por simple falta de proyectiles.
Cuando finalmente resultó evidente que era imposible seguir respondiendo al fuego británico, Pedro Mesía reunió a sus oficiales. La situación era inequívoca. El barco todavía flotaba; no había sido abordado ni había arriado su bandera durante el combate. Pero continuar resistiendo únicamente provocaría una matanza inútil entre unos hombres que ya habían cumplido sobradamente con su deber.
Solo entonces ordenó cesar el fuego.
La bandera española fue arriada después de haber agotado completamente la munición, no porque el enemigo hubiera quebrado la voluntad de la tripulación. Era una diferencia fundamental para la mentalidad militar del siglo XVIII y explica por qué la rendición del Glorioso fue interpretada de forma muy distinta a una derrota convencional.
Los británicos subieron a bordo esperando encontrar un navío relativamente intacto que pudiera incorporarse a su propia flota como premio de guerra. Lo que descubrieron fue un barco destrozado por los combates. El casco presentaba innumerables impactos; buena parte del aparejo estaba inutilizado; las cubiertas aparecían cubiertas por restos de madera, cabos rotos y piezas de artillería desmontadas. Aun así, el barco seguía flotando gracias al esfuerzo continuo de una tripulación que había trabajado durante semanas reparando averías bajo el fuego enemigo.
La impresión causada entre los oficiales británicos fue enorme.
Los partes oficiales reconocieron abiertamente la extraordinaria resistencia ofrecida por el navío español. Incluso algunos de los comandantes que habían participado en la persecución admitieron que pocas veces habían encontrado una defensa tan obstinada y tan eficaz. No era habitual que los documentos británicos elogiaran de forma tan explícita a un enemigo, lo que da una idea del respeto que despertó la actuación del Glorioso.
Pedro Mesía de la Cerda y sus hombres fueron hechos prisioneros, aunque recibieron un trato relativamente respetuoso conforme a las costumbres de guerra de la época. Tras los intercambios de prisioneros habituales entre ambas potencias, el comandante regresó a España convertido en un auténtico héroe. Lejos de ser objeto de críticas por la pérdida del barco, fue reconocido porque había cumplido íntegramente la misión encomendada y había mantenido el combate hasta que cualquier resistencia resultó materialmente imposible.
Paradójicamente, desde el punto de vista estratégico, la campaña había terminado con una clara victoria española. La Royal Navy había movilizado numerosos navíos durante meses para capturar un cargamento de plata que nunca consiguió obtener. Además, había sufrido importantes pérdidas materiales, entre ellas la destrucción del HMS Dartmouth, mientras que el objetivo principal de la misión española —llevar el tesoro a la Península— se había alcanzado con éxito.
La captura del Glorioso constituyó únicamente un éxito táctico británico obtenido demasiado tarde para alterar el resultado de la operación.
Con el paso del tiempo, la llamada Carrera del Glorioso pasó a estudiarse en numerosas academias navales como un magnífico ejemplo de liderazgo, aprovechamiento táctico de los recursos disponibles y resistencia frente a fuerzas muy superiores. La actuación de Pedro Mesía de la Cerda demuestra hasta qué punto un comandante experimentado podía multiplicar la eficacia de su buque mediante decisiones acertadas, disciplina y sangre fría.
Hoy, más de dos siglos y medio después, el Glorioso ocupa un lugar destacado entre las grandes gestas de la Armada española. Su historia recuerda que la verdadera medida de una victoria no siempre depende de conservar un barco o de permanecer dueño del campo de batalla. En ocasiones, el éxito consiste en cumplir la misión encomendada pese a enfrentarse a obstáculos aparentemente insuperables.
Pocas campañas ilustran mejor esta idea que la del Glorioso. Un único navío de setenta cañones cruzó el Atlántico transportando un tesoro vital para la Monarquía Hispánica, derrotó sucesivamente a varias fuerzas británicas, hundió un navío enemigo, desembarcó intacta la plata que protegía y solo dejó de combatir cuando ya no quedaba una sola carga de pólvora con la que responder. Ese equilibrio entre eficacia militar, sacrificio y honor explica por qué la Carrera del Glorioso continúa siendo considerada una de las mayores epopeyas navales de la historia de España.
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JOSÉ ANTONIO OLMOS GRACIA.
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Bibliografía
Fernández Duro, Cesáreo. Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid.
Blanco Núñez, José María. La carrera del Glorioso. Instituto de Historia y Cultura Naval.
Rodríguez González, Agustín Ramón. Victorias por mar de los españoles. Editorial Edaf.
O'Donnell y Duque de Estrada, Hugo. Historia de la Armada. La Esfera de los Libros.
Instituto de Historia y Cultura Naval. La carrera del Glorioso.
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