GENGIS KAN.
Nacido en las inmensas estepas de Mongolia hacia el año 1162, Gengis Kan —cuyo nombre original era Temuyín, hijo de Yesügei, jefe de una pequeña tribu mongola— vino al mundo en un entorno de violencia y supervivencia. Las estepas eran un territorio sin fronteras, donde el poder se decidía por la lanza y la lealtad cambiaba con el viento. La infancia de Temuyín estuvo marcada por la tragedia: su padre fue envenenado por una tribu tártara rival, y la familia quedó abandonada y desterrada. Desde niño aprendió lo que significaba el hambre, la traición y el desamparo, elementos que forjarían el temple implacable de quien más tarde unificaría todo un continente bajo su nombre.
El joven Temuyín pasó años errando por las estepas, sobreviviendo gracias a su astucia y carisma. Poco a poco, atrajo a su alrededor a otros jefes y clanes nómadas descontentos, que vieron en él a un líder decidido y justo. Su reputación como guerrero y estratega se consolidó cuando derrotó a los merkit, los enemigos que habían secuestrado a su esposa Börte, a la que rescató en una expedición de venganza. Esta victoria fue el inicio de su ascenso político y militar.
Hacia 1206, tras años de guerras internas entre clanes mongoles, Temuyín logró lo impensable: unificar bajo su mando a todas las tribus de Mongolia. En una gran asamblea o kurultai, fue proclamado Gengis Kan, que significa “Soberano Universal”. Con este título nacía no solo un líder tribal, sino el fundador de una nueva era para Asia.
Su genio militar transformó por completo el arte de la guerra. Organizó a sus hombres en unidades decimales —grupos de diez, cien, mil y diez mil guerreros— donde la disciplina, la rapidez y la lealtad absoluta eran ley. El ejército mongol podía moverse con una velocidad desconocida, cubrir enormes distancias en pocos días y atacar con precisión devastadora. Su táctica más famosa, la retirada fingida, desorientaba al enemigo y lo conducía a una emboscada letal.
Tras consolidar su poder interno, Gengis Kan dirigió su mirada hacia el exterior. Su primera gran campaña fue contra los tártaros, sus antiguos enemigos, a quienes aniquiló casi por completo. Luego aplastó a los naimanos y a los keraitas, asegurando así el dominio total sobre Mongolia. Con un ejército unificado y leal, comenzó una serie de conquistas que cambiarían el mapa del mundo.
En 1209, atacó al reino tangut de Xi Xia, en el norte de China, que pronto se rindió y aceptó su soberanía. Pero su ambición no se detuvo allí. Su siguiente objetivo fue el poderoso imperio Jin, que gobernaba el norte de China. Entre 1211 y 1215, los ejércitos mongoles cruzaron la Gran Muralla y devastaron ciudades enteras, entre ellas la espléndida Zhongdu —la actual Pekín—. Su crueldad infundía pavor, pero también aseguraba la rendición rápida de sus adversarios: la reputación de Gengis Kan viajaba más rápido que sus jinetes.
Una vez sometido el norte de China, el kan dirigió sus campañas hacia el oeste, contra el gran imperio corasmio, que se extendía por Asia Central e incluía regiones de los actuales Irán, Uzbekistán y Afganistán. El conflicto comenzó cuando el sah corasmio, desconfiando de la embajada mongola, mandó ejecutar a sus enviados. Gengis Kan respondió con una guerra de exterminio. Entre 1219 y 1221, sus ejércitos arrasaron Samarcanda, Bujará y otras grandes ciudades del islam oriental. Las crónicas árabes relatan la magnitud del desastre: ríos teñidos de sangre y ciudades reducidas a polvo.
Pero el conquistador mongol no se limitaba a destruir. Su imperio se distinguió por un orden férreo y un sistema de comunicación eficiente, la yam, una red de postas que unía Asia de este a oeste. También promulgó un código legal, la Yassa, que regulaba tanto la vida militar como civil, castigando la traición y premiando el mérito. Además, garantizó la libertad religiosa dentro de su dominio, acogiendo a budistas, musulmanes, cristianos y chamanistas bajo una misma autoridad.
Durante los últimos años de su vida, Gengis Kan emprendió nuevas campañas en el sur, contra los tangut de Xi Xia, que habían osado desafiar su poder. En 1227, en medio de esta guerra, el gran kan murió, probablemente a causa de una caída de caballo o una enfermedad. Su muerte fue mantenida en secreto hasta que su ejército concluyó la campaña. Según la tradición, su tumba fue ocultada en un lugar desconocido de Mongolia, y todos los que participaron en el entierro fueron ejecutados para preservar el secreto.
El legado de Gengis Kan fue monumental. A su muerte, su imperio se extendía desde el Mar Amarillo hasta el Mar Caspio, abarcando territorios de China, Mongolia, Asia Central, Persia y parte de Europa oriental. Ningún conquistador había logrado un dominio tan vasto y cohesionado. Sus descendientes —entre ellos su nieto Kublai Kan, fundador de la Dinastía Yuan— ampliarían aún más ese poder, gobernando China y amenazando incluso las fronteras de Europa central.
Gengis Kan cambió para siempre el curso de la historia. Su imperio, aunque nacido del fuego y la espada, también conectó al mundo como nunca antes: abrió las rutas comerciales y diplomáticas que más tarde serían conocidas como la Ruta de la Seda, fomentó los intercambios culturales entre oriente y occidente y sentó las bases de una nueva globalización medieval.
Ni unificador benevolente ni mero destructor, Gengis Kan fue ambas cosas: el azote de Dios para unos, el restaurador del orden universal para otros. Un hombre surgido del anonimato de las estepas que, en apenas dos décadas, alteró para siempre la geografía, la política y la memoria del mundo.
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Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.
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Bibliografía:
Historia Medieval. Ana Echevarría Arsuaga y Esteban Donado Vara. Ed. Universitaria Ramón Areces.
Weatherford, Jack. Genghis Khan and the Making of the Modern World.
Ratchnevsky, Paul. Genghis Khan: His Life and Legacy.
Morgan, David. The Mongols.
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