EL ASEDIO DE NUMANCIA (134-133 a. C.).
La caída de Numancia constituye uno de los episodios más emblemáticos de la conquista romana de Hispania. Su recuerdo ha trascendido el tiempo como símbolo de resistencia frente al poder imperial y de la determinación de un pequeño pueblo dispuesto a perecer antes que someterse. La historia del asedio numantino se enmarca en el largo proceso de las guerras celtíberas, un conjunto de conflictos que durante medio siglo enfrentaron a Roma con los pueblos del interior peninsular, especialmente con los arevacos, una de las tribus más poderosas de Celtiberia.
Tras la expulsión de los cartagineses al término de la Segunda Guerra Púnica, Roma había establecido su dominio sobre la costa mediterránea, pero el control de las regiones interiores resultó mucho más complejo. La Celtiberia, territorio agreste y montañoso, poblado por comunidades guerreras, opuso una resistencia encarnizada. Los arevacos, asentados en el alto Duero y con su capital en Numancia, encabezaron esa oposición. Roma, movida por el afán de extender su autoridad, garantizar el cobro de tributos y asegurar las rutas comerciales, emprendió sucesivas campañas para someter a las tribus rebeldes.
El conflicto que desembocó en el asedio final se originó en torno al año 143 a. C., cuando Segeda, una ciudad aliada de Numancia, entró en disputa con Roma por la imposición de tributos y el reclutamiento forzoso. La guerra se propagó por toda la Celtiberia, y las legiones romanas, al mando de sucesivos cónsules, se vieron incapaces de lograr una victoria decisiva. Generales como Metelo Macedónico o Quinto Pompeyo Aulo alternaron tratados efímeros con fracasos humillantes. Numancia, que ofrecía refugio a los rebeldes y hostigaba continuamente a los invasores, se convirtió en el epicentro de la resistencia y en una afrenta para el Senado romano.
En el año 134 a. C., Roma decidió recurrir a su comandante más prestigioso: Publio Cornelio Escipión Emiliano, vencedor de Cartago. Escipión comprendió que la fuerza bruta no bastaría para quebrar el espíritu numantino. En lugar de repetir las infructuosas ofensivas anteriores, optó por una estrategia de desgaste total. Reorganizó la disciplina de su ejército, desterró el lujo y el desorden que habían debilitado a las legiones, y estableció un plan meticuloso de cerco. Su intención era rendir la ciudad no por las armas, sino por el hambre.
El cónsul mandó construir una línea continua de fortificaciones que rodeara por completo el cerro sobre el que se alzaba Numancia. El sistema, de más de nueve kilómetros de perímetro, incluía siete campamentos fortificados, torres de observación y fosos defensivos. Se cerraron todos los accesos al río Duero, se bloquearon los caminos y se interceptaron las posibles rutas de suministro. La obra, impresionante por su envergadura y su precisión, fue un modelo de ingeniería militar romana. Escipión contaba con unos veinte mil legionarios y cerca de cuarenta mil aliados y mercenarios, entre ellos jinetes númidas al mando del joven Jugurta. Frente a ellos, los numantinos apenas sumaban unos pocos miles de hombres, pero su conocimiento del terreno y su ferocidad en combate compensaban en parte su inferioridad numérica.
El cerco se prolongó durante meses, tal vez más de un año. Los sitiados intentaron varias salidas desesperadas para romper el bloqueo o buscar ayuda entre los pueblos vecinos, pero la red romana era infranqueable. Dentro de la ciudad la situación se volvió insoportable. El hambre y las enfermedades se extendieron, los víveres se agotaron y, según las fuentes romanas, algunos recurrieron al canibalismo antes de rendirse. Sin embargo, ni siquiera en la desesperación más absoluta los numantinos aceptaron la humillación de la derrota. Cuando comprendieron que todo estaba perdido, incendiaron sus casas y se dieron muerte para evitar caer prisioneros. En el verano del 133 a. C., las tropas de Escipión entraron en una ciudad en ruinas, poblada de cadáveres y silencio. Numancia había sido destruida, pero su espíritu sobrevivía en la memoria de sus conquistadores.
Las fuentes antiguas, especialmente Apiano, relatan estos hechos con una mezcla de admiración y horror. Polibio y Rutilio Rufo, contemporáneos de Escipión, también escribieron sobre la campaña, aunque sus obras se han perdido casi por completo. En los textos que han llegado hasta nosotros la figura de Numancia aparece idealizada, convertida en símbolo de dignidad frente a la tiranía, incluso para los propios romanos que la vencieron. La crítica moderna ha subrayado el carácter literario de estas narraciones, recordando que proceden de una perspectiva ajena y a menudo propagandística. Sin embargo, la arqueología ha confirmado en buena parte la magnitud del sitio descrito por las fuentes: excavaciones en el cerro de la Muela, en Garray, y en los alrededores, han identificado restos de murallas, viviendas y fortificaciones romanas que se corresponden con los campamentos de circunvalación.
Desde el siglo XIX, los trabajos de Eduardo Saavedra y, más tarde, las excavaciones de Adolf Schulten a comienzos del XX, sacaron a la luz la estructura urbana de la ciudad y las huellas del asedio. Schulten, basándose en los textos clásicos, reconstruyó el trazado de los siete campamentos romanos y la red de fortificaciones que rodeaban Numancia. Investigaciones posteriores han revisado parte de sus conclusiones, introduciendo precisiones sobre la cronología y la disposición de las defensas, pero el conjunto de hallazgos arqueológicos confirma la violencia del episodio y la minuciosidad de la maquinaria militar romana.
Numancia fue arrasada, sus supervivientes vendidos como esclavos, y el territorio arevaco incorporado plenamente a la administración romana. No obstante, el mito de la ciudad indómita siguió vivo. En la literatura española, Miguel de Cervantes la convirtió en protagonista de su tragedia La destrucción de Numancia, donde el sacrificio colectivo de sus habitantes simboliza el amor a la libertad. Durante siglos, la historia del asedio ha sido evocada como paradigma del heroísmo nacional frente a la opresión extranjera, y su nombre se ha asociado al valor y la dignidad frente al poder.
Más allá de la leyenda, el asedio de Numancia representa uno de los episodios mejor documentados de la expansión romana en Hispania y un ejemplo temprano de guerra de aniquilación por hambre. Fue una demostración del poder logístico y organizativo de Roma, pero también una advertencia de hasta qué punto la conquista imperial podía exigir la destrucción total de quienes se negaban a someterse. La ciudad desapareció bajo el fuego, pero su memoria sobrevivió a sus vencedores.
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Policía local de profesión, desarrolla su cometido en la categoría de oficial en el municipio de Utebo, contando con 17 de servicio y varias distinciones. A pesar de que su afán por la historia le viene desde pequeño, no fue hace mucho cuando se decidió a cursar estudios universitarios de Geografía e Historia en UNED y comenzar en el mundo de la divulgación a través de las redes sociales. Actualmente administra el blog elultimoromano.com así como páginas en Instagram y Facebook con el mismo nombre. Además, colabora con revistas, páginas, asociaciones, blogs, podcast y es miembro de Divulgadores de la Historia.
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